Abismo de Pasion Cap 7 El Susurro del Deseo
En la penumbra de su departamento en Polanco, Ana sentía el calor de la noche mexicana colándose por las ventanas entreabiertas. El aroma a jazmín del jardín de abajo se mezclaba con el leve dulzor del tequila reposado que Marco había servido en copas bajas. Habían pasado el día separados, ella en una junta interminable en la Condesa, él entrenando en el gym de la colonia Roma. Ahora, solos por fin, el aire vibraba con esa electricidad que siempre los unía, como si el abismo de pasion cap 7 de su propia historia se abriera de nuevo ante ellos.
Ana se recargó en la barra de la cocina, su vestido negro ceñido marcando las curvas que Marco tanto adoraba. Él se acercó por detrás, sus manos grandes y callosas rozando sus caderas. ¿Qué onda, nena? ¿Me extrañaste o qué?
murmuró con esa voz ronca que le erizaba la piel. Ella giró la cabeza, oliendo su colonia fresca mezclada con sudor limpio del ejercicio. Pues claro, pendejo. Todo el día pensando en tus manos aquí
, respondió juguetona, guiando las de él hacia su vientre plano.
El primer beso fue suave, como un roce de labios que prometía tormentas. Marco la volteó con delicadeza, presionándola contra el mármol frío de la encimera. Sus bocas se fundieron, lenguas danzando con sabor a tequila y a deseo acumulado. Ana sintió su pulso acelerarse, el corazón latiéndole en el pecho como un tamborazo en una fiesta de pueblo. Esto es lo que necesitaba, pensó, mientras sus dedos se enredaban en el cabello oscuro de él, tirando suave para profundizar el beso.
¿Por qué cada vez que lo beso siento que caigo más hondo? Como si este abismo de pasión no tuviera fondo.
Marco la levantó en brazos sin esfuerzo, sus músculos tensos bajo la camisa ajustada. La llevó al sofá de cuero negro, donde la acostó con cuidado, como si fuera un tesoro. Se arrodilló frente a ella, besando sus rodillas expuestas, subiendo lento por los muslos. El vestido se arrugaba bajo sus labios calientes, y Ana jadeó cuando sintió su aliento cerca de su centro. Despacio, carnal. Quiero saborear esto
, susurró ella, abriendo las piernas invitadora.
La noche avanzaba, y el sonido de la ciudad —cláxones lejanos, risas de transeúntes— se convertía en un fondo perfecto para su intimidad. Marco deslizó el vestido hacia arriba, exponiendo su piel morena al aire tibio. Sus besos eran fuego: en el interior de los muslos, en la curva de las nalgas, hasta llegar a la tela húmeda de sus panties de encaje. Ana arqueó la espalda, el olor almizclado de su propia excitación llenando el espacio entre ellos. ¡Qué rico, mi rey! Sigue así
, gimió, mientras él lamía con devoción, la lengua experta trazando círculos que la hacían temblar.
Pero no era solo físico; había algo más profundo. Ana recordaba cómo se habían conocido en una fiesta en la casa de un amigo en Lomas de Chapultepec, él con esa sonrisa pícara que la desarmó de inmediato. Desde entonces, cada encuentro era un capítulo nuevo en su abismo de pasion cap 7, un descenso voluntario al placer que los consumía. Marco levantó la vista, sus ojos oscuros brillando con hambre. Eres lo más chingón que me ha pasado, Ana. No pares de gemir para mí
, dijo, antes de succionar suave su clítoris hinchado.
El clímax la tomó por sorpresa, una ola que la recorrió desde las puntas de los pies hasta la coronilla. Gritó su nombre, las uñas clavándose en los hombros de él, mientras ondas de placer la sacudían. El sofá crujió bajo su peso, y el sudor perlaba su frente. Marco no se detuvo hasta que ella lo empujó gentil, jadeante. Vente aquí, cabrón. Ahora te toca a ti
, ordenó con voz ronca, incorporándose para desabotonar su camisa.
Acto seguido, lo empujó contra los cojines y se montó a horcajadas sobre él. Sus pechos, libres ya del brasier, rozaban el torso desnudo de Marco. El vello oscuro de su pecho le hacía cosquillas deliciosas en los pezones endurecidos. Ana desabrochó su pantalón, liberando su erección dura y palpitante. La sintió caliente en su mano, venosa y lista. Mírate, tan grande y mío
, murmuró, lamiendo la punta con deleite, saboreando la sal de su pre-semen.
Marco gruñó, las manos apretando sus caderas. ¡No mames, Ana! Me vas a volver loco
, exclamó, mientras ella lo tomaba entero en la boca, chupando con ritmo experto. El sonido húmedo de su succión llenaba la sala, mezclado con sus gemidos guturales. Ella alternaba lengua y labios, masajeando sus bolas pesadas, sintiendo cómo él se hinchaba más. Pero quería más; lo quería dentro.
Este hombre me enciende como nadie. Cada roce es una promesa de éxtasis.
Ana se posicionó sobre él, guiando su verga hacia su entrada resbaladiza. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirándola, llenándola por completo. ¡Ay, qué chido! Tan profundo
, jadeó, comenzando a moverse. Sus caderas ondulaban como en una danza prehispánica, arriba y abajo, círculos lentos que rozaban su punto G perfecto. Marco la sujetaba, embistiéndola desde abajo, sus pelvis chocando con palmadas húmedas.
El ritmo se aceleró. El sudor los unía, resbaloso y caliente. Ana sentía el olor de sus cuerpos mezclados: piel tostada, sexo puro, un toque de su perfume. Los pechos rebotaban con cada salto, y Marco los atrapó en sus manos, pellizcando los pezones hasta hacerla gritar. Más fuerte, mi vida. Dame todo
, rogó ella, cabalgándolo con furia. Él se incorporó, besándola mientras follaban sentados, sus lenguas enredadas como sus almas.
La tensión crecía, un nudo en el vientre de Ana que pedía explosión. Marco la volteó sin salir de ella, poniéndola a cuatro patas en el sofá. Entró de nuevo, profundo y posesivo, sus bolas golpeando su clítoris. ¡Sí, así! Fóllame duro, Marco
, suplicó, empujando hacia atrás. Él obedeció, embistiendo con fuerza controlada, una mano en su cadera, la otra frotando su botón de placer. El placer era abrumador: el ardor en su interior, el roce constante, los gemidos sincronizados.
El orgasmo los alcanzó juntos. Ana se convulsionó primero, un grito ahogado escapando de su garganta mientras chorros de placer la inundaban. Marco la siguió, gruñendo como animal, llenándola con su leche caliente, pulso tras pulso. Colapsaron en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas. El aire olía a sexo consumado, a victoria compartida.
Después, en la quietud, Marco la abrazó por detrás en el sofá, su verga aún semi-dura dentro de ella. Besaba su cuello, suave. Te amo, nena. Esto es nuestro abismo, y no quiero salir nunca
, susurró. Ana sonrió, girando para mirarlo a los ojos. Yo tampoco, carnal. Cada cap de nuestra pasión es mejor que el anterior
.
En este momento, con su calor envolviéndome, sé que el abismo de pasion cap 7 es solo el principio. Hay más fuego por venir.
Se quedaron así, piel con piel, hasta que el sueño los venció bajo las estrellas de la Ciudad de México, en un afterglow que prometía eternidad.