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Orgullo y Pasion Novela Brasilena Ardiente

7156 palabras

Orgullo y Pasion Novela Brasilena Ardiente

Me llamo Ana, y desde chiquita he sido una devoradora de novelas. Pero nada como esa edición polvorienta que encontré en la librería de Coyoacán, un rincón olvidado entre estantes repletos de clásicos mexicanos. Orgullo y Pasion novela brasileña, decía la portada descolorida, con una mujer de curvas exuberantes abrazando a un hombre de mirada feroz bajo un sol tropical. La compré sin pensarlo dos veces, sintiendo un cosquilleo en la piel que no era solo por el aire fresco de la tarde.

En mi depa en la Roma, me recosté en la cama con el libro en las manos. El aroma a papel viejo me invadió las fosas nasales, mezclado con el café que acababa de preparar. Las páginas crujían al pasarlas, y pronto me perdí en la historia de Isabella, una brasileña orgullosa que desafiaba a su familia por amor a un capataz de mirada ardiente. Cada palabra avivaba un fuego en mi pecho, haciendo que mis pezones se endurecieran contra la tela ligera de mi blusa.

¿Por qué carajos no tengo un hombre así en mi vida?, pensé, mientras mi mano bajaba distraída por mi vientre plano.

El timbre sonó como un trueno inesperado. Era Rodrigo, mi vecino, el güey alto y moreno que siempre me saludaba con esa sonrisa pícara que me ponía la piel de gallina. Brasileño de pura cepa, pero radicado en México desde hace años, con ese acento que me derretía las rodillas. Traía una botella de tequila en la mano.

—Wey, Ana, ¿me prestas tu balcón? Mis cuates vienen y el mío está en obra— dijo, con ojos que brillaban como el mar de Copacabana.

Lo dejé pasar, y al verlo de cerca, olí su colonia fresca, mezclada con un toque salado de sudor. Señalé el libro en la mesa.

—Mira, neta que chido hallazgo. Orgullo y Pasion novela brasileña. ¿La conoces?

Sus ojos se iluminaron. Se acercó, rozando mi brazo con el suyo, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal.

—¡Carajo, Ana! Esa es un clásico en Brasil. Mi abuela me la leía de morrillo. Habla de orgullo que se quema en pasión...

Nos sentamos en el sofá, el tequila fluyendo en vasos helados. Hablamos de la trama, de cómo Isabella resiste al deseo hasta que explota. Su voz grave vibraba en mi pecho, y sentía el calor de su muslo contra el mío. Cada roce era eléctrico, como si el aire se cargara de electricidad estática. Mi corazón latía fuerte, y entre mis piernas un pulso húmedo empezaba a crecer.

Acto uno: la tensión inicial. Rodrigo recitaba pasajes, su aliento cálido en mi oreja. —Escucha esto: 'Su orgullo era su armadura, pero su pasión la desnudaba'. Me miró fijo, y juro que vi hambre en sus ojos. Mi piel ardía, el sudor perlándome el escote. Quería besarlo, pero el orgullo me detenía. ¿Y si era solo plática? No mames, Ana, piénsalo.

La noche avanzaba, los cuates de Rodrigo en el balcón riendo a carcajadas, pero nosotros en la sala, cada vez más cerca. Su mano rozó mi rodilla al gesticular, y no la quité. En cambio, la cubrí con la mía, sintiendo la aspereza de su piel curtida por el sol mexicano. El olor a tequila y a su excitación masculina me mareaba.

Esto es como la novela, güey. Orgullo contra pasión. Pero yo quiero rendirme.

De repente, su boca se estrelló contra la mía. Fue un beso salvaje, lenguas danzando con sabor a tequila y urgencia. Gemí en su boca, mis manos enredándose en su cabello negro y ondulado. Lo empujé contra el sofá, montándome a horcajadas sobre él. Sentí su verga dura presionando contra mi entrepierna, gruesa y palpitante a través de la tela de sus jeans.

—Ana, preciosa... ¿Estás segura? murmuró, con voz ronca, sus manos grandes amasando mis nalgas.

—Neta que sí, pendejo. No me hagas esperar como en esa pinche novela.

Acto dos: la escalada. Nos desnudamos con prisa febril. Su pecho ancho, cubierto de vello oscuro, olía a sal y hombre. Lamí sus pezones, saboreando el sudor salado, mientras él gemía bajito. Bajé la cremallera de sus pantalones, liberando su verga erecta, venosa y caliente en mi palma. La apreté, sintiendo el pulso acelerado, y él gruñó como animal.

Me tendió en el sofá, besando mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Sus labios bajaron por mi vientre, hasta mi concha depilada y ya empapada. El primer lametón fue fuego puro: lengua plana lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis labios mayores con succión suave. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su saliva. Arqueé la espalda, mis uñas clavándose en sus hombros.

¡Qué chingón! Esto es mejor que cualquier orgullo y pasion novela brasileña, pensé, mientras ondas de placer me recorrían desde el coño hasta la punta de los dedos.

Me penetró con dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Jadeaba, mis caderas moviéndose solas, follándome su mano. Él lamía sin parar, el sonido húmedo de su boca en mi sexo llenando la habitación, ahogado por mis gemidos ahogados. —Más, Rodrigo, no pares, cabrón...

Lo volteé, queriendo devorarlo. Tomé su verga en la boca, saboreando el precum salado y amargo. La chupé profunda, garganta relajada, sintiendo cómo latía contra mi lengua. Él jadeaba, manos en mi cabeza guiándome con gentileza. El olor de su pubis, almizclado y terroso, me volvía loca. Nos lamimos mutuamente en 69, cuerpos entrelazados, sudor resbalando, piel contra piel resbaladiza.

La intensidad subía. Mi orgullo se había evaporado; solo quedaba pasión cruda. Lo monté, guiando su verga a mi entrada. Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Era grueso, estirándome deliciosamente, el roce de su glande contra mis paredes internas enviando chispas. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulso. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras.

El sofá crujía bajo nosotros, el slap-slap de carne contra carne, nuestros jadeos mezclados con el bullicio lejano del balcón. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado al lamerlo. Aceleré, mi clítoris frotándose contra su pubis, el orgasmo construyéndose como tormenta.

Acto tres: la liberación. —Me vengo, Ana... ¡Joder! rugió, y su verga se hinchó, chorros calientes inundándome. Eso me empujó al borde. Mi concha se contrajo en espasmos violentos, olas de placer puro cegándome, gritando su nombre mientras temblaba entera.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón galopante. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aroma a sexo impregnaba el aire, mezclado con el tequila derramado.

—Eres mi Isabella, Ana. Orgullosa y apasionada.

Sonreí, acariciando su espalda.

La novela era solo el pretexto. Esto es real, neta que chido.
Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, el amanecer tiñendo las cortinas de rosa. El orgullo cedió, la pasión nos unió, y supe que esto era solo el comienzo.

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