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Pasión Según San Juan Bach

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Pasión Según San Juan Bach

La noche en mi depa de la Condesa caía como un manto suave, con esa lluvia ligera que tamborilea en las ventanas y huele a tierra mojada mezclada con el aroma de las jacarandas. Tenía el tocadiscos listo, el vinilo de Pasión según San Juan Bach girando lento, y el primer coro ya me erizaba la piel. Bach siempre me ha puesto en órale, neta, esa música tan intensa, con sus violines que suben y bajan como un jadeo ahogado, me hace sentir viva, deseosa. Me serví un copita de vino tinto, ese cabernet que sabe a moras maduras y un toque picante, y me recargué en el sillón de terciopelo rojo, con mi blusita suelta que deja ver el encaje de mi brasier.

Ahí fue cuando sonó el timbre. Era él, Juan, mi chulo de ojos cafés profundos y sonrisa pícara que me deshace. Lo había invitado porque quería compartirle esta pasión mía por Bach, esa Pasión según San Juan Bach que me transporta a otro mundo. “Pásale, wey”, le dije abriendo la puerta, y su olor a colonia fresca con un fondo de sudor varonil me golpeó de lleno. Traía una chamarra de cuero gastada que le marcaba los hombros anchos, y unos jeans que se pegaban justo donde debían.

Se quitó los zapatos embarrados de lluvia y entró, besándome el cuello de una, pinche travieso. “¿Qué es esta rola tan chida?”, preguntó mientras se acercaba al tocadiscos, su mano rozando mi cintura. “Pasión según San Juan Bach, carnal. Siéntate y déjate llevar”, le respondí, guiándolo al sillón. Nos sentamos pegaditos, piernas entrelazadas, y le di su copa. El vino se deslizó por mi garganta, cálido, mientras los coros latinos subían, esa voz de tenor que suena como un lamento erótico, lleno de anhelo.

¿Por qué esta música me prende tanto? Es como si Bach supiera del fuego que llevo adentro, ese que Juan aviva con solo mirarme.

Al principio platicamos de tonterías, de cómo la ciudad se ve chingona con lluvia, de antojos de tacos al pastor. Pero la música nos iba envolviendo, los violines arañando el aire como uñas en la espalda. Su mano subió por mi muslo, lento, explorando la piel bajo la falda. Sentí el calor de sus dedos, ásperos del trabajo en la constructora, contrastando con mi suavidad. “Estás rica esta noche, Ana”, murmuró, su aliento caliente en mi oreja, oliendo a menta y deseo. Me volteé y lo besé, labios suaves al principio, luego hambrientos, lenguas danzando al ritmo de los arpegios de Bach.

La tensión crecía con cada acorde. Me recargué en él, sintiendo su pecho firme subir y bajar rápido. Sus manos desabrocharon mi blusa, botón por botón, revelando mis chichis que ya estaban duras como piedras bajo el encaje. “Qué tetas tan perfectas, pendeja”, dijo juguetón, y yo reí bajito, arqueándome para que las lamiera. Su lengua, húmeda y caliente, trazó círculos en mis pezones, un sabor salado a mi piel mezclado con el vino que aún tenía en la boca. Gemí suave, el sonido perdido en el coro que estallaba: “Herr, unser Herrscher”, poderoso, como mi pulso acelerado.

Lo empujé al sillón y me subí a horcajadas, frotándome contra su verga que ya se sentía dura como fierro bajo los jeans. “Quítatelos, cabrón”, le ordené, y él obedeció riendo, bajándose todo de un jalón. Su pito saltó libre, grueso, venoso, con esa gotita de precum brillando en la punta. Lo tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, y lo apreté suave, sintiendo cómo latía. Él gruñó, manos en mis nalgas, amasándolas fuerte, dedos hundiéndose en la carne suave.

Neta, esta Pasión según San Juan Bach es como un afrodisíaco, cada nota me moja más, me hace querer devorarlo entero.

Me bajé despacio, besando su pecho velludo que huele a jabón y hombre, lamiendo el surco de sus abdominales hasta llegar ahí. Abrí la boca y lo tragué, centímetro a centímetro, saboreando el gusto salado y almizclado, mi lengua girando alrededor del glande. Él jadeó, “¡Órale, Ana, qué chida chupas!”, sus caderas subiendo instintivo. Chupé más profundo, garganta relajada, saliva chorreando, mientras la música subía a un recitativo furioso, violas temblando como mis muslos.

No aguanté más. Me paré, me quité la falda y las calzones de un tiro, mi panocha ya empapada, labios hinchados brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Él me miró con hambre, “Ven acá, mi reina”. Me tendí en el sillón y abrí las piernas, invitándolo. Se arrodilló y hundió la cara entre mis piernas, nariz rozando mi clítoris, lengua lamiendo largo y lento. ¡Pinche delicia! Sentí su barba raspando mis labios internos, su boca succionando mi juguito dulce y ácido, dedos abriéndose paso adentro, curvándose justo en ese punto que me hace ver estrellas. Gemí alto, “¡Más, Juan, no pares!”, mis manos enredadas en su pelo, caderas moviéndose al ritmo de Bach, que ahora era un aria de sufrimiento placentero.

La intensidad subía, mi cuerpo temblando, olor a sexo llenando el aire, sudor perlando nuestras pieles. “Te quiero adentro, wey”, le supliqué, y él se levantó, verga lista, apuntando. Se frotó en mi entrada, untándose mis jugos, y empujó despacio, llenándome de una. ¡Qué chingón! Sentí cada vena estirándome, su calor palpitante contra mis paredes. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y metiendo hondo, golpes que resonaban con los timbales lejanos en la música.

Aceleramos, él encima, mis piernas en su cintura, uñas clavándose en su espalda. El sillón crujía, piel contra piel chapoteando húmedo, sus bolas golpeando mi culo. “Estás tan apretada, tan mojada”, gruñó en mi oído, mordisqueándome el lóbulo. Yo respondía con la pelvis, apretándolo dentro, mis chichis rebotando con cada embestida. La música llegó al clímax, coros estruendosos, y nosotros con ella: mi orgasmo explotó primero, un maremoto que me arqueó entera, paredes convulsionando alrededor de su verga, gritando “¡Sí, cabrón, sí!”, jugos chorreando.

Él no tardó, dos estocadas más y se vino adentro, chorros calientes pintándome las entrañas, su rugido animal mezclándose con el último acorde triunfal de Bach. Colapsamos, jadeantes, sudorosos, el vinilo girando en silencio ahora, lluvia aún cayendo afuera.

Nos quedamos así un rato, él aún dentro de mí, suavizándose lento. Besos suaves, caricias perezosas en la espalda. “Neta, esa Pasión según San Juan Bach fue el pretexto perfecto, ¿no?”, dije riendo bajito, oliendo nuestro aroma mezclado: sexo, vino, lluvia. Él me apretó contra su pecho, “Fue chido, Ana. Tú eres mi pasión”. Sentí una calidez más profunda que el orgasmo, un lazo que la música había tejido entre nosotros.

Nos levantamos por fin, envueltos en una cobija, y pusimos el disco de nuevo, solo para escuchar, cuerpos entrelazados en la cama. La noche se extendió en susurros y toques leves, el eco de Bach resonando en mi alma, recordándome que la verdadera pasión no necesita palabras, solo sentir.

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