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Pasión Capítulo 28 El Fuego en la Piel

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Pasión Capítulo 28 El Fuego en la Piel

El sol de Puerto Vallarta se ponía como un chamaco juguetón detrás de las palmeras, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en el mar tranquilo. Yo, Ana, acababa de llegar a la casita playera que rentamos cada verano, con el corazón latiéndome a mil por hora. Hacía dos semanas que no veía a Diego, mi carnal en este juego de pasiones que nos consumía. Él ya estaba ahí, recargado en la puerta con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas, su camisa blanca abierta dejando ver el vello oscuro de su pecho bronceado.

¡Ey, mamacita! ¿Ya extrañaste esto? me dijo con voz ronca, abriendo los brazos. Su olor a sal marina y loción de coco me golpeó como una ola caliente cuando lo abracé. Sentí sus manos grandes y callosas bajando por mi espalda, deteniéndose justo en la curva de mis nalgas. Neta, cada vez que lo tocaba, era como si mi cuerpo recordara de golpe todas las noches que habíamos pasado enredados.

Entramos a la casa, el aire fresco del ventilador contrastando con el bochorno de afuera. La cocina olía a tacos de mariscos que él había preparado, con limón fresco y cilantro picado. Nos sentamos a comer en la terraza, el sonido de las olas rompiendo suave de fondo, como un ritmo que ya nos ponía a los dos en sintonía. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico en la Ciudad de México, de cómo el trabajo me tenía hasta la madre, pero sobre todo, nos mirábamos con esa hambre que no se sacia con palabras.

Piensa, Ana, no te lances de una, me dije mientras sorbía mi michelada helada, el sabor salado y picante despertando mis sentidos. Pero Diego no ayudaba: su pie rozaba el mío bajo la mesa, subiendo lento por mi pantorrilla. Te ves chida con ese vestido, wey. Se te marca todo, murmuró, sus ojos oscuros clavados en mis pechos. Sentí un cosquilleo subir por mi piel, el calor entre mis piernas empezando a humedecerse.

La cena se alargó en coqueteos. Él me contaba anécdotas de su último viaje a Guadalajara, pero yo solo podía pensar en cómo sus labios se movían, gruesos y húmedos, imaginándolos en mi cuello. De pronto, se levantó y me jaló de la mano hacia la playa. La arena tibia se metía entre mis sandalias, el viento jugaba con mi pelo. Caminamos hasta donde las olas lamían nuestros pies, y ahí, bajo las primeras estrellas, me besó. Fue un beso lento al principio, sus labios suaves probando los míos, el sabor a tequila y lima en su lengua. Luego se volvió feroz, sus dientes mordisqueando mi labio inferior, sus manos apretando mi cintura como si temiera que me escapara.

Volvimos a la casita casi corriendo, riéndonos como pendejos enamorados. Adentro, la luz tenue de las velas que él había encendido pintaba sombras danzantes en las paredes blancas. Me quitó el vestido con urgencia, pero sin prisa, besando cada centímetro de piel que liberaba. Eres mía esta noche, Ana. Toda, gruñó contra mi clavícula, su aliento caliente erizándome la piel. Yo temblaba, mis pezones endureciéndose al aire, rogando por su boca.

En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia, el juego escaló. Yo lo empujé boca arriba, montándome a horcajadas sobre sus caderas. Sentí su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de su short, gruesa y palpitante. ¡Qué rico se siente esto! pensé, frotándome despacio contra él, el roce enviando chispas de placer por mi espina. Le arranqué la camisa, lamiendo su pecho salado, mordiendo un pezón hasta que gimió como un animal.

¡No mames, Ana! Me vas a volver loco, jadeó, sus manos amasando mis tetas, pellizcando los pezones con esa presión perfecta que me hacía arquear la espalda. Bajé mis besos por su abdomen marcado, oliendo su sudor mezclado con el aroma masculino que me volvía loca. Cuando le quité el short, su pito saltó libre, venoso y listo, la punta brillando de precum. Lo tomé en mi mano, sintiendo su calor y grosor, masturbándolo lento mientras lo miraba a los ojos. Esto es Pasión Capítulo 28, mi amor. Nuestra historia sigue ardiendo, le susurré, recordando cómo llamábamos a estas noches en nuestro diario secreto de amantes.

Él no esperó más. Me volteó boca abajo, su cuerpo cubriendo el mío como una manta caliente. Sus dedos exploraron mi coño empapado, deslizándose fácil entre mis labios hinchados. Estás chorreando, carnalita. Todo por mí, dijo con voz triunfante, metiendo dos dedos y curvándolos justo en mi punto G. Grité de placer, el sonido ahogado en la almohada, mis caderas empujando contra su mano. El squelch húmedo de mis jugos llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos y el lejano rumor del mar.

La tensión crecía como una tormenta. Me puso de rodillas, su lengua lamiendo mi clítoris desde atrás, chupando con hambre mientras sus dedos seguían follando mi entrada. Sentí mi primer orgasmo construyéndose, un nudo apretado en mi vientre. No pares, Diego, no pares, supliqué en mi mente, mis uñas clavándose en las sábanas. Él lo sabía, el cabrón, y aceleró, su barba raspando mis muslos internos hasta que exploté, mi coño contrayéndose en espasmos, chorros calientes mojando su barbilla.

Pero no paró. Me giró de nuevo, penetrándome de un solo empujón profundo. ¡Ay, wey! ¡Qué grande estás! gemí, sintiendo cómo me llenaba por completo, su verga rozando cada pared sensible. Empezó a bombear lento, profundo, sus bolas golpeando mi culo con cada embestida. El slap-slap de piel contra piel era hipnótico, su sudor goteando en mi espalda, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Yo lo arañaba, lo besaba descontrolada, nuestras lenguas enredándose en un beso salado.

La intensidad subió. Me montó encima, yo cabalgándolo como una diosa, mis tetas rebotando con cada salto. Sus manos en mis caderas guiándome, Más rápido, reina. Fóllame duro. El placer era abrumador: el roce de su pubis en mi clítoris, su pito hinchándose dentro de mí, mis paredes apretándolo como un puño. Sudábamos a mares, el colchón crujiendo bajo nosotros, gemidos convirtiéndose en gritos.

El clímax nos golpeó juntos. Yo primero, mi cuerpo convulsionando, un orgasmo que me dejó ciega por segundos, mi coño ordeñando su verga. Él rugió, ¡Me vengo, Ana!, y sentí su leche caliente inundándome, chorro tras chorro, hasta que desbordó y corrió por mis muslos. Colapsamos, jadeantes, sus brazos envolviéndome protector.

En el afterglow, el mar susurraba paz afuera. Acaricié su pelo húmedo, oliendo su cuello. Esto fue el mejor capítulo hasta ahora, murmuré. Él rio bajito, besando mi frente. Pasión Capítulo 28 cerraba con nosotros fundidos, el deseo saciado pero ya soñando con el 29. La noche nos mecía, piel con piel, en esta danza eterna de amantes mexicanos bajo las estrellas de Vallarta.

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