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La Pasión de Cristo Oscar

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La Pasión de Cristo Oscar

El calor de la noche en el Centro Histórico del DF me envolvía como una promesa pecaminosa. Había ido al teatro con unas amigas, solo por curiosidad, a ver esa obra controvertida llamada La Pasión de Cristo Oscar. Decían que era una versión moderna, intensa, con un actor principal que volvía locas a las mujeres. Órale, pensé, neta que necesito distraerme de mi pinche rutina de oficina. El auditorio estaba a reventar, lleno de olor a perfume barato mezclado con el sudor de la expectación. Las luces bajaron y ahí apareció él: Oscar, con su melena larga y oscura cayéndole sobre los hombros, el cuerpo esculpido como si Dios mismo lo hubiera tallado para tentar a las mortales.

Sus ojos, oscuros y penetrantes, barrieron el público mientras lo ataban a la cruz falsa en el escenario. El sonido de los latigazos simulados retumbaba en mis oídos, pero no era dolor lo que sentía. Era un cosquilleo en la piel, un calor que subía desde mi vientre. Lo vi retorcerse, el sudor perlándole el pecho desnudo, brillando bajo las luces rojas. ¿Por qué carajos me excita tanto esto? me pregunté, apretando las piernas. Su voz grave, gritando en agonía fingida, era como un gemido erótico que se colaba directo a mi entrepierna. Cuando lo bajaron, herido y jadeante, crucificado en espíritu pero vivo en carne, supe que no era solo teatro. Era pasión pura, y yo quería un pedazo de ella.

Qué chulo está este wey, pensé. Parece Cristo pero con ganas de pecar.

Al final de la función, el aplauso fue ensordecedor. Me quedé rezagada mientras mis amigas se iban, pretextando que quería comprar el programa. En realidad, quería verlo de cerca. En el lobby, entre la multitud, lo vi firmando autógrafos. Vestía jeans ajustados que marcaban todo y una camiseta negra pegada al cuerpo aún húmedo. Me acerqué, el corazón latiéndome como tambor en Semana Santa.

—Órale, qué chingona tu actuación —le dije, con mi mejor sonrisa coqueta—. Neta que me pusiste la piel chinita.

Él levantó la vista, y sus ojos se clavaron en los míos como si ya me conociera. —Gracias, morra. ¿Cómo te llamas?

—Ana. Y tú eres el Cristo más cabrón que he visto.

Rió, una risa profunda que vibró en mi pecho. —Oscar. ¿Quieres una chela en el bar de atrás? Para platicar de mi pasión.

No lo pensé dos veces. El bar era un rincón íntimo, con luces tenues y olor a tequila reposado. Nos sentamos en una mesa apartada, las rodillas rozándose accidentalmente al principio, pero luego ya no tan accidental. Hablamos de todo: de cómo él había entrenado para la obra, de sus músculos que olían a jabón y esfuerzo masculino. Yo le conté de mi vida aburrida, de cómo necesitaba algo que me hiciera sentir viva. Su mano rozó la mía, y fue eléctrico. El pulso se me aceleró, el aire se cargó de esa electricidad que huele a deseo crudo.

—Sabes, Ana —murmuró, inclinándose—, en la obra soy Cristo sufriendo, pero en la vida real, prefiero el placer.

Sentí su aliento cálido en mi cuello, y un escalofrío me recorrió la espina. —Muéstrame entonces —susurré, juguetona.

Salimos de ahí como si nos persiguiera el diablo. Su departamento estaba cerca, en un edificio viejo pero chulo del Barrio Chino, con vistas a las luces neón. Apenas cerramos la puerta, sus labios cayeron sobre los míos. Beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a cerveza y menta. Sus manos grandes me recorrieron la espalda, bajando a mis nalgas, apretándolas con fuerza posesiva pero tierna. No seas pendeja, Ana, esto es lo que querías, me dije mientras le quitaba la camiseta, revelando ese torso que había visto en escena, ahora mío para tocar.

La habitación olía a sándalo y a él, puro macho mexicano. Me empujó suave contra la cama king size, sus ojos devorándome mientras me desvestía lento. Primero la blusa, besando cada centímetro de piel expuesta, su lengua trazando círculos en mi ombligo. Gemí bajito cuando sus dedos desabrocharon mi brasier, liberando mis tetas. Las lamió, succionó los pezones hasta ponérmelos duros como piedras, enviando chispas directo a mi clítoris palpitante.

—Qué rica estás, Ana —gruñó, su voz ronca—. Neta que me tienes bien puesto.

Le bajé el zipper, y ahí estaba su verga, dura, gruesa, latiendo contra mi palma. La acaricié, sintiendo las venas pulsantes, el calor que emanaba. Él jadeó, y ese sonido me mojó más. Me tendí, abriendo las piernas, invitándolo. Pero no entró de una; no, este Cristo sabía de tentación. Me besó el interior de los muslos, inhalando mi aroma de mujer excitada, esa mezcla dulce y salada. Su lengua encontró mi concha, lamiendo despacio al principio, círculos suaves alrededor del clítoris, luego chupando fuerte. ¡Ay, wey! grité, arqueándome, las uñas clavadas en su pelo. El placer subía en olas, mi cuerpo temblando, el sudor perlando mi piel mientras él me comía como si fuera su última cena.

Lo jalé arriba, queriendo sentirlo dentro. —Chíngame, Oscar. Ya no aguanto.

Se puso condón rápido, profesional, y se hundió en mí de un solo empujón suave. Llenándome por completo, estirándome delicioso. Empezó lento, embestidas profundas que rozaban ese punto dentro que me volvía loca. Nuestros cuerpos chocaban con sonidos húmedos, piel contra piel resbalosa de sudor. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas en celo. Aceleró, sus caderas golpeando las mías, mis tetas rebotando con cada thrust. Le mordí el hombro, saboreando su sal, mientras él me susurraba al oído:

—Te sientes cabrona, Ana. Apriétame más.

Lo hice, contrayendo mis paredes alrededor de su verga, sintiendo cómo se hinchaba. El clímax me golpeó primero, un tsunami de placer que me dejó gritando su nombre, el cuerpo convulsionando, estrellas explotando detrás de mis párpados. Él se vino segundos después, gruñendo como animal, derramándose en espasmos dentro de mí. Colapsamos juntos, jadeantes, sus brazos envolviéndome protector.

Después, en la quietud, con las sábanas enredadas y su cabeza en mi pecho, escuché su corazón calmándose al ritmo del mío. El aire olía a nosotros, a satisfacción profunda. —Eso fue mejor que cualquier obra —murmuré, acariciando su melena.

—Y apenas empieza la pasión, mi Ana —respondió, besándome la frente.

Me quedé ahí, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que la vida valía la pena. La Pasión de Cristo Oscar no era solo un título de teatro; era nuestra historia, carnal y eterna.

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