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La Pasion de Nuestro Senor Jesucristo Ciclo C

6767 palabras

La Pasion de Nuestro Senor Jesucristo Ciclo C

El aroma a palma bendita y copal flotaba en el aire de la iglesia de La Villa en la colonia Roma, un domingo de Ramos que prometía ser como cualquier otro. Pero para mí, Ana, de treinta y dos años, maestra de primaria con un cuerpo que todavía volteaba cabezas, ese día La Pasion de Nuestro Senor Jesucristo Ciclo C iba a marcar un antes y un después. Me acomodé en la banca de madera pulida, sintiendo la frescura contra mis muslos desnudos bajo la falda ligera de algodón. El sol de la tarde se colaba por los vitrales, tiñendo todo de rojos y dorados, como si el cielo mismo estuviera encendido de deseo.

Ahí estaba él, dos bancas adelante. Alto, moreno, con una camisa blanca que se le pegaba al pecho ancho por el calor húmedo de abril. Javier, como supe después, devoto de la Virgen pero con ojos que devoraban. Nuestras miradas se cruzaron cuando el sacerdote anunció la lectura: "La Pasion de Nuestro Senor Jesucristo Ciclo C, según San Lucas". Su voz grave retumbó, y mientras el lector narraba el sufrimiento del Señor, con flagelaciones y coronas de espinas, yo sentía un cosquilleo traicionero entre las piernas. ¿Cómo podía lo sagrado despertar esto? Mi mente divagaba: el sudor de Jesús en la cruz, el roce áspero de la madera... Neta, qué pendeja, pensé, apretando los muslos.

¿Por qué este wey me prende tanto? Sus hombros anchos, esa nuca fuerte... Quiero lamerle el sudor, sentirlo clavarse en mí como las púas en la frente del Señor.

La congregación gemía en responsorios, "¡Crucificádmelo!", y yo solo atinaba a imaginar gemidos de placer. Javier volteó de nuevo, sus ojos cafés profundos clavándose en los míos. Sonrió de lado, chueco, como diciendo "Yo también lo siento". El incienso me mareaba, espeso, mezclándose con mi propio olor a excitación que empezaba a humedecer mis panties de encaje.

Al final de la misa, cuando todos salían con sus palmas trenzadas, me quedé rezagada fingiendo arreglar mi rebozo. Él se acercó, oliendo a jabón y hombre. "Buenas tardes, señorita. ¿Viene seguido? Soy Javier, de aquí cerquita, en Cuauhtémoc."

"Ana", respondí, voz ronca, extendiendo la mano. Su palma era callosa, cálida, y el roce envió chispas por mi espina. "Sí, vengo por la Virgen. Hoy con La Pasion de Nuestro Senor Jesucristo Ciclo C... impactante, ¿no?"

Rió bajito, sonido grave que vibró en mi pecho. "Impactante es poco. Despierta cosas... profundas." Caminamos juntos hacia la salida, el bullicio de la gente, risas y vendedores de elotes asados. Afuera, el sol picaba, pero su sombra sobre mí era deliciosa. "Oye, ¿tomas un café? Hay un cafecito chido en la esquina."

No lo pensé. "¡Claro, wey!"

En el café, mesas de metal bajo toldos rayados, pedimos espressos negros y humeantes. Hablamos de todo: de la iglesia, de cómo el calor de Semana Santa nos pone locos, de trabajos –él constructor, brazos fuertes de cargar varillas–. Su rodilla rozó la mía bajo la mesa, intencional. Sentí el calor subir, mis pezones endureciéndose contra el bra de push-up. Quiere cogerme, pensé, y el pulso se me aceleró como tambores de procesión.

"¿Sabes qué me prende de la Pasión?", dijo, ojos fijos en mis labios. "Esa entrega total, el cuerpo entregándose al dolor... pero también al éxtasis."

Tragué saliva, el café amargo en la lengua. "Yo también lo siento así. Como si el Señor nos invitara a sentirlo todo al límite."

Su mano cubrió la mía. "Vamos a mi depa, está cerca. Solo para seguir platicando."

Sí, pendeja, sigue platicando con la verga adentro, me dije, riendo por dentro.

Acto dos: su departamento en un edificio viejo pero limpio, con balcón a la calle ruidosa de autos y chilangos gritando. Cerró la puerta y ya estaba sobre mí, besándome con hambre, lengua invadiendo mi boca como un evangelio prohibido. Sabía a café y menta, manos grandes amasando mis nalgas por encima de la falda. "¡Ay, muñeca, qué rica estás!", gruñó, mordisqueándome el cuello. Olía a su sudor fresco, masculino, mezclado con mi perfume de gardenias.

Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras de la cruz. Los chupó, succionando fuerte, y yo gemí alto, arqueándome. "¡Javier, cabrón, no pares!" Mis manos bajaron a su pantalón, sintiendo la verga tiesa, gruesa, latiendo bajo la tela. La saqué, piel aterciopelada sobre acero, venosa, goteando precúm salado que lamí de la punta. Él jadeó, "¡Neta, qué chida chupas, Ana!"

Caímos en la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio. Me abrió las piernas, skirt arremangada, panties a un lado. Su aliento caliente en mi concha depilada, labios hinchados de deseo. Lamidas lentas, lengua girando en el clítoris, dedos hundiéndose en mi humedad resbalosa. Olía a sexo puro, almizcle nuestro, y sonaba mi coño chupeteando. Esto es la verdadera pasión, Señor, no la de tu ciclo C, pensé en éxtasis, caderas moviéndose solas.

Me volteó boca abajo, nalgueándome suave, "¡Qué culazo, para perderme!" Entró de perrito, verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estirón ardía rico, paredes vaginales apretándolo. Embestidas lentas primero, piel chocando piel con palmadas húmedas, luego rápidas, salvajes. Sudábamos, cuerpos resbalosos, sus bolas golpeando mi clítoris. "¡Más duro, amor, rómpeme como a la cruz!", supliqué, uñas clavadas en las sábanas.

Siento su pasión, su entrega, como la de Nuestro Señor pero carnal, viva, palpitante. Cada embestida es un latido divino.

Lo monté después, yo arriba, controlando el ritmo. Sus manos en mis tetas rebotando, yo cabalgando esa pija gloriosa, pelo suelto azotando su pecho. Gemidos nuestros mezclados con el tráfico lejano, claxonazos como aplausos. El orgasmo me vino en olas, concha contrayéndose, chorros calientes mojándolo todo. Él rugió, "¡Me vengo, Ana!", y llenó mi interior de leche espesa, caliente, desbordando por mis muslos.

Acto tres: afterglow enredados, piel pegajosa, respiraciones calmándose. Su cabeza en mi pecho, dedo trazando mis curvas. "Eso fue... la pasión más santa que he sentido", murmuró, besándome la frente.

Reí suave, oliendo nuestro amor en las sábanas. "Mejor que cualquier La Pasion de Nuestro Senor Jesucristo Ciclo C. Pero con entrega total."

Nos quedamos así hasta el atardecer, naranjas colándose por la ventana. Sabía que volveríamos, que esta pasión litúrgica se repetiría en ciclos nuestros, eternos. Afuera, la ciudad bullía, pero adentro, paz carnal, cierre bendito.

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