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Pasión Imperial

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Pasión Imperial

El sol de la tarde caía a plomo sobre el Castillo de Chapultepec, tiñendo de oro las torres imperiales que se erguían orgullosas en la cima de la colina. Ana subió la escalinata con el corazón latiéndole fuerte, no solo por el esfuerzo, sino por esa vibra histórica que siempre la ponía calientita. Vestida con un huipil ligero que marcaba sus curvas generosas, sintió el aire fresco rozándole las piernas morenas. Olía a jacarandas en flor y a piedra antigua, un aroma que le recordaba las historias de emperadores y sus pasiones desbordadas.

Órale, qué chido lugar, pensó mientras entraba al salón principal. Las paredes estaban llenas de retratos de Maximiliano y Carlota, con miradas que parecían juzgarla. De repente, una voz grave la sacó de su ensimismamiento.

—Bienvenida, señorita. ¿Primera vez en el palacio imperial?

Ana giró y ahí estaba él: Carlos, alto, moreno, con ojos negros como obsidiana y una sonrisa pícara que prometía travesuras. Llevaba una camisa blanca ajustada que dejaba ver el bulto de sus pectorales y unos jeans que abrazaban sus caderas fuertes. Era el guía, pero neta, parecía un emperador disfrazado de wey moderno.

—Sí, carnal. Vengo a sentir la pasión imperial que cuentan en los libros —respondió ella, coqueteando sin pensarlo dos veces.

Él se rio bajito, un sonido ronco que le erizó la piel. —Entonces déjame mostrarte los rincones secretos. Sígueme.

La tensión empezó ahí, sutil como el roce de sus dedos al pasarle el folleto. Caminaron por pasillos adornados con tapices y candelabros, mientras Carlos contaba anécdotas de amores prohibidos en la corte. Ana lo escuchaba, pero su mente volaba: imaginaba esas manos grandes explorando su cuerpo, ese cuerpo que ardía bajo la tela fina.

En el segundo acto, la cosa se puso intensa. Carlos la llevó a una salita apartada, un balcón con vista al bosque de Chapultepec. El viento traía el perfume de las flores silvestres y el lejano rumor de la ciudad. Se sentaron en un banco de mármol, tan cerca que sus muslos se tocaban.

—¿Sabes? Esta era la alcoba de Carlota. Aquí se dice que consumó su pasión imperial con Maximiliano —murmuró él, su aliento cálido en su oreja.

Ana sintió un cosquilleo en el vientre, como mariposas cabronas. No mames, este wey me está prendiéndola, pensó. —Cuéntame más. ¿Cómo era esa pasión?

Él se acercó más, su mano rozando accidentalmente su rodilla. —Intensa, devoradora. Como la que siento ahora por ti.

El corazón de Ana tronó como tambores aztecas. Lo miró a los ojos, vio el deseo crudo, y sin decir nada, puso su mano sobre la de él. Los dedos se entrelazaron, piel contra piel, cálida y suave la suya, áspera y fuerte la de él. El sol se ponía, pintando todo de rojo pasión.

Se besaron por primera vez ahí, lento al principio, explorando sabores: él a tequila y menta, ella a chicle de tamarindo. Las lenguas danzaron, húmedas y urgentes. Carlos la jaló hacia él, sus pechos aplastándose contra su torso duro. Ana gimió bajito, sintiendo la verga de él endureciéndose contra su panza. ¡Qué rica está esta pasión imperial!

Pero no se lanzaron de una. Hubo un tira y afloja delicioso. Él le besó el cuello, mordisqueando suave, mientras sus manos subían por sus muslos, arrugando el huipil. Ella jadeaba, oliendo su sudor masculino mezclado con el de ella, ese olor almizclado que grita quiero cogerte. Ana le quitó la camisa, lamiendo sus pezones oscuros, saboreando la sal de su piel. Él gruñó, un sonido animal que la mojó entera.

Espérame aquí —dijo Carlos, desapareciendo un segundo para volver con una manta gruesa de una habitación cercana. La extendió en el suelo del balcón, bajo las estrellas que empezaban a salir. Ana se quitó el huipil, quedando en brasier de encaje y tanga, su cuerpo voluptuoso brillando a la luz de la luna. Él se desvistió rápido, revelando un pecho velludo, abdomen marcado y una verga gruesa, venosa, lista para la acción.

El clímax llegó como tormenta en el desierto. Carlos la tumbó suave sobre la manta, besando cada centímetro: los labios, el cuello, los senos pesados que sacó del brasier. Chupó sus pezones duros como piedras de obsidiana, tirando con los dientes hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo ¡ay, cabrón!. Sus manos bajaron, quitándole la tanga empapada. El olor de su concha abierta, dulce y salado, lo enloqueció.

—Estás chingona, Ana. Tu pasión imperial me tiene loco —susurró, mientras lamía su clítoris hinchado.

Ella se retorció, las caderas moviéndose solas, el viento fresco secando el sudor de su piel ardiente. El sonido de su lengua chapoteando en sus jugos era obsceno, delicioso. Metió dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Ana gritó, clavándole las uñas en la espalda, el dolor placentero avivando su fuego.

Ya métemela, pendejo —exigió ella, empoderada, guiando su verga a la entrada de su panocha resbalosa.

Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. Ambos jadearon al unísono. El ritmo empezó lento, piel chocando contra piel con palmadas húmedas, el balcón temblando con sus embestidas. Ana lo montó después, cabalgando como amazona, sus tetas rebotando, el pelo suelto azotando su cara. Él la agarraba las nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en su ano para más placer.

El orgasmo la golpeó primero, una ola que la hizo convulsionar, chorros calientes salpicando su verga. Carlos la siguió, gruñendo como león, llenándola de leche espesa. Se quedaron unidos, pulsando, el mundo reducida a sus cuerpos entrelazados.

En el afterglow, se recostaron bajo las estrellas, el aire fresco calmando sus pieles febriles. Él le acariciaba el pelo, ella trazaba círculos en su pecho.

—Esa fue una pasión imperial de la buena, mi reina —dijo Carlos, besándole la frente.

Ana sonrió, sintiendo una paz profunda, como si el castillo mismo los bendijera. Neta, esto es lo que necesitaba. El palacio guardaría su secreto, pero ella se iría con el alma llena, lista para más aventuras en esta vida chida y apasionada.

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