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La Pasión Ardiente de Cristo en Iztapalapa

6761 palabras

La Pasión Ardiente de Cristo en Iztapalapa

El sol de Viernes Santo caía a plomo sobre las calles de Iztapalapa, convirtiendo el asfalto en una plancha caliente que subía el calor hasta los huesos. Yo, Ana, había venido como cada año a ver La Pasión de Cristo en Iztapalapa, esa representación que llenaba las colonias de drama y fe, con miles de cuerpos apretujados, sudando bajo el peso de las cruces falsas y los mantos morados. El aire olía a incienso quemado, a sudor fresco y a esas tamales de elote que vendían en los puestos improvisados. El ruido era ensordecedor: tambores retumbando como corazones acelerados, vítores de la multitud y lamentos fingidos de los actores que cargaban a Jesús por la calzada.

Me abrí paso entre la gente, mi blusa blanca pegándose a la piel por el bochorno. Llevaba una falda ligera, de algodón fresco, que rozaba mis muslos con cada paso. De repente, lo vi. Alto, moreno, con el torso desnudo brillando bajo el sol porque participaba como uno de los romanos. Sus músculos se contraían al jalar las cuerdas de la cruz, y sus ojos, negros como la noche de Tlatelolco, se cruzaron con los míos. ¿Qué carajos?, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no tenía nada que ver con la religión. Él sonrió, una sonrisa pícara, de esas que dicen "te vi y ya me late".

Cuando la procesión avanzó, él se soltó del grupo y se acercó, jadeante, con el pecho subiendo y bajando. "Qué calor de la chingada, ¿verdad, morra? Soy Marco", dijo, extendiendo una mano callosa, marcada por el trabajo rudo. Su voz era grave, como el trueno que anuncia tormenta. Le di la mano y sentí su piel áspera contra la mía, un roce eléctrico que me erizó la nuca. "Ana. Y sí, este sol nos está cocinando vivos". Reímos, y en ese momento, un grito de la multitud nos empujó más cerca, su cuerpo duro presionando el mío por un segundo. Olía a hombre puro: salado, terroso, con un toque de colonia barata que me mareaba.

La procesión seguía su curso, Jesús cayendo por tercera vez ante los flashes de los celulares. Nosotros nos quedamos rezagados, hablando de tonterías. "Vengo todos los años", le conté, "pero nunca había visto a un centurión tan guapo". Él se carcajeó, "Órale, qué directa, güey. Tú tampoco estás tan mal, con esa falda que deja ver tus piernitas prietas". Sus palabras me encendieron, un calor que subía desde el vientre. Caminamos juntos, rozándonos los brazos, mientras el incienso nos envolvía como un velo sensual.

En el medio de la calle, donde la multitud se abría un poco, Marco me tomó de la mano y me jaló hacia un callejón angosto, flanqueado por casas pintadas de colores vivos. "Ven, aquí hay menos gente", murmuró. Mi corazón latía fuerte, como los tambores lejanos.

¿Qué estoy haciendo? Esto es La Pasión de Cristo en Iztapalapa, no un antro. Pero su mirada... ay, cabrón, su mirada me promete pecados deliciosos.
Nos detuvimos bajo un toldo improvisado, el ruido de la procesión como fondo perfecto para nuestra propia pasión.

Sus labios cayeron sobre los míos como una sentencia divina. Sabían a sal del sudor y a chicle de menta, un contraste que me hizo gemir bajito. Sus manos, grandes y seguras, subieron por mi espalda, desabrochando el sostén con maestría de pendejo experimentado. "Te quiero, Ana, desde que te vi entre la bola", susurró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Yo arqueé la espalda, presionando mis pechos contra su torso desnudo, sintiendo los vellos duros rozando mis pezones ya erectos. El aire caliente nos envolvía, y el olor a su excitación –muskoso, animal– me inundaba las fosas nasales.

Le bajé los pantalones de gladiador, revelando su verga tiesa, gruesa, palpitando al aire libre. ¡Madre santa, qué pingota! La tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre hierro, y él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. "Chúpamela, morra rica", pidió, y yo me arrodillé, el concreto raspando mis rodillas pero sin importarme. La introduje en mi boca, saboreando el precum salado, lamiendo la vena que latía como un río de lava. Él enredó sus dedos en mi pelo, guiándome con gentileza, jadeando "¡Sí, así, qué chingona!". El sabor me volvía loca, mezclado con el polvo de la calle y el eco de los cantos religiosos.

No aguanté más. Me puse de pie, me quité la falda y las tangas de un jalón, exponiendo mi concha húmeda, reluciente bajo la luz mortecina. "Cógeme, Marco, hazme tuya aquí mismo". Él me levantó contra la pared, mis piernas envolviéndolo como enredaderas. Su verga entró despacio, abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Grité, un sonido ahogado por su boca, mientras él embestía, el slap-slap de piel contra piel compitiendo con los latidos de la procesión. Sentía cada vena rozando mis paredes, el roce de su pubis contra mi clítoris, el sudor chorreando entre nosotros como aceite bendito.

La tensión crecía con cada thrust, mis uñas clavándose en su espalda, dejando surcos rojos que él amaba. Esto es mejor que cualquier sermón, pensé, mientras el orgasmo se acumulaba como una tormenta. Él aceleró, susurrando guarradas al oído: "Tu panocha es de fuego, Ana, me aprietas como virgen santa". Yo respondí con la pelvis, cabalgándolo desde mi posición, sintiendo el clímax acercándose en oleadas. El mundo se redujo a eso: su olor, su sabor, el tacto resbaloso, los gemidos compartidos.

Explotamos juntos. Mi coño se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, mientras chorros calientes me inundaban por dentro. Grité su nombre, él el mío, y el callejón se llenó de nuestro clímax, como si La Pasión de Cristo en Iztapalapa nos hubiera bendecido con su propia versión carnal. Nos quedamos pegados, temblando, el sudor enfriándose en la piel, el incienso lejano mezclándose con nuestro aroma a sexo.

Después, nos vestimos riendo bajito, como dos conspiradores. "Esto fue lo mejor de la Semana Santa", dijo él, besándome la frente. Yo asentí, sintiendo una paz profunda, como si hubiéramos exorcizado demonios con placer puro. La procesión terminaba a lo lejos, con aplausos y lágrimas devotas. Nosotros salimos del callejón tomados de la mano, el sol poniéndose en un cielo rojo sangre.

Caminamos entre la gente dispersándose, compartiendo miradas cómplices.

La Pasión de Cristo en Iztapalapa no solo es sufrimiento y redención. También es esto: cuerpos uniéndose en éxtasis, bajo el mismo sol que vio al Hijo de Dios.
Marco me dio su número garabateado en un boleto de lotería. "Llámame, morra. Para la próxima pasión". Sonreí, sabiendo que lo haría. El calor del día se desvanecía, pero el fuego en mí ardía eterno.

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