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Pasión Prohibida Bianca Santillana de Piamonte

6743 palabras

Pasión Prohibida Bianca Santillana de Piamonte

En las verdes colinas de Piamonte, donde el sol besa la tierra con un calor que quema el alma, yo, Bianca Santillana de Piamonte, llevaba una vida de apariencias. Mi hacienda, La Esperanza, era un paraíso de mangos maduros y jazmines que perfumaban el aire al atardecer. Pero mi matrimonio con Don Raúl era como un río seco: sin pasión, solo rutina. Él pasaba días enteros en la ciudad negociando tierras, dejándome sola con el eco de mis propios suspiros.

Todo cambió el día que llegó Alejandro. Era el nuevo capataz, recomendado por un primo lejano. Alto, con piel bronceada por el sol mexicano y ojos negros que brillaban como obsidiana. Su camisa ajustada marcaba los músculos de sus brazos, y cuando caminaba, el polvo del corral se arremolinaba a sus pies como si la tierra lo reclamara. ¿Por qué me late el corazón así, como tambor en fiesta?, pensé mientras lo veía desde el balcón, sorbiendo un café humeante que olía a canela y tierra mojada.

—Señora Bianca —dijo acercándose, quitándose el sombrero vaquero con una sonrisa pícara—. Soy Alejandro Vargas. Encantado de servirle en esta belleza de lugar.

Su voz era grave, como el rumor de un arroyo en la noche, y sentí un cosquilleo en la piel, un calor que subía desde mi vientre. Le ofrecí un vaso de agua fresca del pozo, y al rozar sus dedos ásperos con los míos, suaves por las cremas francesas, una chispa saltó.

Esto es pasión prohibida, Bianca Santillana de Piamonte. No puedes dejarte llevar por un simple peón.
Pero mi cuerpo ya traicionaba mi mente.

Los días siguientes fueron un tormento dulce. Lo veía domar caballos en el corral, el sudor perlando su cuello, oliendo a hombre puro, a cuero y esfuerzo. Yo fingía inspeccionar las caballerizas, pero mis ojos devoraban su figura. Una tarde, mientras el sol se ponía tiñendo el cielo de rosas y naranjas, me acerqué.

—Alejandro, ¿cómo van los potrillos? —pregunté, mi voz un poco temblorosa.

Él se irguió, limpiándose el sudor con el dorso de la mano. —Están fieros, señora, pero yo los pongo en su lugar. Como a todo lo que se me resiste. —Sus ojos se clavaron en los míos, y juro que sentí su mirada como una caricia en mis pechos.

—Eres bueno en eso, ¿verdad? —respondí, mordiéndome el labio sin darme cuenta.

Se acercó un paso, el aroma de su piel invadiéndome: sal, tierra y un toque de tabaco. —Sí, señora. Muy bueno. ¿Quiere que le muestre?

Mi pulso se aceleró. ¡Virgen de Guadalupe, qué calor! Asentí, y él tomó mi mano, guiándome al potrillo. Sus dedos envolvieron los míos, firmes pero gentiles. El animal relinchó suave, y Alejandro susurró al oído: —Hay que hablarles con calma, como a una mujer que se enciende despacio.

Esa noche, en mi habitación con sábanas de lino fresco y velas de cera de abeja chispeando, no pude dormir. El viento traía el olor de los eucaliptos, y mi mente recreaba su toque. Me toqué bajo las faldas, imaginando sus manos callosas en mi piel, pero no era suficiente. La pasión prohibida Bianca Santillana de Piamonte ardía como tequila en la garganta.

Al día siguiente, Raúl partió de nuevo a la ciudad. Mandé a las criadas al mercado y esperé en el jardín, donde las buganvillas trepaban como amantes enredados. Alejandro apareció, como si lo hubiera invocado.

—Señora, ¿me necesitaba? —preguntó, su pecho subiendo y bajando bajo la camisa abierta.

—Sí, Alejandro. Te necesito a ti. —Las palabras salieron solas, roncas de deseo.

Él no dudó. Me tomó por la cintura, atrayéndome contra su cuerpo duro. Sus labios capturaron los míos en un beso que sabía a menta silvestre y hambre contenida. Gemí contra su boca, mis manos enredándose en su cabello negro y revuelto. —¡Ay, güey, qué rico besas! —murmuré, riendo bajito.

Nos ocultamos en el cobertizo de las herramientas, donde olía a heno seco y madera vieja. Me levantó contra la pared, mis piernas envolviéndolo. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando la falda de algodón fino. —Estás mojada ya, Bianca —gruñó, sus dedos rozando mi centro a través de la tela—. Tan caliente como el infierno de Piamonte.

—Tócame, por favor —supliqué, mi voz un jadeo. Él obedeció, deslizando la ropa interior y hundiendo dos dedos en mi humedad. El sonido era obsceno, chupeteo húmedo que me hacía arquear la espalda. Olía a mi propia excitación, almizcle dulce mezclado con su sudor.

Lo empujé al suelo, sobre una manta que saqué del establo. Le quité la camisa, lamiendo su pecho salado, mordisqueando sus pezones duros. Él rugió, un sonido animal que vibró en mi clítoris. —Eres una diosa, Bianca Santillana. Me traes loco, carnala.

Desabroché su pantalón, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de necesidad. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. —Qué chingona está —susurré, mirándolo a los ojos—. Quiero que me folles como nunca.

Alejandro me volteó, poniéndome de rodillas en el heno que pinchaba deliciosamente mi piel. Me penetró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Grité, el placer doliendo rico, mis paredes apretándolo. El ritmo fue salvaje: slap-slap de carne contra carne, sus bolas golpeando mi trasero. Sudábamos juntos, el aire espeso con nuestro olor, gemidos mezclándose con el canto de grillos lejanos.

—Más fuerte, pendejito —lo provoqué, empujando contra él—. Hazme tuya.

Me volteó de nuevo, cara a cara, para besarme mientras embestía. Nuestros ojos conectados, almas desnudas. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola desde los pies. —¡Me vengo, Alejandro! —grité, clavando uñas en su espalda.

Él se tensó, gruñendo mi nombre —Bianca, mi reina— y se derramó dentro de mí, caliente y abundante. Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí un cobija perfecta. El mundo se redujo a nuestros latidos sincronizados, el olor de sexo y tierra.

Después, en la quietud del atardecer, nos vestimos entre risas y besos suaves. —Esto no termina aquí —dijo él, acariciando mi mejilla—. Eres mi pasión prohibida, Bianca Santillana de Piamonte.

Regresé a la hacienda con piernas temblorosas, el semen de él goteando entre mis muslos, un secreto delicioso. Esa noche, sola en mi cama, sonreí al techo. Raúl volvería pronto, pero ya nada sería igual. Había despertado el fuego en mí, y lo alimentaría en secreto, en las sombras de Piamonte. Que se joda el mundo, pensé. Esta pasión es mía, consensual, ardiente, y nadie me la quitará.

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