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La Protagonista del Abismo de Pasion

6455 palabras

La Protagonista del Abismo de Pasion

En las luces parpadeantes de un antro en Polanco, México City bullía de vida nocturna. Yo, Ana, la protagonista de abismo de pasion que siempre había sentido en mis venas, me movía entre la multitud con un vestido rojo ceñido que rozaba mi piel como una promesa. El aire estaba cargado de reggaetón retumbante, sudor mezclado con perfumes caros y el dulzor del tequila reposado que acababa de bajar por mi garganta. Mis ojos escanearon la pista hasta que lo vi: alto, moreno, con una sonrisa que prometía pecados deliciosos. Se llamaba Diego, un arquitecto chido que olía a colonia fresca y a mar, aunque estuviéramos en pleno DF.

Órale, mamacita, ¿bailas o qué? —me dijo acercándose, su voz grave cortando el ruido como un cuchillo caliente.

Mi corazón dio un brinco. Neta, desde el primer vistazo supe que esta noche iba a ser la que me hundiría en ese abismo. Le sonreí, juguetona, y le tomé la mano. Sus dedos eran fuertes, callosos por el trabajo, y el roce envió chispas por mi espina dorsal. Bailamos pegaditos, su cuerpo duro presionando contra el mío, el calor de su pecho filtrándose a través de mi vestido. Podía oler su aliento a menta y licor, sentir el latido acelerado de su corazón contra mis tetas.

¿Por qué carajos me siento así? Como si este wey fuera el detonador de todo lo que he reprimido
, pensé mientras mis caderas se mecían al ritmo, rozando su verga que ya se ponía dura contra mí.

La tensión crecía con cada giro. Sus manos bajaron a mi cintura, luego a mis nalgas, apretando con esa mezcla de ternura y hambre que me ponía los vellos de punta. Yo no era de las que se rajan; le mordí el lóbulo de la oreja, susurrándole:

—No seas pendejo, Diego, llévame a algún lado donde podamos sudar de verdad.

Salimos del antro tomados de la mano, el aire fresco de la noche golpeándonos como una caricia inesperada. Tomamos un taxi hasta su depa en la Roma, un lugar elegante con vistas al skyline. En el elevador, no aguantamos más: nos besamos con furia, lenguas enredadas, sabor a tequila y deseo puro. Sus manos subieron por mis muslos, arrancándome un gemido que resonó en el metal frío.

Adentro, la puerta apenas se cerró y ya me tenía contra la pared. Me quitó el vestido de un jalón, exponiendo mi piel al aire acondicionado que erizaba mis pezones. Qué chingón se ve, pensé, admirando su torso definido, el vello oscuro bajando hasta donde su pantalón lo contenía. Yo le desabroché el cinturón con dedos temblorosos de anticipación, sintiendo el bulto palpitante que liberé. Era grande, grueso, con una vena que latía como mi pulso.

Te quiero ya, Ana, pero neta, dime si estás lista para esto —murmuró, sus ojos oscuros clavados en los míos, pidiendo consentimiento con esa mirada que me derretía.

Sí, cabrón, métemela toda —respondí, jalándolo hacia la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca.

Nos tumbamos, piel contra piel, el contraste de su calor contra mi frescura era eléctrico. Empecé lamiendo su cuello, bajando por su pecho, saboreando el salado de su sudor mezclado con su colonia. Él gemía bajito, "¡Qué rico, wey!", mientras sus dedos se enredaban en mi cabello. Bajé más, hasta tomar su verga en mi boca: caliente, suave al principio, endureciéndose con cada chupada. El sabor era almizclado, puro hombre, y el sonido de sus jadeos me empapaba entre las piernas.

Diego no se quedó atrás. Me volteó, separó mis muslos con gentileza feroz y hundió la cara en mi coño. Su lengua era mágica, lamiendo mi clítoris con círculos perfectos, chupando mis labios hinchados. Olía a mi propia excitación, dulce y salada, mientras sus dedos entraban y salían, curvándose justo en ese punto que me hacía arquear la espalda.

¡Madre santa, este wey sabe lo que hace! Me está llevando al abismo sin piedad
. Grité su nombre, mis uñas clavándose en sus hombros, el placer subiendo como una ola imparable.

La intensidad escalaba. Me puso a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo nosotros. Sentí la punta de su verga rozando mi entrada, húmeda y lista. Empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. "¡Ay, qué chafa no, qué rico!" —exclamé, mientras él llenaba cada rincón de mí. El sonido de piel chocando contra piel llenó la habitación, slap-slap rítmico, mezclado con nuestros gemidos roncos. Sudábamos a chorros, el olor a sexo impregnando el aire, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida profunda.

Cambiaba de posición como un experto: me sentó en su regazo, mis tetas rebotando frente a su cara mientras cabalgaba. Podía sentir cada vena de su pija pulsando dentro de mí, mis paredes contrayéndose alrededor. Él chupaba mis pezones, mordisqueando lo justo para doler rico, sus manos amasando mis nalgas.

Esto es el abismo, el puto paraíso del que no quiero salir nunca
. La tensión psicológica se mezclaba con la física: recordaba mi vida monótona, el ex que nunca me tocó así, y ahora este desconocido me hacía sentir viva, poderosa, dueña de mi placer.

Voy a venirme, Diego, no pares —supliqué, mi voz quebrada.

Yo también, nena, juntos —gruñó, acelerando, sus caderas chocando con fuerza brutal pero consentida.

El clímax nos golpeó como un terremoto. Mi coño se apretó en espasmos, olas de placer recorriendo cada nervio, gritando hasta quedarme ronca. Él se corrió dentro, caliente y abundante, su cuerpo temblando contra el mío. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor, el corazón latiendo al unísono.

En el afterglow, nos quedamos abrazados, el ventilador zumbando suave sobre nosotros. Su dedo trazaba círculos en mi espalda, el aroma de nuestros fluidos mezclándose con el de la ciudad que entraba por la ventana abierta. Qué paz, wey, pensé, besando su pecho.

Eres increíble, Ana. La protagonista perfecta de este abismo de pasión —dijo él, riendo bajito.

Yo sonreí, sabiendo que esto no era el fin, solo el comienzo de algo que me había despertado. Mañana sería otro día, pero esta noche, en sus brazos, era reina de mi propio abismo. El sol empezaba a filtrarse, tiñendo todo de dorado, y nos dormimos así, satisfechos, conectados en el silencio post-orgásmico.

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