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Contaré Que Es Amor Juraré Que Es Pasión

6984 palabras

Contaré Que Es Amor Juraré Que Es Pasión

La noche en la azotea de ese departamento en la Roma estaba viva, con el pulso de la ciudad latiendo debajo como un corazón acelerado. Luces de neón parpadeaban a lo lejos, mezclándose con el humo de los cigarros y el aroma dulce del mezcal que flotaba en el aire cálido. Yo, Ana, con mi vestido negro ceñido que se pegaba a mi piel sudada por el calor de julio, observaba a ese tipo desde el otro lado de la multitud. Se llamaba Diego, lo supe porque una amiga me lo presentó con una risita pícara: "Es un chingón en lo que hace, pero en la cama, ni te cuento". Sus ojos oscuros me atraparon de inmediato, como si ya supiera el secreto que mi cuerpo guardaba esa noche.

Me acerqué con una cerveza en la mano, el vidrio frío condensándose contra mi palma. ¿Qué onda, güey? ¿Vienes seguido a estas pedas? le dije, fingiendo desinterés mientras mi pulso se aceleraba. Él sonrió, esa sonrisa lobuna que hacía que su mandíbula se tensara, y el olor de su colonia, algo amaderado y picante, me golpeó como una ola. Solo cuando hay algo que valga la pena, como tú, respondió, su voz grave rozándome la piel del cuello. Hablamos de tonterías: el pinche tráfico de la Reforma, las mejores taquerías de la Condesa, pero debajo de cada palabra había un fuego encendido. Sus dedos rozaron mi brazo al pasarme el mezcal, y sentí un escalofrío que me bajó hasta las ingles, haciendo que mi panocha se contrajera involuntariamente.

La música ranchera retumbaba desde los altavoces, un mariachi moderno que hacía vibrar el piso bajo mis tacones. Bailamos, pegados, su pecho duro contra mis tetas, el sudor de su camisa filtrándose a la mía. ¿Por qué carajos me excita tanto este pendejo? pensé, mientras su mano bajaba a mi cintura, apretando justo donde la curva de mi cadera empezaba. Olía a él: salado, masculino, con un toque de tequila en su aliento cuando se inclinó para susurrarme al oído. Ven, vamos a un lado más tranquilo. No lo dudé. Bajamos las escaleras en espiral, el eco de la fiesta desvaneciéndose, hasta su cuarto en el piso de abajo. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo se redujo a nosotros dos.

Contaré que es amor, juraré que es pasión, se me cruzó por la mente como un verso de una canción de José Alfredo, pero torcido por el deseo que me quemaba por dentro.

La habitación estaba bañada en luz tenue de una lámpara de sal rosada, el aire cargado de incienso y el leve aroma a sábanas limpias. Diego me empujó contra la pared con gentileza, sus labios encontrando los míos en un beso que empezó lento, explorando, y luego se volvió hambriento. Su lengua sabía a mezcal ahumado, dulce y áspera, invadiendo mi boca mientras sus manos subían por mis muslos, arrugando el vestido. Gemí bajito, el sonido ahogado contra su garganta, y sentí su verga endureciéndose contra mi vientre. Chingado, qué dura está, pensé, mi mano bajando instintivamente para apretarla a través del pantalón. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi pecho.

Desnúdate para mí, Ana, murmuró, sus ojos fijos en los míos, oscuros como pozos de obsidiana. Me quité el vestido con lentitud, dejando que cayera al suelo como una promesa rota. Quedé en tanga negra y sostén de encaje, mi piel erizada por el aire fresco y su mirada devoradora. Él se desvistió rápido, su cuerpo atlético brillando bajo la luz: pectorales marcados por horas en el gym, abdomen plano, y esa verga tiesa, venosa, apuntando hacia mí como una flecha. Olía a sudor limpio, a hombre listo para chinguar con todo.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, y caímos sobre la cama king size, las sábanas de algodón egipcio susurrando bajo nosotros. Sus labios bajaron por mi cuello, mordisqueando la clavícula, dejando rastros húmedos que se enfriaban al instante. Lamía mis tetas, chupando un pezón hasta ponérmelo duro como piedra, mientras su mano se colaba entre mis piernas. Estoy empapada, pinche mojada como nunca, admití para mí misma cuando sus dedos rozaron mi clítoris hinchado a través de la tela. Estás chorreando, preciosa, dijo con voz ronca, quitándome la tanga de un jalón. El aire tocó mi concha expuesta, caliente y palpitante, y él se arrodilló entre mis muslos.

Su lengua fue un incendio: plana y ancha primero, lamiendo desde el ano hasta el botón, saboreando mis jugos salados y dulces. Gemí fuerte, arqueando la espalda, mis uñas clavándose en su cabello negro revuelto. ¡Sí, así, cabrón! No pares le supliqué, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Él succionaba mi clítoris con maestría, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis jadeos entrecortados, su respiración pesada. Olía a sexo puro, a mi excitación mezclada con su saliva.

Lo empujé hacia arriba, queriendo más. Cógeme ya, Diego. Quiero sentirte adentro. Él se posicionó, la cabeza de su verga rozando mi entrada, untándose con mis fluidos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Es enorme, me llena como nadie, pensé mientras lo envolvía con mis paredes, apretándolo. Empezó a moverse, primero suave, rodando las caderas para frotar cada rincón, luego más fuerte, embistiéndome con golpes profundos que hacían rebotar la cama. Mis tetas saltaban con cada choque, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. Sudábamos juntos, piel resbaladiza contra piel, el slap-slap de carne contra carne llenando la habitación.

La tensión crecía como una tormenta, mis músculos tensándose, el orgasmo acechando. Él aceleró, su aliento caliente en mi oreja: Vente conmigo, Ana. Déjate ir. Lo hice explotar primero, su verga hinchándose dentro de mí, chorros calientes inundándome mientras rugía mi nombre. Eso me llevó al borde: un tsunami de placer me recorrió, contracciones violentas ordeñando su polla, mi grito ahogando el suyo. Vi flashes blancos, olí nuestro clímax mezclado, probé el sudor en sus labios cuando lo besé con furia.

Quedamos jadeando, enredados, su peso reconfortante sobre mí. El aire olía a semen y sudor, a nosotros. Besó mi frente, suave ahora, y rodó a un lado, atrayéndome a su pecho. Escuché su corazón galopando, calmándose poco a poco, al ritmo del mío. ¿Qué fue eso? pregunté riendo bajito, mi mano trazando círculos en su abdomen pegajoso.

Contaré que es amor juraré que es pasión, murmuró él, citando no sé qué verso, pero encajaba perfecto. Yo asentí, saboreando el afterglow, esa paz profunda después del fuego. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero aquí, en esta cama deshecha, habíamos encontrado algo real. Me acurruqué contra él, el olor de su piel calmándome, sabiendo que esta noche no era el fin, sino el comienzo de más pasiones por jurar.

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