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Pasión Águilas del América Desatada

8135 palabras

Pasión Águilas del América Desatada

El Estadio Azteca rugía como un volcán en erupción esa noche de sábado. El aire estaba cargado de sudor, cerveza y esa pasión Águilas del América que nos une a todos como un lazo invisible. Yo, Ana, con mi camiseta azulcrema ajustada que marcaba mis curvas, saltaba en las gradas junto a miles de fanáticos. Mi corazón latía al ritmo de los tambores y los gritos: ¡Vamos Águilas carajo! Llevaba años siguiendo al equipo, pero esa noche algo se sentía diferente. El calor del sol poniente aún quemaba mi piel morena, y el olor a elotes asados se mezclaba con el humo de los cuates que fumaban en las esquinas.

De repente, en medio del caos, mis ojos se clavaron en él. Alto, musculoso, con el rostro curtido por el sol y una sonrisa que iluminaba más que los reflectores. Llevaba la playera del América con el número 9, y gritaba con una voz grave que me erizó la piel. ¿Quién es este pendejo tan chido? pensé, mientras mi mirada bajaba por su pecho ancho, imaginando cómo se sentiría bajo mis uñas. Él me miró de vuelta, y juro que el estadio se calló por un segundo. Nuestras miradas chocaron como dos águilas en vuelo, y supe que esa pasión Águilas del América nos iba a unir de una forma que ni los goles de Henry podrían igualar.

Órale, Ana, no seas mensa. Es solo un fanático más. Pero neta, esos ojos cafés me están mojando las panties.

El América metió el primer gol, y la explosión de júbilo nos lanzó uno hacia el otro. Nuestras manos se rozaron al saltar, y su piel áspera contra la mía fue como una chispa. ¡Qué chingón! gritó él, y yo respondí con una risa ronca: ¡Ponte trucha, carnal, que esto apenas empieza! Se presentó como Javier, un ingeniero de la CDMX que viaja a todos los partidos. Hablamos de la pasión Águilas del América, de cómo nos quema por dentro desde niños, de esos momentos en que el equipo nos hace sentir invencibles. Su aliento olía a chela fría, y cada vez que se acercaba, inhalaba su colonia amaderada mezclada con macho puro.

El partido terminó 3-1 a favor nuestro. El estadio era un mar de azul y crema, abrazos y lágrimas de alegría. Javier me tomó de la mano: ¿Vamos por unas chelas a celebrar, águila? Su palma grande y callosa envolvió la mía, y un calor subió desde mi vientre. Sí, pendejo, vamos a celebrar como se debe. Salimos del Azteca tomados de la mano, el bullicio de los cláxones y los cánticos resonando en la noche. Terminamos en un bar de taquería cerca del estadio, con mesas de plástico y luces de neón. Pedimos tacos al pastor y coronitas heladas. La carne chisporroteaba en la comal, su aroma picante invadiendo el aire, mientras Javier me contaba anécdotas de partidos legendarios.

La pasión Águilas del América es como el amor, ¿no? Te consume, te hace gritar, te deja exhausto pero queriendo más, dijo él, sus ojos fijos en mis labios. Yo me mordí el inferior, sintiendo cómo mis pezones se endurecían bajo la playera. Este güey sabe lo que dice. Y yo quiero que me consuma a mí. Nuestras rodillas se rozaban bajo la mesa, y cada roce era una descarga eléctrica. El sudor de la emoción del partido aún perlaba su cuello, y no pude resistir: acerqué mi mano y lo sequé con un dedo, probando la sal en mi lengua. Él gruñó bajito, un sonido gutural que me vibró en el pecho.

La tensión crecía como el minuto 90 en un clásico. Terminamos las chelas y salimos a la calle, donde el aire fresco de la medianoche nos golpeó. Caminamos hacia su camioneta estacionada en una colonia cercana, las luces de la ciudad parpadeando como estrellas caídas. En el camino, su mano bajó a mi cintura, y yo me pegué a él, sintiendo la dureza de su erección contra mi cadera. Eres una chava bien cabrona, Ana. Me tienes loco con esa pasión tuya, murmuró en mi oído, su aliento caliente rozando mi lóbulo. Yo volteé y lo besé, un beso hambriento, tongues enredándose como en un contragolpe perfecto. Sabía a cerveza, tacos y deseo puro.

¡Qué rico sabe este cabrón! Mi concha palpita, neta necesito que me meta esa verga ya.

En la camioneta, el espacio era chiquito, íntimo. Sus manos expertas subieron por mis muslos, arrugando mi falda corta. Yo gemí cuando sus dedos rozaron mis bragas empapadas. Estás chorreando, mi águila, dijo con voz ronca, mientras yo desabrochaba su chamarra y bajaba la playera para lamer su pecho sudoroso. Olía a hombre, a victoria, a pasión Águilas del América convertida en lujuria. Le quité el cinturón con dientes, liberando su verga gruesa y venosa que saltó dura como un poste. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado, el calor irradiando. Qué pinga tan chingona, Javier. Es mía esta noche.

Me subí a horcajadas sobre él, el asiento crujiendo bajo nuestro peso. La playera del América se rasgó un poco cuando la arranqué, exponiendo mis tetas firmes. Él las devoró con la boca, succionando mis pezones oscuros hasta que dolió de placer. Yo me frotaba contra su verga, lubricándola con mis jugos, el sonido húmedo llenando la cabina. Esto es mejor que cualquier gol de último minuto. Bajé despacio, empalándome en él centímetro a centímetro. Su grosor me estiró deliciosamente, un ardor placentero que me hizo jadear. ¡Ay cabrón, qué rico me llenas!

Empezamos a movernos, un ritmo salvaje como el de las Águilas atacando. Sus manos amasaban mi culo redondo, guiándome arriba y abajo. El vapor empañaba los vidrios, el olor a sexo crudo impregnaba todo: mi almizcle femenino, su sudor salado, el cuero del asiento. Cada embestida era un grito ahogado, mis paredes internas apretándolo como un puño. Él gruñía mi nombre, Ana, mi pasión, fóllame más duro, y yo aceleré, mis caderas girando en círculos que lo volvían loco. Sentía su glande golpeando mi cervix, ondas de placer subiendo por mi espina.

La tensión subió como la afición en el minuto 89. Sudábamos a chorros, piel resbaladiza chocando con palmadas sonoras. Yo clavé mis uñas en sus hombros, dejando marcas rojas como las de un tigre. Voy a correrme, pendejo, no pares. Él metió un dedo en mi ano, un toque prohibido que me disparó al clímax. Grité como en las gradas, mi concha convulsionando alrededor de su verga, chorros de placer empapándolo todo. Javier rugió, hinchándose dentro de mí, y se corrió con fuerza, su leche caliente llenándome hasta rebosar. Nos quedamos temblando, unidos, pulsos latiendo al unísono.

Después, en la quietud, nos besamos suaves, lenguas perezosas explorando. Bajamos de la camioneta y fuimos a su depa en Polanco, un lugar chido con vista a la ciudad. Nos duchamos juntos, el agua caliente lavando el sudor pero no el recuerdo. En su cama king size, nos enredamos de nuevo, pero esta vez lento, sensual. Él me comió el coño con devoción, su lengua plana lamiendo mis labios hinchados, saboreando nuestra mezcla. Yo le chupé la verga flácida hasta endurecerla, tragándomela hasta la garganta, el sabor salado de su corrida aún fresco.

Follamos de lado, cucharita, sus tetas contra mi espalda, una mano en mi clítoris frotando en círculos. El orgasmo nos vino suave, como un gol de chilena, olas eternas de placer. Esta pasión Águilas del América nos unió para siempre, ¿verdad? murmuró él en mi cuello. Yo sonreí, oliendo su piel limpia, sintiendo su corazón contra el mío.

Neta, Javier, eres mi águila favorita. Mañana otro partido, y después... otra desatada.

Despertamos con el sol filtrándose por las cortinas, cuerpos entrelazados. Preparamos huevos rancheros, riendo de la noche loca. La pasión Águilas del América no era solo fútbol; era esto, conexión visceral, deseo que arde como el Estadio en llamas. Salimos a la calle tomados de la mano, listos para el próximo juego, sabiendo que nuestra propia pasión apenas comenzaba.

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