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Reavivando la Pasion en el Matrimonio

6474 palabras

Reavivando la Pasion en el Matrimonio

Era una noche calurosa en la casa de la colonia Roma, con el aroma de las gardenias del jardín colándose por las ventanas abiertas. Ana, con sus treinta y cinco años, se miró en el espejo del baño mientras se quitaba el maquillaje del día. Su piel morena brillaba bajo la luz tenue, y sus curvas, que tanto le gustaban a Carlos al principio de su matrimonio, ahora parecían olvidadas en la rutina diaria. Diez años juntos, dos chamacos ya grandecitos, y la pasión en el matrimonio se había convertido en un recuerdo lejano, como esas fotos de la luna de miel en Cancún.

¿Dónde quedó ese fuego, carnal? pensó Ana, mientras se ponía un camisón de encaje negro que había comprado en secreto semanas atrás. El tejido rozaba su piel como una caricia prohibida, despertando un cosquilleo en sus pezones que se endurecieron al instante. Carlos estaba en la sala, recargado en el sofá con una cerveza en la mano, viendo el partido de las Águilas. Su camisa desabotonada dejaba ver el pecho velludo que ella solía recorrer con las uñas en las noches locas de juventud.

Ana salió del baño con pasos felinos, el corazón latiéndole fuerte como tamborazo zacatecano. Se paró frente a él, bloqueando la tele, y con una sonrisa pícara dijo:

¡Órale, mi rey! ¿Ya te olvidaste de tu mujer o qué?
Carlos levantó la vista, sorprendido, y sus ojos se clavaron en el escote profundo del camisón. El sudor de la noche hacía que su piel oliera a vainilla y deseo reprimido.

Él dejó la cerveza en la mesita, con una risita ronca. Neta, esta morra sigue siendo un bombón, pensó Carlos, sintiendo cómo su verga empezaba a despertar bajo los jeans. Ana se sentó a horcajadas sobre sus piernas, el calor de su concha rozando la tela áspera. La pasión en el matrimonio necesitaba un chispazo, y ella iba a ser la chispa.

En el principio, todo era tan intenso. Recordaba la primera vez que se besaron en el tianguis de Coyoacán, con el olor a elotes asados y churros fritos en el aire. Sus manos exploraban sin prisa, el pulso acelerado como en una persecución de polis. Pero la vida los había alcanzado: trabajos, hipoteca, los niños pidiendo tacos de suadero a medianoche. Ahora, Ana sentía un vacío que solo él podía llenar.

Carlos la tomó por la cintura, sus palmas callosas —fruto de años en la construcción— apretando la carne suave.

Mamacita, ¿qué traes puesto? Estás pa'l desmadre
, murmuró, su aliento a cerveza y tabaco envolviéndola como una niebla caliente. Ana se inclinó, rozando sus labios con los de él, un beso ligero que prometía tormentas. Sus lenguas se encontraron, saboreando el salado de la piel, el dulce de la saliva mezclada. Ella gimió bajito, sintiendo cómo su humedad crecía, empapando el encaje.

La tensión subía como el vapor de un comal caliente. Carlos deslizó las manos por sus muslos, subiendo hasta el borde del camisón. Ana arqueó la espalda, el roce de sus dedos enviando descargas eléctricas directo a su clítoris. ¡Ay, wey, cuánto lo necesitaba! Su mente era un remolino de recuerdos: noches en moteles de la carretera a Puebla, follando hasta el amanecer con el sonido de los traileros de fondo. Ahora, en su propia casa, quería recuperar eso.

Él la levantó como si no pesara nada, cargándola al cuarto conyugal. La cama king size crujió bajo su peso cuando la depositó, el colchón hundiéndose como una promesa. Ana se quitó el camisón de un jalón, quedando desnuda, sus tetas firmes balanceándose, el vello púbico negro contrastando con la piel canela. Carlos se desvistió rápido, su verga erecta saltando libre, venosa y gruesa, oliendo a hombre puro.

Ven, mi chulo, fóllame como en los viejos tiempos
, suplicó ella, abriendo las piernas. Él se arrodilló entre ellas, besando su ombligo, bajando por el monte de Venus. El aroma almizclado de su arousal lo enloqueció; lamió despacio, saboreando el néctar salado-dulce que brotaba de ella. Ana jadeaba, sus uñas clavándose en las sábanas, el sonido de su lengua chupando ecoando en la habitación. ¡Qué rico, pinche lengua mágica!

La intensidad crecía. Carlos metió dos dedos gruesos en su concha resbalosa, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar. Ella se retorcía, los músculos contraídos, el sudor perlando su frente. La pasión en el matrimonio renacía con cada embestida digital, cada lamida experta. Ana lo jaló del pelo, guiándolo más profundo, su voz ronca:

¡Más, cabrón, no pares!

Pero no quería acabar así. Lo empujó boca arriba, montándolo como una amazona. Su verga entró de un solo golpe, llenándola hasta el fondo, el estiramiento delicioso quemando como chile piquín. Ana cabalgaba con furia, sus caderas girando, el slap-slap de carne contra carne mezclado con gemidos guturales. Carlos la amasaba las nalgas, azotando suave, el picor avivando el fuego. Esta morrita me va a matar de placer, pensó él, viendo cómo sus tetas rebotaban, los pezones duros como piedras de obsidiana.

El clímax se acercaba como tormenta de verano. Ana aceleró, su clítoris frotándose contra el hueso púbico de él, chispas de éxtasis recorriéndole la espina. Carlos gruñó, sus bolas tensas, listo para explotar.

¡Me vengo, mi amor!
Ella se vino primero, un grito ahogado rompiendo el silencio, su concha convulsionando, ordeñando su verga. Él la siguió, chorros calientes inundándola, el semen goteando por sus muslos.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, el aire cargado de olor a sexo crudo: sudor, semen, jugos femeninos. Ana se acurrucó en su pecho, escuchando el latido errático de su corazón, el rise and fall de su respiración. Carlos le besó la frente, sus dedos trazando círculos perezosos en su espalda.

Esto es lo que éramos, y lo que seremos, reflexionó ella, un calor suave expandiéndose en su pecho. La rutina volvería, pero ahora sabían que la pasión en el matrimonio solo dormía, esperando el próximo chispazo. Mañana, quizás en la cocina mientras preparaban los chilaquiles, o en el coche camino al súper. El deseo era un río subterráneo en México, siempre listo para desbordarse.

Se durmieron así, entrelazados, con la luna filtrándose por las cortinas, prometiendo más noches de fuego.

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