Luisa Piccarreta 24 Horas de la Pasion
El sol de mediodía se colaba por las cortinas entreabiertas de tu departamento en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido y pegajoso. Tú, sentada en el sillón de piel con las piernas cruzadas, sostenías en tus manos el libro viejo que habías encontrado en una tiendita de antigüedades en el Centro. Luisa Piccarreta 24 horas de la pasion, rezaba el título desvaído en la portada. No eras devota ni nada por el estilo, pero algo en esas palabras te había jalado como imán. Hablabas de una pasión intensa, hora por hora, un sufrimiento que se convertía en éxtasis. Y mientras leías, un calorcillo traicionero te subía por el vientre, haciendo que tus muslos se apretaran sin querer.
Órale, pensaste, esta Luisa sabía de lo que hablaba, pero no del modo que todos creen. Tus pezones se endurecían contra la blusa ligera de algodón, y el aroma de tu propia excitación empezaba a mezclarse con el café que humeaba en la mesita. De repente, la puerta se abrió con un chirrido suave. Era él, Alejandro, tu carnal de toda la vida, con esa sonrisa pícara que te derretía las rodillas. Alto, moreno, con el torso marcado bajo la playera ajustada que olía a sudor fresco y colonia barata pero rica.
—Wey, qué traes ahí —dijo acercándose, su voz grave como un ronroneo—. ¿Leyendo tus novelitas santas?
Tú lo miraste de arriba abajo, sintiendo cómo tu pulso se aceleraba. Le pasaste el libro sin decir nada, y él lo hojeó, riendo bajito.
—24 horas de la pasión... Suena a plan chido para hoy. ¿Qué dices, mi reina? ¿Nos lanzamos a eso?
El deseo te picaba la piel como miles de hormiguitas. Asentiste, y él te jaló del brazo, sus labios rozando tu oreja. Esto apenas empieza, susurró, y su aliento caliente te erizó la nuca.
La primera hora fue puro fuego lento. Alejandro te llevó a la recámara, donde el ventilador zumbaba perezoso contra el bochorno. Te quitó la blusa con dedos hábiles, besando cada centímetro de tu cuello. Su lengua sabía a menta y a hombre, dejando un rastro húmedo que te hacía gemir bajito.
¡No mames, qué rico se siente su boca!, pensaste, mientras tus manos se enredaban en su pelo negro y revuelto.Él se arrodilló, bajándote los shorts con calma tortuosa. El aire fresco besó tu piel expuesta, y cuando sus labios tocaron el interior de tus muslos, un jadeo se te escapó. Olía a ti, a esa esencia dulce y salada de tu arousal, y él inhaló profundo, como si fuera oxígeno.
—Estás empapada, corazón —murmuró, su aliento caliente contra tu clítoris hinchado—. Como en esas páginas de Luisa Piccarreta.
Tú solo pudiste arquear la espalda, tus uñas clavándose en las sábanas blancas. Su lengua danzaba, lamiendo con precisión, saboreando cada gota. El sonido húmedo de su boca te volvía loca, mezclado con tus ahs y ohs que llenaban la habitación. El tiempo se estiraba, cada minuto una eternidad de placer que te acercaba al borde pero no te dejaba caer. Cuando por fin te corriste, fue como una ola rompiendo, tu cuerpo temblando, el sabor metálico en tu boca mientras mordías tu labio.
Pero no pararon. La segunda hora, él te volteó boca abajo, sus manos grandes amasando tus nalgas. El slap de su palma contra tu piel resonaba, un picor delicioso que te hacía mojar más. Chíngame ya, pendejo, le suplicaste en voz baja, y él rio, su verga dura presionando contra ti. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándote hasta el fondo. Sentías cada vena, cada pulso, el calor abrasador de su carne en la tuya. Olía a sexo crudo, a sudor mezclado con el perfume de las sábanas. Sus embestidas eran rítmicas, profundas, haciendo que tus tetas rebotaran contra el colchón.
Esto es la pasión de Luisa, pensaste en medio del delirio, hora tras hora, sin piedad. Alejandro gruñía en tu oído, sus caderas chocando con las tuyas en un slap-slap hipnótico. Te volteó de nuevo, mirándote a los ojos mientras te penetraba más fuerte. Tus piernas alrededor de su cintura, uñas en su espalda dejando surcos rojos. El clímax llegó juntos, su leche caliente inundándote, tu concha contrayéndose en espasmos que te dejaban sin aliento.
Descansaron un ratito, pero la tercera hora trajo más. Se ducharon juntos bajo el agua tibia que caía como lluvia tropical. Jabón resbaloso entre sus cuerpos, sus dedos explorando cada curva. Tú te arrodillaste, tomando su verga en la boca, saboreando el resto de su corrida mezclado con agua. Sabía a sal y a él, a ese sabor adictivo que te hacía chupar más hondo, tu garganta relajándose para tragarlo todo. Él gemía, manos en tu cabeza, ¡qué chingona eres, mi amor!
Salieron de la ducha envueltos en toallas, y la cuarta hora fue en la sala. Tú encima, cabalgándolo en el sillón, tus caderas girando como en un baile de cumbia prohibida. El libro de Luisa Piccarreta estaba ahí, abierto en una página, como testigo mudo. Sentías su mirada desde el papel, pero ya no era santa; era cómplice. El roce de su pubis contra tu botón, el grind perfecto que te hacía ver estrellas. Sudor goteando entre tus pechos, él lamiéndolo, salado y caliente.
Las horas se fundían: la quinta en la cocina, tú contra la mesa mientras él te comía por atrás, el olor a tortillas calientes mezclándose con el almizcle del sexo. La sexta en el balcón, al atardecer, con el skyline de la ciudad de fondo, sus manos tapándote la boca para que no gritaras tan fuerte. ¡Ay, wey, me vas a matar de gusto! le decías entre jadeos, y él respondía acelerando, su verga como un pistón implacable.
En la media noche, la décima hora, el cansancio empezaba a pesar, pero el deseo no cedía. Acostados en la cama, lento y tierno ahora, misionero con besos profundos. Sus ojos en los tuyos, confesando lo mucho que te quería.
Esta pasión no es solo carne, es alma, como decía Luisa Piccarreta en sus 24 horas de la pasion, pensaste, mientras lágrimas de placer rodaban por tus mejillas. Él te penetraba suave, rozando ese punto dentro que te deshacía, sus dedos en tu clítoris dibujando círculos perfectos.
La intensidad subía de nuevo en la decimoquinta hora. Atados con las corbatas suyas, tú inmovilizada, él devorándote con la boca y los dedos. Tres orgasmos seguidos te dejaron temblando, la habitación oliendo a orgasmo puro, a corrida y jugos. Él se corrió en tu boca, y tú tragaste todo, el sabor espeso y caliente bajando por tu garganta como néctar.
Las últimas horas fueron un maratón borroso de posiciones inventadas, risas entre gemidos, agua y frutas para reponer fuerzas. Mangos jugosos chorreando por tu piel, él lamiéndolos de tu ombligo, de tus tetas. El amanecer los encontró exhaustos, enredados en las sábanas revueltas, su cabeza en tu pecho escuchando tu corazón galopante.
Tú acariciaste su pelo, el libro olvidado en el piso. 24 horas de la pasion, tal como Luisa Piccarreta las vivió en su mente, reflexionaste. Pero las tuyas habían sido de carne, de sudor, de amor crudo y consensual. Un beso suave en tu frente, y él murmuró:
—La mejor noche de mi vida, mi reina. ¿Repetimos?
Tú sonreíste, el cuerpo adolorido pero satisfecho, el alma plena. El sol entraba de nuevo, prometiendo más días así. La pasión no acababa; solo pausaba para recargar.