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Abismo de Pasión Capítulo 101

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Abismo de Pasión Capítulo 101

El sol de la tarde caía a plomo sobre la playa de Playa del Carmen, tiñendo el mar de un turquesa hipnótico que se fundía con el cielo. Yo, Ana, acababa de llegar de la ciudad después de una semana eterna de trabajo en Cancún. Mi piel morena brillaba con el sudor ligero del viaje, y el bikini rojo que llevaba puesto se pegaba a mis curvas como una promesa de lo que vendría. Ahí estaba él, mi chulo Marco, esperándome en la terraza de nuestra cabaña privada, con una cerveza fría en la mano y esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas.

"Mamacita, ya era hora", murmuró con esa voz ronca que me erizaba la piel, acercándose con pasos lentos, como un depredador saboreando la caza. Su pecho ancho, bronceado por horas de surf, subía y bajaba con anticipación. Olía a sal marina y a ese loción masculina que tanto me gustaba, un aroma que se colaba directo a mi entrepierna.

Me lancé a sus brazos, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío. Sus manos grandes bajaron por mi espalda hasta mi culo, apretándolo con firmeza. "Neta, te extrañé tanto, wey", le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo. El roce de su barba incipiente contra mi cuello me hizo soltar un gemido bajo. Ahí empezó todo, ese abismo de pasión capítulo 101 que nos había mantenido enganchados por años, cada encuentro más profundo que el anterior.

Nos besamos como si el mundo se acabara, lenguas enredadas en un baile húmedo y salvaje. Sabía a cerveza y a deseo puro, un sabor salado que me hacía salivar. Sus dedos se colaron bajo mi bikini, rozando la piel sensible de mis nalgas, y yo presioné mis pechos contra su torso, sintiendo sus pezones duros como piedritas.

Pensé: ¡Carajo, este hombre me vuelve loca! Cada vez que lo veo, siento que caigo en un pozo sin fondo de puro fuego.

La brisa del mar nos envolvía, trayendo el sonido rítmico de las olas rompiendo en la arena. Marco me levantó en vilo, llevándome adentro de la cabaña. La habitación era un paraíso: cama king size con sábanas de algodón egipcio, velas aromáticas de coco encendidas, y el ventilador girando perezosamente arriba. Me tiró sobre el colchón con gentileza, pero sus ojos ardían con hambre.

"Quítate eso, guapa", ordenó, quitándose él la playera en un movimiento fluido. Su abdomen marcado, con ese V que bajaba directo a su short de baño, me dejó babeando. Obedecí, desatando mi bikini con dedos temblorosos. Mis tetas saltaron libres, pezones erectos por el aire fresco y su mirada devoradora. Él se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando despacio, torturándome con su aliento caliente sobre mi monte de Venus.

El conflicto empezó ahí, en esa tensión deliciosa. Yo quería que me devorara ya, pero Marco, el muy pendejo juguetón, se tomaba su tiempo. "¿Quieres que te coma esa chochita rica?", preguntó con voz grave, sus dedos trazando círculos en mis muslos internos. El olor a mi propia excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce, mezclándose con el coco de las velas.

"Sí, cabrón, no me hagas rogar", supliqué, arqueando la espalda. Finalmente, su lengua tocó mi clítoris, un latigazo eléctrico que me hizo gritar. Lamía con maestría, chupando, succionando, metiendo la lengua adentro como si quisiera beberse mi alma. Mis manos se enredaron en su pelo negro, tirando fuerte mientras mis caderas se movían solas, follándole la cara. El sonido era obsceno: slurps húmedos, mis jadeos roncos, el zumbido del ventilador. Sentía cada roce como fuego líquido, mi piel en llamas, pulsos latiendo en mi centro.

Pero no era solo físico. En mi mente, revivía nuestros recuerdos: las noches en la hacienda de sus papás en Yucatán, bailando salsa hasta el amanecer, follándonos en la piscina bajo la luna. Este wey es mi todo, pensé, mientras un primer orgasmo me sacudía, olas de placer que me dejaban temblando, jugos chorreando por sus labios.

Marco se incorporó, lamiéndose los labios con una sonrisa triunfal. "Ahora te toca a ti, mi reina". Se quitó el short, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, sintiendo su calor palpitante, el grosor que apenas cabía en mi palma. Me puse de rodillas, oliendo su masculinidad pura, ese musk terroso que me volvía loca. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su piel, metiéndomela hasta la garganta mientras él gemía "¡Órale, así!".

La intensidad subía. Él me levantó, poniéndome a cuatro patas en la cama. Sus manos masajeaban mis tetas colgantes, pellizcando pezones hasta que dolía rico. "Voy a entrar despacito, ¿eh?", advirtió, frotando su pija contra mis labios vaginales empapados. Entró centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. El sonido de piel contra piel empezó: plaf plaf plaf, rítmico como tambores mayas.

¡Dios mío, qué grande está! Me parte en dos, pero lo amo, cada embestida es un pedazo de cielo.

Follábamos como animales, sudando a chorros, el olor a sexo impregnando la habitación. Él me jalaba el pelo, azotaba mi culo con palmadas que resonaban, y yo le respondía empujando hacia atrás, queriendo más. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una amazona, mis tetas rebotando, sus manos en mis caderas guiándome. Sentía su verga golpeando mi punto G, chispas de placer explotando en mi vientre. "¡Más rápido, pendejo!", gritaba, y él obedecía, sus abdominales contrayéndose bajo mis uñas.

La tensión psicológica crecía: ¿Cuánto más aguantaríamos? Nuestras miradas se clavaban, almas conectadas en ese abismo. "Te amo, Ana", jadeó él, y eso me rompió. El clímax nos golpeó juntos: yo convulsionando alrededor de su pija, ordeñándolo, él llenándome con chorros calientes que se sentían como lava. Gritos ahogados, cuerpos temblando, el mundo reduciéndose a ese instante eterno.

Caímos exhaustos, enredados en las sábanas húmedas. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso, mientras él besaba mi frente, mi nariz, mis labios hinchados. El sol se ponía afuera, pintando la habitación de naranja, y el mar susurraba paz. "Capítulo 101 del abismo de pasión", bromeó él, acariciando mi pelo. Yo reí, sintiendo un calor profundo en el pecho, no solo físico.

Nos quedamos así, respiraciones sincronizadas, pieles pegadas por sudor y amor. Mañana seguiría el trabajo, la rutina, pero esto... esto era nuestro refugio, nuestro abismo infinito. Y yo no quería salir nunca.

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