Enredados en la Musica de Pasion de Gavilanes
La noche caía suave sobre la casa en las afueras de Guadalajara, con el aroma de jazmines flotando en el aire cálido. Yo, Ana, me movía por la sala con una copa de vino tinto en la mano, el líquido rojo brillando bajo la luz tenue de las velas. Había preparado todo para que Juan llegara: luces bajas, el sonido del viento susurrando contra las ventanas y mi piel erizada de anticipación. Hacía semanas que no nos veíamos, con sus viajes de trabajo, y neta, lo extrañaba como loca.
La puerta se abrió y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía. Órale, mi amor, dijo quitándose la chamarra de cuero, oliendo a carretera y a su colonia favorita, esa que me hacía agua la boca. Lo abracé fuerte, sintiendo su pecho duro contra mis tetas, el calor de su cuerpo filtrándose por mi blusa ligera. Nos besamos lento al principio, saboreando el tequila en su lengua, pero pronto el beso se volvió hambriento, como si quisiéramos devorarnos.
¿Qué traes de música esta vez? murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Reí bajito y lo llevé al sofá. Encendí el viejo equipo de sonido, y busqué en la playlist esa rola que tanto nos gustaba: la música de pasión de gavilanes. Los primeros acordes rancheros con ese toque dramático llenaron la habitación, la guitarra llorando pasión, la voz ronca cantando de amores imposibles y venganzas ardientes. Juan me miró con ojos brillantes. Esta rola siempre me pone caliente, Ana. Como si fuéramos los Reyes y las Jiménez en nuestra propia telenovela.
Empezamos a bailar pegaditos, mis caderas moviéndose al ritmo lento y sensual de la canción. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mi culo con fuerza juguetona. ¡Eres una chula, pinche tentación! exclamó riendo, y yo le pellizqué el brazo. No seas pendejo, baila conmigo como hombre, le respondí, pero mi voz salió ronca, traicionándome. El sudor empezaba a perlar su frente, y yo inhalaba su olor macho, mezcla de sudor fresco y deseo crudo.
La música nos envolvía como una niebla caliente. Sus dedos se colaron bajo mi falda, rozando el encaje de mis calzones, y un escalofrío me recorrió la espina.
Quiero sentirte toda, mi reina, pensó en voz alta, o tal vez lo imaginé en su mirada feroz.Me giré contra él, presionando mi nalga contra su verga ya dura, sintiendo cómo palpitaba a través del pantalón. El corazón me latía desbocado, sincronizado con el tambor de la canción.
Nos dejamos caer en el sofá, la música de pasión de gavilanes ahora de fondo como un latido compartido. Juan me quitó la blusa con urgencia, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sus labios capturaron un pezón, chupándolo con hambre, la lengua girando en círculos que me hicieron arquear la espalda. ¡Ay, cabrón, qué rico! gemí, enterrando las uñas en su cabello negro. Él gruñó de placer, bajando la mano para masajear mi concha por encima de la tela húmeda. Sentí mis jugos empapando sus dedos, el olor almizclado de mi excitación mezclándose con el humo de las velas.
Le desabroché el cinturón, liberando su verga gruesa y venosa, que saltó ansiosa. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero duro. Mírala, toda para ti, dijo con voz grave, y yo la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su pre-semen. Él jadeó, el sonido ahogado por la guitarra que sollozaba en la rola. Me subí a horcajadas sobre él, frotando mi rajita contra su longitud, lubricándonos mutuamente. Nuestros ojos se clavaron, el deseo quemando como tequila puro.
Pero no quería apresurar el clímax. Lo empujé suave al sofá y me puse de pie, quitándome la falda despacio, bailando al ritmo de la música que seguía sonando. Mis caderas ondulaban, tetas rebotando libres, y él se relamía los labios, masturbándose lento. Vente para acá, mamacita, no me hagas rogar, suplicó. Reí maliciosa y me arrodillé entre sus piernas, engullendo su verga hasta la garganta. El sabor era adictivo, su gemido ronco vibrando en mi boca. Lo chupé con devoción, lengua jugando con el frenillo, bolas pesadas en mi mano.
La tensión crecía como tormenta. La música de pasión de gavilanes llegó a su parte más intensa, violines llorando éxtasis. Juan me levantó, me cargó como pluma hasta la recámara, tirándome en la cama king size con sábanas de algodón egipcio. Se desnudó rápido, músculos brillando de sudor bajo la luna que entraba por la ventana. Se tendió sobre mí, piel contra piel, su peso delicioso aplastándome. Besos por todo el cuerpo: cuello, clavículas, vientre, hasta llegar a mi concha chorreante.
Su lengua era fuego líquido. Lamía mis labios mayores, succionando el clítoris hinchado, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en el punto G. ¡Sí, ahí, no pares, pendejito! grité, piernas temblando, caderas empujando contra su cara. Olía a sexo puro, mi néctar cubriéndole la barba incipiente. El orgasmo me golpeó como rayo, olas de placer convulsionándome, jugos salpicando su boca. Él bebió todo, gruñendo de triunfo.
Aún jadeante, lo volteé y me monté en él. Su verga entró de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome perfecta. ¡Qué chingona estás! rugió, manos en mis caderas guiándome. Cabalgué duro, tetas saltando, sudor goteando entre nosotros. El slap-slap de carne contra carne se mezclaba con la música, ahora en fade out pero eterna en nuestra sangre. Sentía cada vena de su pito rozando mis paredes, el glande besando mi cervix.
Cambié de posición, él atrás, doggy style, embistiéndome profundo. Sus bolas chocaban mi clítoris, manos amasando mis nalgas. Te voy a llenar, mi amor, prometió, acelerando. Yo me tocaba el botón, persiguiendo el segundo clímax. Vino como avalancha, mi concha contrayéndose, ordeñándolo. Él explotó segundos después, chorros calientes inundándome, semen goteando por mis muslos.
Colapsamos juntos, enredados en sábanas húmedas, la música de pasión de gavilanes reiniciando en loop suave. Su brazo alrededor de mi cintura, besos perezosos en mi hombro. Eres mi todo, Ana, susurró, voz ronca de satisfacción. Yo sonreí en la oscuridad, el corazón lleno, el cuerpo saciado. Afuera, los grillos cantaban, pero nada como nuestro ritmo compartido. Esa noche, la pasión de los Gavilanes había sido nuestra, real y ardiente, sin dramas, solo puro amor carnal.