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Pasión Gitana Avon Desata Mi Fuego

7191 palabras

Pasión Gitana Avon Desata Mi Fuego

Era una tarde calurosa en el corazón de Guadalajara, de esas que te pegan el vestido a la piel como si el sol mismo te estuviera abrazando con sus rayos ardientes. Yo, Karla, una tapatía de curvas generosas y mirada pícara, acababa de recibir mi pedido de Avon de la vecina que vende como loca. Entre las cremitas y labiales, ahí estaba ella: la fragancia Pasión Gitana Avon. El frasco rojo pasión, con ese aroma que prometía gitana salvaje, especias orientales y un toque de vainilla que te hacía agua la boca. Lo rocié en mi muñeca y ¡órale! un escalofrío me recorrió el cuerpo. Olía a deseo puro, a noches de tango bajo la luna, a piel sudada y besos que queman.

Mi carnal, Javier, andaba por ahí en la cocina, preparando unos tacos de carnitas que llenaban la casa con ese olor ahumado y jugoso que me ponía de antojo. Llevábamos diez años casados, pero la rutina nos había enfriado un poco, ¿sabes? Como si el fuego se hubiera quedado en brasas. Me miré en el espejo del baño, me puse un vestido negro ceñido que marcaba mis chichis y mi nalgona, y me eché más Pasión Gitana Avon en el cuello, entre los senos y hasta en los muslos.

¡Neta, Karla, esto va a ser la neta!
pensé, mientras mi pulso se aceleraba solo de imaginarlo.

Salí del baño contoneándome, el aroma flotando detrás de mí como una promesa pecaminosa. Javier levantó la vista del comal, con el delantal manchado de salsa y esa sonrisa de pendejo que me encanta. "¿Qué traes ahí, mamacita? Hueles a puro vicio", dijo, oliéndome el cuello mientras yo me acercaba. Su aliento caliente contra mi piel me erizó los vellos. "Es Pasión Gitana Avon, mi amor. Dicen que despierta a la gitana que todas llevamos adentro", le contesté con voz ronca, rozando mi cadera contra la suya. Sentí su verga endurecerse al instante contra mi muslo. Ya estaba, el juego había comenzado.

La cena fue un tormento delicioso. Cada bocado de taco crujiente, con su cebollita y cilantro fresco, se mezclaba con el perfume que emanaba de mi piel. Javier no paraba de mirarme las tetas, de lamerse los labios como si yo fuera el platillo principal. "Estás cañona esta noche, wey", murmuró, su mano bajando por mi espalda hasta apretarme el culo. Yo reí bajito, sintiendo el calor subir por mi panocha, ya húmeda de anticipación. El sonido de la tele de fondo, un corrido de Los Tigres del Norte, ponía el ambiente bien ranchero, pero mi mente estaba en otro lado: en su lengua trazando mapas en mi cuerpo, en sus dedos abriéndose paso.

Después de cenar, lo jalé al sillón de la sala. La luz tenue de la lámpara pintaba sombras en las paredes de adobe, y el ventilador zumbaba perezoso, moviendo el aire cargado de nuestro sudor y ese perfume gitano que nos envolvía. Me senté a horcajadas sobre él, mis muslos apretando los suyos, y lo besé con hambre. Sus labios sabían a salsa verde y cerveza fría, ásperos y urgentes. "Te quiero toda la noche, Karla", gruñó, sus manos subiendo por mis piernas, arrugando el vestido hasta dejar mis bragas expuestas. Olía a mi propia excitación mezclada con la Pasión Gitana Avon, un cóctel embriagador que me hacía jadear.

Le quité la playera, admirando su pecho moreno y fuerte, cubierto de un vello rizado que me picaba delicioso al rozarlo con las uñas. Bajé la boca a sus pezones, lamiéndolos con lentitud, saboreando el salado de su piel. Él gemía bajito, "¡Ay, pinche gitana, me vas a matar!", mientras sus dedos se colaban bajo mis bragas, encontrando mi clítoris hinchado. Lo masajeaba en círculos, suave al principio, luego más rápido, haciendo que mis caderas se movieran solas.

¡Qué chido se siente esto, como si el perfume me hubiera prendido el cuerpo en llamas!
Mi mente gritaba de placer, el roce de su piel contra la mía era eléctrico, sudor perlando nuestras frentes.

Nos desnudamos con prisa, pero saboreando cada prenda que caía. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi vientre. La tomé en la mano, sintiendo su calor y dureza, el pulso latiendo en mi palma. "Métetela, amor, pero despacito", le pedí, guiándolo a mi entrada húmeda. Entró de una, llenándome hasta el fondo, y grité de puro gozo. El sonido de nuestros cuerpos chocando, piel contra piel, chapoteando con mis jugos, llenaba la sala. Olía a sexo crudo, a Pasión Gitana Avon intensificado por el sudor, a vainilla quemada y almizcle.

Me moví sobre él, cabalgándolo como una amazona, mis tetas rebotando con cada embestida. Javier me agarraba las nalgas, abriéndolas, metiendo un dedo juguetón en mi ano para volverme loca. "¡Más fuerte, pendejo, dame todo!", le exigía, mis uñas clavándose en su pecho. Él se incorporó, chupándome los pezones con saña, mordisqueando hasta que dolía rico. El ritmo se aceleraba, mis paredes apretándolo, ordeñándolo. Sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre, el corazón tronándome en los oídos, el aire espeso con nuestros jadeos.

Pero no quería acabar tan rápido. Lo empujé al piso, alfombra áspera contra mi espalda, y me puse encima de nuevo, pero de espaldas. Así podía sentirlo más profundo, su verga rozando ese punto que me deshacía. Él me azotaba las nalgas suaves, "¡Qué nalgona tan rica, mi reina gitana!", y yo reía entre gemidos, girando las caderas en círculos. El perfume se había convertido en parte de nosotros, impregnado en cada poro, cada roce. Sudor goteaba por mi espina, mezclándose con sus besos en mi cuello.

La tensión crecía, mis muslos temblando, su respiración entrecortada contra mi oreja.

¡Ya viene, no pares, Javier, fóllame como hombre!
Lo monté con furia, el placer subiendo como lava. Él me volteó de repente, poniéndome en cuatro, y me penetró por detrás, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. El sonido era obsceno, húmedo, perfecto. Grité su nombre cuando el orgasmo me partió en dos, mi panocha contrayéndose en espasmos, jugos chorreando por mis piernas. Él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes, gruñendo como bestia.

Nos quedamos tirados en la alfombra, cuerpos enredados, el pecho subiendo y bajando al unísono. El aroma de Pasión Gitana Avon aún flotaba, ahora mezclado con el olor almizclado del sexo satisfecho. Javier me besó la frente, "Eres mi vicio, Karla. Esa fragancia nos salvó la noche". Yo sonreí, trazando círculos en su pecho con el dedo. "Y muchas más, mi amor. Esto apenas empieza".

Nos levantamos despacio, piernas flojas como gelatina, y nos metimos a la regadera. El agua tibia lavaba el sudor, pero no el recuerdo. Bajo la cascada, nos besamos lento, saboreando la paz del afterglow. Afuera, la noche tapatía susurraba con grillos y risas lejanas de vecinos. En mi mente, solo había gratitud: por él, por mí, por esa gitana que Avon había despertado en mi alma. Mañana pediría más frascos. Porque la pasión, una vez desatada, no se apaga fácil.

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