Mazda Pasión Motors Revviendo el Deseo
Entré a Mazda Pasión Motors con el corazón latiéndome a mil por hora. Mi Mazda 3 rojo chillón traía un ruido raro en el motor, como si estuviera tosiendo, y yo no era de las que dejaba que su chulada se echara a perder. El taller estaba en una zona chida de la ciudad, con el olor a aceite fresco y goma quemada flotando en el aire caliente de la tarde mexicana. El sol pegaba duro en el estacionamiento, haciendo que el asfalto brillara como si estuviera sudando.
—Buenas tardes, ¿en qué le ayudo, preciosa? —me dijo el tipo de la recepción, un morro bien puesto con sonrisa de comercial de cerveza.
Pero mis ojos ya estaban clavados en el fondo, donde un vato enorme, con brazos tatuados y camiseta ajustada que marcaba cada músculo, se agachaba bajo el capó de un Miata. Ese era Javier, lo supe después. Su piel morena brillaba de sudor, y el trapo que se pasaba por la frente dejaba un rastro negro.
Órale, ¿qué pedo con este pendejo tan cañón? Me voy a poner cardíaca aquí nomás.
Le expliqué mi pedo al de recepción, pero mi mente estaba en otro lado. Javier levantó la vista, me vio de arriba abajo con esos ojos negros intensos, y se enderezó. Caminó hacia mí con esa seguridad de quien sabe que su cuerpo es un arma letal. El olor a hombre trabajado, a mecánico de verdad, me golpeó como una ola: sudor limpio, metal y un toque de colonia barata pero efectiva.
—Hola, soy Javier, el jefe de taller aquí en Mazda Pasión Motors. ¿Qué le pasa a tu fierro, mami?
Su voz era grave, ronca, como el rugido de un motor V6. Le conté del ruido, y él me sonrió con dientes perfectos. Tráelo para adentro, yo mismo lo veo. No te preocupes, aquí le damos amor a todos los Mazda.
Estacioné el carro en la bahía, y mientras él se ponía a revisar, yo me quedé viéndolo. Sus manos grandes, callosas, giraban llaves y tocaban cables con una delicadeza que me imaginaba en mi piel. El calor del taller me hacía sudar bajo la blusa ligera, y sentía mis pezones endureciéndose contra la tela.
Pinche Javier, si me sigues moviendo así las tripas, te juro que te subo al capó ahorita mismo.
—Ven, checa esto —me dijo, invitándome a asomarme al motor—. Tu Mazda tiene pasión, pero necesita un poco de aceite extra. Como tú y yo, ¿no?
Reí, nerviosa, y nuestras manos se rozaron al apuntar al mismo tubo. Electricidad pura. Su piel áspera contra la mía suave fue como un chispazo. Olía a él de cerca, intenso, masculino. Me miró fijo, y el mundo se achicó a nosotros dos en ese taller ruidoso de taladros y radios con cumbia rebajada.
La espera se hizo eterna. Me senté en una silla vieja, bebiendo un refresco helado que sabía a tamarindo dulce, mientras lo veía trabajar. Cada flexión de sus bíceps, cada gota de sudor resbalando por su cuello hasta perderse en el pecho... Estás loca, carnala, pero neta que este vato me prende como fogata en Día de Muertos. Él platicaba conmigo, contando anécdotas de carreras clandestinas en las afueras, de cómo los motores de Mazda eran los más pasionales, los que rugían con alma.
De pronto, apagó las luces del taller. Era tarde, los demás ya se habían pirado. Ya le di una revisada completa a tu carro, está como nuevo. Pero ¿sabes qué? Aquí en Mazda Pasión Motors, no solo arreglamos fierros... también encendemos pasiones.
Mi pulso se aceleró. Me paré, acercándome. Nuestros cuerpos casi se tocaban. Sentí su calor irradiando, el aroma de su excitación mezclándose con el del taller.
¿Esto va a pasar de verdad? Mi cuerpo grita sí, mi cabeza dice que soy una loca por un mecánico desconocido.
—Javier, ¿qué estás proponiendo, cabrón?
Me jaló por la cintura, sus manos firmes pero gentiles. Lo que tú quieras, reina. Pero te veo y siento que tu motor también necesita revivir. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento. Su boca sabía a menta y cerveza, áspera por la barba incipiente. Gemí contra él, mis manos explorando su espalda dura, sintiendo los músculos tensarse bajo mis uñas.
Me levantó como si no pesara nada y me sentó en el capó de mi Mazda. El metal estaba tibio del sol del día, vibrando levemente con el eco del taller. Desabotonó mi blusa con urgencia controlada, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sus labios bajaron por mi cuello, lamiendo el sudor salado, mordisqueando suave hasta llegar a mis pezones. Los chupó con hambre, succionando fuerte, haciendo que arquee la espalda y suelte un ¡ay, wey! de puro placer. El sonido de su boca húmeda, los jadeos míos, todo amplificado en el espacio vacío.
—Estás rica, pinche diosa —murmuró, mientras sus dedos bajaban mi falda. Olía a mi propia excitación, dulce y almizclada, mezclada con el cuero de los asientos cercanos. Deslicé mi mano por su pantalón, sintiendo su verga dura como barra de hierro, palpitando bajo la tela. La saqué, grande, venosa, con la punta brillando de pre-semen. La apreté, masturbándolo lento, oyendo sus gruñidos guturales que me ponían los vellos de punta.
Me abrió las piernas, besando el interior de mis muslos, su aliento caliente rozando mi clítoris hinchado. Te voy a comer hasta que grites mi nombre. Su lengua entró en acción, lamiendo con maestría, círculos perfectos, chupando mi jugo como si fuera el mejor pulque. Gemí alto, mis caderas moviéndose solas, agarrando su pelo negro revuelto. El sabor de mí en su boca cuando me besó después fue obsceno, delicioso.
—Fóllame ya, Javier, no aguanto —supliqué, voz ronca.
Me penetró de un solo empujón, llenándome por completo. Su grosor estirándome delicioso, el roce interno enviando chispas por mi espina. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida profunda haciendo que el capó crujiera. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, mis tetas rebotando con cada thrust. Sudábamos juntos, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí.
Esto es el cielo, carnal. Su verga me parte en dos y lo amo, cada vena, cada pulso.
Aceleró, sus manos apretando mis nalgas, levantándome para clavarse más hondo. Yo clavaba uñas en su espalda, dejando marcas rojas. El olor a sexo crudo, a semen y fluidos, impregnaba todo. Grité su nombre cuando el orgasmo me volteó los ojos, contrayéndome alrededor de él en olas violentas. Él rugió, corriéndose dentro, caliente, espeso, marcándome como suyo.
Nos quedamos jadeando, abrazados sobre el capó. Su peso sobre mí era perfecto, protector. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El taller olía a nosotros, a pasión consumada. Eres increíble, nena. Vuelve cuando quieras, aquí en Mazda Pasión Motors siempre hay lugar para más.
Me vestí con piernas temblorosas, el carro ronroneando suave cuando lo encendí. Salí a la noche fresca, con el sabor de él en la boca y el cuerpo zumbando de satisfacción.
Pinche Javier, me cambiaste el aceite del alma. Esto no termina aquí.Arranqué, el motor purring como nunca, y supe que regresaría pronto por más pasión mazda.