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Entrada del 15 de mayo

Órale, hoy no puedo dejar de pensar en él. Diego, ese güey alto con ojos color café que me derriten cada vez que me mira. Vivo en este depa chido en Polanco, con vista al skyline de la Ciudad de México, y justo enfrente está su balcón. Ayer lo vi regando sus plantas, con la camisa remangada dejando ver esos brazos fuertes, morenos por el sol. El aire traía su olor, un mezcolote de jabón y algo masculino que me hizo apretar las piernas sin querer. Neta, mi cuerpo reacciona como si ya lo hubiera probado. Le sonreí desde mi ventana y él me guiñó el ojo. ¿Coincidencia? No lo creo. Esta noche me pongo mi vestido rojo escotado, el que marca mis curvas, y salgo a la terraza a ver si pasa algo.

Si supiera lo que me provoca, se lanzaría por mí como lobo hambriento.

El calor de la noche se siente pesado, húmedo, como mi piel ahora mismo. Siento el roce de la tela contra mis pezones endurecidos mientras camino. Lo veo salir, con una cerveza en la mano, jeans ajustados que delinean todo lo que quiero descubrir. "¡Buenas noches, vecina!", grita con esa voz grave que vibra en mi pecho. "¡Diego! ¿Qué onda?", respondo, acercándome a la reja que nos separa. Hablamos de tonterías: el tráfico infernal, el mejor taco al pastor de la colonia. Pero sus ojos bajan a mi escote, y yo dejo que vean. El pulso se me acelera, siento el calor subiendo por mi cuello.

Entrada del 20 de mayo

¡Qué chingón fue ayer! Invitó a unas chelas en su balcón y saltamos la reja como chavos. Su depa huele a madera y café recién molido, con posters de rock mexicano en las paredes. Nos sentamos en el sofá, tan cerca que nuestras rodillas se rozan. Cada roce es eléctrico, como chispas en mi piel. "Eres preciosa, Ana", me dice, y su aliento cálido roza mi oreja. Lo miro fijo, mordiéndome el labio. "Tú no estás tan pendejo tampoco". Reímos, pero el aire se carga de tensión. Sus dedos trazan mi brazo, suaves al principio, luego firmes. Siento el calor de su palma, el pulso latiendo bajo su tacto. Me acerca, sus labios rozan los míos, suaves, probando. Sabe a cerveza y a menta, delicioso. El beso se profundiza, lenguas danzando, manos explorando. Lo empujo suave. "No tan rápido, carnal". Se ríe, pero sus ojos arden. Me voy a mi casa con las bragas húmedas y el corazón tronando.

En la noche no duermo. Mi mano baja sola, imaginando las suyas. El roce de mis dedos sobre mi clítoris es un pálido eco de lo que quiero de él. Gimo bajito, oliendo mi propia excitación, ese aroma almizclado que llena la habitación. Lo necesito dentro de mí, ya.

Entrada del 25 de mayo

La cosa se pone intensa. Hoy lo busqué con una excusa tonta: pedirle sal. Entré y lo encontré sin camisa, sudado de hacer ejercicio. Su pecho ancho, pectorales duros, abdomen marcado con ese V que baja a su short. El sudor brilla en su piel, oliendo a hombre puro, salado y sexy. "Pasa, Ana, no muerdo", dice con picardía. Cierro la puerta y ya estamos besándonos como desesperados. Sus manos grandes aprietan mis nalgas, levantándome contra la pared. Siento su verga dura presionando mi monte, gruesa y lista. Gimo en su boca, mis uñas clavándose en su espalda. "Te quiero tanto, Diego", susurro. "Yo más, mamacita". Me lleva al sofá, me quita el top despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en mis tetas, chupando pezones con hambre, enviando ondas de placer directo a mi entrepierna. El sonido de su succión es obsceno, húmedo, y me encanta.

Su lengua es fuego, lamiendo, mordisqueando. Estoy empapada, neta.

Le bajo el short y ahí está, su pito erecto, venoso, goteando precum. Lo agarro, suave primero, sintiendo el calor pulsante en mi mano. Él gruñe, un sonido animal que me eriza la piel. "Chúpamela, Ana". Me arrodillo, el piso fresco contra mis rodillas. Lo meto en la boca, saboreando su sal, su esencia. Lo chupo profundo, lengua girando en la cabeza, manos masajeando sus bolas pesadas. Él jadea, enreda dedos en mi pelo, follando mi boca lento. "Qué rica boca tienes". El olor de su excitación me marea, delicioso.

Pero paramos ahí. "Quiero más, pero hagámoslo bien", dice. Me da su número y un beso que promete todo. En mi depa, escribo esto con el cuerpo ardiendo, dedos temblorosos.

Entrada del 30 de mayo

¡Llegó el día! Le mandé un mensaje: "Ven por tu sal... y más". Llega con una botella de mezcal, sonrisa de diablo. Nos servimos, el humo del mezcal quema la garganta, calienta la sangre. Hablamos de deseos, de lo que nos excita. "Siempre quise un polvo épico con una vecina como tú", confiesa. "Y yo con un moreno musculoso que me haga gritar". Reímos, pero ya estamos desnudos. Su cuerpo sobre el mío en la cama king size que compré pensando en noches como esta. Piel contra piel, sudor mezclándose, corazones latiendo al unísono.

Sus manos recorren mi cuerpo como si lo memorizara: pechos, cintura, muslos. Abre mis piernas, besa mi interior, lengua lamiendo mi coño chorreante. Sabe a mí, a deseo puro. Gimo fuerte, caderas alzándose. "¡Sí, Diego, ahí! ¡Qué rico!". Su lengua entra y sale, dedos frotando mi clítoris hinchado. El placer sube como ola, tenso, hasta que exploto en orgasmos, temblando, gritando su nombre. Él sube, verga lista. "Dime si quieres". "¡Sí, métemela ya, pendejo!". Se hunde lento, centímetro a centímetro, llenándome perfecta. Gruesa, dura, tocando spots que me vuelven loca. El sonido de carne contra carne, chapoteo húmedo, llena la habitación. Sudor gotea de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamo.

Follamos duro, misionero primero, sus embestidas profundas, bolas golpeando mi culo. Giro, me pongo a cuatro, él agarra mis caderas, follando como bestia. "¡Qué nalgas tan ricas!", gruñe. Siento cada vena de su pito rozando mis paredes, placer intenso. Cambio a vaquera, cabalgándolo, tetas rebotando, sus manos apretándolas. El olor a sexo impregna todo, almizcle, sudor, placer. "Me vengo, Ana...". "¡Dentro, lléname!". Explota, chorros calientes inundándome, mientras yo corro de nuevo, contrayéndome alrededor de él.

Caemos exhaustos, cuerpos enredados, respiraciones jadeantes. Su piel pegada a la mía, cálida, reconfortante. Besos suaves, caricias perezosas. "Eres increíble", murmura. "Tú tampoco te quedas atrás, carnal".

Esta pasión es adictiva. Mañana le mando este diario como PDF por Google Drive, para que lea todo lo que me provoca. Que sepa lo que despierta en mí.

Entrada del 1 de junio

Se lo envié: "Diario de una pasión PDF Google Drive". Lo abrió en mi casa, riendo y excitándose de nuevo. "Eres una chingona". Terminamos follando otra vez, más lento, más profundo. Esta conexión va más allá del cuerpo. Siento su alma rozando la mía en cada roce. El sol entra por la ventana, bañándonos en oro, mientras yacemos satisfechos. ¿Qué sigue? No sé, pero esta pasión arde y no quiero que se apague.

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