Abismo de Pasion Capitulo 2
La noche en la Condesa se sentía como un susurro caliente contra mi piel. El aire olía a jazmín y a tacos de asador de la esquina, mezclado con el perfume amaderado de Marco que siempre me volvía loca. Habían pasado dos semanas desde esa primera vez en su penthouse, esa primera caída al abismo que nos había dejado temblando y jadeantes. Ahora, aquí estaba yo, Ana, parada frente a su puerta con un vestido negro ceñido que apenas contenía mis curvas, el corazón latiéndome como tambor en fiesta de pueblo.
Él abrió la puerta con esa sonrisa pícara, esa que dice "te voy a comer viva, mamacita" sin necesidad de palabras. Sus ojos oscuros me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis pechos que subían y bajaban con cada respiración ansiosa. Chingado, este pendejo sabe cómo hacerme mojar con solo mirarme, pensé mientras entraba, rozando mi cadera contra su entrepierna endurecida ya.
—Ven pa'cá, mi reina —murmuró con esa voz ronca que suena como tequila añejo, jalándome hacia él por la cintura. Sus manos grandes y callosas, de tanto manejar su moto por la Roma, se posaron en mis nalgas, apretando justo lo suficiente para que sintiera el calor subir por mi espina.
Nos besamos como si el mundo se acabara esa noche. Sus labios sabían a menta y a deseo puro, su lengua invadiendo mi boca con hambre de lobo. Yo le mordí el labio inferior, tirando de él, y él gruñó bajito, ese sonido que vibra en mi clítoris como un diapasón. Lo empujé hacia el sofá de cuero negro, que crujió bajo nuestro peso cuando caímos encima.
Esto es el abismo de pasión capítulo 2, me dije en la cabeza, mientras sus dedos se colaban bajo mi vestido, rozando la tanga de encaje que ya estaba empapada. La primera vez fue fuego; esta va a ser lava.
Acto uno apenas empezaba. Le quité la camisa con urgencia, revelando ese torso moreno y marcado por horas en el gym, con vellos que bajaban en una línea tentadora hasta su pantalón. Olía a sudor limpio y a hombre, ese aroma que me hace cerrar los ojos y gemir. Mis uñas arañaron su pecho, dejando marcas rojas que él adoraba. "Más, Ana, márcame como tuya", jadeó, y yo obedecí, bajando la boca a sus pezones duros, lamiéndolos con la lengua plana, saboreando la sal de su piel.
Él no se quedó atrás. Subió mi vestido hasta la cintura, exponiendo mis muslos gruesos y la tanga negra que contrastaba con mi piel canela. Sus dedos juguetearon con el borde, rozando mi monte de Venus hinchado. ¡Ay, cabrón! El toque fue eléctrico, un cosquilleo que subió por mis piernas hasta mi centro palpitante. Me abrió de piernas con gentileza pero firmeza, y su aliento caliente contra mi intimidad me hizo arquear la espalda.
—Estás chorreando, preciosa —dijo con una risa juguetona, mientras lamía el interior de mis muslos, subiendo despacio, torturándome. El sonido de su lengua contra mi piel era obsceno, húmedo, y yo me retorcía, agarrando su cabello negro y revuelto.
Pero no quería correrme aún. Esto era solo el comienzo, la tensión que se acumulaba como tormenta en el Golfo. Lo empujé hacia arriba, desabrochando su cinturón con dientes, liberando su verga gruesa y venosa que saltó libre, apuntándome como arma cargada. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave, el calor que irradiaba. Qué chulada de pito, mi rey, pensé, mientras la chupaba desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado que brotaba como néctar.
Marco gemía mi nombre, "Ana, Ana, qué rico chupas", sus caderas moviéndose involuntariamente. Lo miré a los ojos mientras lo tragaba más profundo, gimiendo alrededor de él para que sintiera las vibraciones. El salón estaba lleno de nuestros sonidos: succiones húmedas, jadeos entrecortados, el tic-tac lejano de un reloj que nadie oía.
En el medio acto, la cosa se puso intensa. Me levantó como si no pesara nada —gracias a mis clases de yoga en la colonia— y me llevó a la recámara, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de satén rojo. Me tiró sobre ella, quitándome el vestido de un jalón, quedando yo en tetas y tanga. Él se desnudó completo, su cuerpo atlético brillando bajo la luz tenue de las velas que olían a vainilla y canela mexicana.
Se acostó sobre mí, piel contra piel, su peso delicioso aplastándome en el colchón. Nuestros pechos se frotaban, mis pezones duros rozando su pecho peludo. Besos por todo el cuello, mordidas suaves que dejaban moretones que mañana escondería con maquillaje. Sus manos exploraban: amasando mis tetas grandes, pellizcando los pezones hasta que grité de placer-dolor, bajando a mi coño empapado.
Estoy perdida en este abismo de pasión capítulo 2, pensé, mientras dos dedos gruesos se hundían en mí, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido era chido: chapoteos de mi jugo contra su palma, mis gemidos agudos como en ranchera de banda.
—Dime que lo quieres, Ana —exigió, su voz un ronroneo dominante pero cariñoso.
—¡Sí, cabrón, métemela ya! —respondí, clavando uñas en su espalda.
Se puso un condón —siempre responsable, mi Marco— y se posicionó. La punta rozó mi entrada, untándose en mis fluidos, y luego empujó lento, centímetro a centímetro. ¡Madre santa! Llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada latido. Empezamos a movernos, ritmo lento al principio, como baile de salsa en antro de Polanco.
La tensión subía. Aceleramos, piel chocando contra piel con palmadas resonantes, sudor goteando de su frente a mi boca abierta. Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavando talones en sus nalgas firmes para que entrara más hondo. "¡Más fuerte, mi amor!" grité, y él obedeció, embistiéndome como toro en rodeo.
Internamente, luchaba: Esto es demasiado bueno, ¿y si me enamoro de este wey? ¿Y si solo quiere mi cuerpo? Pero sus ojos, fijos en los míos, decían otra cosa. Besos apasionados mientras follábamos, lenguas enredadas, sabores mezclados de saliva y sexo.
Cambié de posición, montándolo como reina. Sus manos en mis caderas, guiándome mientras rebotaba, mis tetas saltando hipnóticamente. El olor a sexo llenaba la habitación: almizcle, sudor, mi esencia dulce. Tocaba mi clítoris hinchado, círculos rápidos, y él lamía mis pezones, mordiendo.
El clímax se acercaba como ola en Acapulco. Mis paredes se contraían alrededor de su verga, ordeñándolo. ¡Ya viene, chingado! Grité su nombre, el orgasmo explotando en fuegos artificiales: temblores desde el útero hasta las yemas de los dedos, jugos chorreando por sus bolas.
Él se corrió segundos después, gruñendo como bestia, su polla palpitando dentro de mí, llenando el condón con chorros calientes que sentía indirectamente.
En el final, el afterglow fue puro paraíso. Colapsamos enredados, respiraciones agitadas calmándose juntas. Su cabeza en mis tetas, mi mano acariciando su cabello húmedo. El aire olía a nosotros, a pasión consumada. Besos suaves ahora, caricias perezosas.
—Eres mi vicio, Ana —susurró, trazando círculos en mi vientre.
—Y tú el mío, mi chulo. Esto apenas empieza.
Abismo de pasión capítulo 2: no hay vuelta atrás. Solo más profundo.
Nos quedamos así, pieles pegajosas enfriándose, corazones latiendo al unísono. Mañana sería otro día en esta ciudad loca, pero esta noche, en su cama, éramos reyes del placer. El sueño nos venció con sonrisas, prometiendo capítulo 3.