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La Mata de Pasión

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La Mata de Pasión

El sol de mediodía caía a plomo sobre el rancho en las afueras de Guadalajara, tiñendo de oro las hojas de los mangos y haciendo que el aire oliera a tierra húmeda y flores silvestres. Tú llegaste en el viejo Jeep de tu amiga Lupita, con el viento despeinándote y el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. Habías oído hablar de este lugar como un paraíso escondido, perfecto para desconectar del ajetreo citadino. Lupita te había prometido que conocerías a su primo Javier, un macho de esos que quitan el hipo, pero no imaginabas que sería así de impactante.

Él salió a recibirte desde el porche de la casa principal, con una camisa blanca remangada que dejaba ver sus antebrazos morenos y fuertes, jeans ajustados que marcaban sus caderas anchas y una sonrisa pícara que te hizo sentir un cosquilleo en el estómago. "¡Órale, qué buena onda que llegaste, mija! Soy Javier, el carnal de Lupita." Su voz era grave, con ese acento tapatío que arrastraba las palabras como miel caliente. Te estrechó la mano, pero su mirada se demoró en tus labios, en el escote de tu blusa ligera, y sentiste el calor de su palma áspera contra tu piel suave.

Lupita se despidió rápido, diciendo que tenía un mandado en la ciudad, dejándote sola con él.

"Ven, te enseño el jardín de atrás. Ahí está mi orgullo, la mata de pasión. Dicen que quien se acerca, se enciende como tea."
Caminaron juntos por el sendero de grava, el crujido bajo tus sandalias mezclándose con el zumbido de las abejas. El aroma dulce y embriagador de las flores te envolvió, y ahí estaba: una mata espesa de pasionarias, con sus pétalos violetas desplegados como lenguas sedientas, trepando por una pérgola de madera. Javier se acercó, rozando accidentalmente tu brazo con el suyo, y un escalofrío te recorrió la espina dorsal.

Te contó historias del rancho mientras el sol se colaba entre las hojas, pintando sombras danzantes en su rostro anguloso. Hablaba de la tierra, de cómo la mata de pasión crecía salvaje, sin poda, devorando todo a su paso con sus zarcillos. Tú lo mirabas, hipnotizada por el movimiento de su boca, imaginando cómo se sentirían esos labios en tu cuello. Neta, ¿por qué me late tan fuerte el pecho? Es solo un wey guapo, pero huele a hombre de campo, a sudor limpio y loción barata que me pone loca.

La tensión creció cuando él te ofreció un mango maduro del árbol cercano. Lo peló con su navaja, el jugo chorreando por sus dedos, y te lo dio a morder. El sabor explosó en tu lengua: dulce, ácido, pegajoso. "¿Ves? Así es la pasión aquí, chula. Te mancha, te pega, no te suelta." Tus ojos se encontraron, y el aire se espesó como antes de una tormenta. Sentiste su aliento cálido cuando se acercó más, su mano limpiando una gota de jugo de tu barbilla con el pulgar. Ese toque fue eléctrico, un fuego que se encendió en tu vientre bajo.

En el medio del jardín, bajo la sombra moteada de la mata de pasión, Javier te tomó de la cintura. ¿Esto está pasando de veras? Mi cuerpo ya responde solo, mis pezones duros contra la blusa, la humedad entre mis piernas traicionándome. "Dime si quieres que pare, reina." Susurró, pero tú negaste con la cabeza, atrayéndolo con tus manos en su nuca. El beso fue hambre pura: labios carnosos devorando los tuyos, lengua invadiendo tu boca con sabor a mango y deseo. Gemiste contra él, el sonido ahogado por su boca, mientras sus manos bajaban a tus nalgas, apretándolas con fuerza posesiva pero tierna.

Te recargó contra el tronco de la pérgola, la madera rugosa contra tu espalda contrastando con la suavidad de su pecho presionado al tuyo. Desabrochó tu blusa despacio, besando cada centímetro de piel que revelaba: el hueco de tu clavícula, el valle entre tus senos. Olías su aroma masculino mezclado con el perfume floral de la mata, un elixir que te mareaba. "Eres una diosa, mamacita. Mira cómo tiemblas por mí." Sus palabras te encendieron más, y tú respondiste bajando la mano a su entrepierna, sintiendo su verga dura como piedra bajo el denim, palpitando bajo tu palma.

Lo desabrochaste con urgencia, liberándola: gruesa, venosa, con una gota de presemen brillando en la punta. La acariciaste, deleitándote en su calor, en cómo se tensaba con cada roce. Él gruñó, un sonido animal que vibró en tu clítoris. Te quitó la falda y las tangas de un tirón, sus dedos explorando tu panocha empapada. Qué rico sus callos rozando mis labios hinchados, abriéndome como si me conociera de toda la vida. Dos dedos entraron en ti, curvándose para tocar ese punto que te hacía arquear la espalda, el sonido húmedo de tu excitación mezclándose con el viento en las hojas.

Pero querías más. Lo empujaste al suelo, sobre una manta que él sacó de quién sabe dónde, y te montaste a horcajadas. La mata de pasión nos rodeaba como testigo vivo, sus flores rozando vuestros cuerpos desnudos. Te hundiste en él lentamente, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarte por completo. "¡Ay, wey, qué grande estás! Muévete conmigo, papacito." Cabalgaste con ritmo creciente, tus caderas girando, pechos rebotando mientras él los amasaba, pellizcando pezones con deliciosa rudeza. El slap-slap de piel contra piel, tus jugos lubricando cada embestida, el olor almizclado del sexo flotando en el aire caliente.

Él volteó las tornas, poniéndote de rodillas en la tierra suave, penetrándote por detrás con fuerza controlada. Sus manos en tus caderas, jalándote contra su pelvis, su aliento jadeante en tu oreja.

"Te voy a hacer mía, corazón. Siente cómo te follo hasta el alma."
Cada golpe profundo tocaba tu esencia, ondas de placer acumulándose como una ola. Tus uñas se clavaron en la manta, gritaste su nombre cuando el orgasmo te partió en dos: un estallido de luz detrás de tus ojos cerrados, tu coño contrayéndose alrededor de su verga en espasmos interminables. Él te siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándote con chorros calientes que sentiste resbalar por tus muslos.

Colapsaron juntos bajo la mata de pasión, cuerpos sudorosos entrelazados, el corazón martilleando al unísono. El sol bajaba, tiñendo el cielo de rosas y naranjas, mientras el aroma de vuestros fluidos se mezclaba con el de las flores. Javier te besó la frente, suave ahora, sus dedos trazando patrones perezosos en tu espalda. Esto no fue solo un polvo, fue conexión pura. La mata nos vio nacer de nuevo en su abrazo. "Quédate esta noche, mi vida. Hay más pasión por descubrir."

Tú sonreíste, sabiendo que sí, que la mata de pasión había despertado algo eterno en ti. El rancho se sentía como hogar, su piel contra la tuya como promesa de noches infinitas.

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