Pasión Capítulo 8 El Susurro de la Noche
La brisa del mar de Puerto Vallarta entraba por la ventana abierta del balcón, trayendo consigo el olor salado y ese aroma a jazmín que tanto me gustaba. Yo, Ana, estaba recostada en la cama king size de nuestra villa rentada, con el cuerpo aún vibrando de los recuerdos de las noches anteriores. Habían pasado siete capítulos de pura pasión, como si mi vida se hubiera convertido en una novela erótica que yo misma escribía con cada suspiro. Esta era la pasión capítulo 8, y neta que la anticipación me tenía toda mojadita antes de que él siquiera tocara la puerta.
Marco y yo nos conocimos en una fiesta en la Zona Romántica, él con esa sonrisa pícara y yo sintiendo que el mundo se detenía cuando sus ojos café me clavaron. Desde entonces, cada encuentro era un fuego nuevo. Él era alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo la camisa ajustada, y un tatuaje de un águila en el pecho que me volvía loca. Yo, con mi piel morena, curvas generosas y cabello negro largo, me sentía como una diosa cuando él me miraba.
Órale, Ana, esta noche va a ser épica, me dije en voz baja, mientras me pasaba las manos por los senos, sintiendo los pezones endurecerse al roce.
El sonido de la llave en la cerradura me hizo saltar el corazón. Entró Marco, con una botella de tequila reposado en la mano y esa mirada de depredador juguetón. "Nena, te extrañé todo el día", murmuró, dejando la botella en la mesita y quitándose la camisa de un tirón. Su pecho brillaba con un leve sudor por el calor de la noche, y olía a colonia fresca mezclada con su esencia masculina. Me levanté de la cama, solo con un baby doll rojo translúcido que apenas cubría mis muslos, y caminé hacia él contoneándome.
Nos besamos primero suave, como si probáramos el terreno. Sus labios carnosos contra los míos, la lengua explorando con calma, saboreando el dulzor de mi gloss de fresa. Qué chingón besas, cabrón, pensé, mientras mis manos bajaban por su espalda, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la piel cálida. Él me apretó contra su cuerpo, y sentí su verga ya dura presionando mi vientre. "Estás lista para mí, ¿verdad, mi reina?", susurró en mi oído, su aliento caliente enviando escalofríos por mi espina.
Lo empujé juguetona hacia la cama, riéndome bajito. "Hoy mando yo, pendejo", le dije con voz ronca, usando ese tono coqueto que tanto le gustaba. Se recostó, obediente, con las manos detrás de la cabeza, observándome como si yo fuera el postre más rico del mundo. Me subí a horcajadas sobre él, frotando mi panocha húmeda contra la tela de sus pantalones. El roce era eléctrico, mi clítoris hinchado rogando más. Olía a nuestra excitación mezclada con el mar, un perfume embriagador que me nublaba la mente.
Desabroché su cinturón despacio, saboreando cada segundo. Saqué su verga gruesa, venosa, palpitante en mi mano. La piel era suave como terciopelo sobre acero, y el calor que emanaba me hizo salivar.
Esto es mío esta noche, pensé, mientras la lamía desde la base hasta la punta, probando el sabor salado de su pre-semen. Marco gimió profundo, un sonido gutural que vibró en mi pecho. "¡Ay, wey, qué rico tu boca!", jadeó, enredando los dedos en mi pelo sin jalar, solo guiándome.
La tensión crecía como una ola en el Pacífico. Me quité el baby doll, dejando mis tetas al aire, pesadas y sensibles. Él se incorporó para mamarlas, succionando un pezón con hambre, mientras su mano bajaba a mi entrepierna. Sus dedos gruesos separaron mis labios, encontrando mi entrada resbaladiza. Me metió dos de un jalón, y arqueé la espalda, sintiendo el estiramiento delicioso. El sonido húmedo de sus movimientos llenaba la habitación, mezclado con mis gemidos ahogados. "Estás chorreando, nena, neta que me enloqueces", gruñó, curvando los dedos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas.
Pero no quería correrme aún. Lo quería dentro. Me aparté, jadeante, y me puse de rodillas en la cama, empinándome como gata en celo. "Ven, métemela ya", le rogué, mirando por encima del hombro. Marco se colocó detrás, frotando la cabeza de su verga contra mi clítoris, torturándome. El toque era fuego puro, mi piel erizándose, el sudor perlándonos a ambos. Finalmente, empujó lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo.
¡Qué grande, qué perfecto!Grité de placer, el estirón inicial dando paso a una plenitud abrumadora.
Empezamos a movernos en ritmo, él embistiendo fuerte, yo empujando hacia atrás para encontrarlo. El slap-slap de piel contra piel era ensordecedor, como tambores en una fiesta. Sudábamos a chorros, el olor almizclado de sexo impregnando el aire. Sus manos en mis caderas, apretando lo justo para marcarme sin doler, me hacían sentir poderosa, deseada. "Más rápido, carnal, dame todo", le pedí, y él obedeció, clavándome profundo mientras una mano bajaba a frotar mi botón hinchado.
La intensidad subía como el volcán que éramos. Sentía mi orgasmo construyéndose, un nudo apretado en el vientre que se expandía. Marco jadeaba en mi oído, "Me vengo contigo, Ana, agárrate". Cambiamos de posición sin salir, él encima ahora, mis piernas enredadas en su cintura. Me miró a los ojos, esa conexión profunda más allá de lo físico, y eso me derritió. Embistió salvaje, mi clítoris rozando su pubis con cada thrust. El clímax me golpeó como tsunami: ondas de placer puro, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre mientras lágrimas de éxtasis rodaban por mis mejillas.
Él se corrió segundos después, gruñendo como bestia, su verga latiendo dentro, llenándome con chorros calientes que sentía deslizarse. Colapsamos juntos, cuerpos temblorosos, pegajosos de sudor y fluidos. El afterglow era bendito: su peso sobre mí reconfortante, nuestros corazones latiendo al unísono. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el salado de la piel.
Minutos después, nos separamos solo para tomar el tequila. Él sirvió shots en vasos helados, el líquido ámbar bajando ardiente por mi garganta, despertando nuevas chispas. "Esta pasión capítulo 8 fue la mejor, mi amor", dijo Marco, atrayéndome a su pecho. Yo asentí, trazando su tatuaje con el dedo.
Hay más capítulos por escribir, y cada uno será más intenso.
Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, escuchando las olas romper en la playa. El deseo no se apagaba, solo se transformaba en una promesa de más noches como esta. En Puerto Vallarta, bajo las estrellas, nuestra historia continuaba, capítulo a capítulo, pasión eterna.