La Pasión de Artemisa
Artemisa caminaba por las calles empedradas del centro de Guadalajara, con el sol de la tarde acariciando su piel morena como un amante impaciente. Llevaba un vestido rojo ajustado que realzaba sus curvas generosas, el tipo de prenda que hacía voltear cabezas y susurrar piropos. Neta, hoy me siento viva, pensó, mientras el aroma a tacos al pastor flotaba en el aire, mezclándose con el dulzor de las flores de bugambilia que adornaban las fachadas coloniales.
Había dejado atrás la rutina de su trabajo en la galería de arte, donde pasaba horas admirando pinturas que hablaban de pasiones contenidas. Pero ella era Artemisa, nombrada así por su madre fanática de la mitología, y en su interior ardía una llama que nadie había avivado del todo. Hasta esa noche en la fiesta de un amigo, donde lo vio por primera vez: Diego, con su sonrisa pícara y ojos negros como el café de olla.
—Órale, qué chula estás —le dijo él, acercándose con una chela en la mano, su voz grave resonando sobre el mariachi de fondo.
Artemisa sintió un cosquilleo en el estómago, como si mariposas salvajes revolotearan ahí dentro.
¿Será este el wey que despierte la pasión de Artemisa?se preguntó, mientras sus dedos rozaban accidentalmente los de él al tomar la cerveza. El contacto fue eléctrico, un chispazo que le erizó la piel de los brazos. Conversaron toda la noche, riendo de chistes tontos y compartiendo historias de la infancia tapatía. Él era carpintero, con manos callosas que olían a madera fresca y un poco a sudor varonil, el tipo de aroma que la ponía nerviosa de la buena manera.
Al día siguiente, la invitó a su taller en las afueras, cerca del bosque de la Barranca de Oblatos. Artemisa aceptó sin pensarlo dos veces, su corazón latiendo con anticipación. Llegó en su vochito viejo, el motor rugiendo como su propia excitación contenida. Diego la esperaba con una sonrisa, sosteniendo una escultura a medio terminar: una figura femenina cazadora, inspirada en Artemisa, la diosa.
—Mira, la hice pensando en ti —dijo, guiñándole el ojo—. La pasión de Artemisa, le puse de nombre provisional.
Se acercaron, y el olor a cedro tallado la envolvió, mezclado con el de su colonia barata pero embriagadora. Sus manos se rozaron de nuevo, esta vez intencionalmente, mientras él le explicaba el proceso. Artemisa sintió el calor de su palma contra la suya, áspera y fuerte, y un calor húmedo se instaló entre sus muslos. Pinche Diego, me estás volviendo loca, pensó, mordiéndose el labio.
Pasaron la tarde tallando juntos, riendo cuando la gubia resbalaba y astillas volaban. Cada roce accidental avivaba la tensión: su aliento en su cuello al inclinarse, el roce de su pecho contra su espalda. Al atardecer, con el sol tiñendo el cielo de naranja y púrpura, Diego la miró fijo.
—Neta, Artemisa, desde que te vi, no dejo de pensar en besarte —confesó, su voz ronca.
Ella no respondió con palabras. En cambio, se acercó y lo besó, suave al principio, saboreando el gusto salado de sus labios, el leve amargo de la cerveza de antes. Sus lenguas se encontraron en una danza hambrienta, y Diego la levantó en vilo, sentándola en la mesa de trabajo. El polvo de madera crujió bajo sus nalgas, pero no importaba. Sus manos exploraron su cuerpo, deslizándose bajo el vestido, encontrando la piel suave de sus muslos.
Artemisa jadeó cuando él besó su cuello, lamiendo el sudor que perlaba su clavícula. Qué rico se siente esto, cabrón, pensó, arqueando la espalda. Le quitó la blusa con urgencia, exponiendo sus pechos llenos al aire fresco del taller. Diego los admiró como si fueran obras de arte, sus pulgares rozando los pezones endurecidos, enviando ondas de placer directo a su centro.
—Eres una diosa, mamacita —murmuró, bajando la cabeza para succionar uno, su lengua caliente y experta trazando círculos.
Artemisa gimió, el sonido ecoando en el espacio vacío, mientras sus dedos se enredaban en su cabello oscuro y revuelto. El aroma de su excitación llenaba el aire, almizclado y dulce, mezclado con el de la madera. Bajó la mano a su pantalón, sintiendo la dureza palpitante bajo la tela. Está listo para mí, qué chingón. Desabrochó el cinturón con dedos temblorosos, liberando su miembro erecto, grueso y venoso, que saltó ansioso.
Diego la penetró con lentitud deliciosa, centímetro a centímetro, mientras ella se aferraba a sus hombros. El estiramiento era perfecto, llenándola por completo, y Artemisa gritó de placer cuando él tocó fondo. Comenzaron a moverse, un ritmo pausado al principio, sus caderas chocando con un clap húmedo y rítmico. El sudor les corría por la espalda, goteando entre sus pechos, y ella lo lamió de su pecho, saboreando la sal de su piel.
—Más fuerte, pendejo, dame todo —exigió ella, clavando las uñas en su espalda.
Él obedeció, embistiéndola con fuerza, la mesa temblando bajo ellos. Artemisa sentía cada vena de él rozando sus paredes internas, el roce de su pubis contra su clítoris hinchado enviando chispas de éxtasis. Sus gemidos se volvieron gritos, mezclados con el canto de los grillos afuera y el viento susurrando entre los árboles.
Esto es la pasión de Artemisa, pura y salvaje, pensó en medio del torbellino.
La tensión crecía como una tormenta, sus cuerpos resbaladizos uniéndose en frenesí. Diego la volteó, poniéndola de rodillas sobre la mesa, y entró de nuevo por detrás, su mano enredada en su cabello largo mientras la azotaba suavemente las nalgas. El placer era abrumador: el ardor en su piel, el golpe profundo en su interior, el olor a sexo crudo impregnando todo. Artemisa se tocó a sí misma, frotando su clítoris con círculos rápidos, hasta que el orgasmo la golpeó como un rayo.
—¡Me vengo, Diego, chingado! —gritó, su cuerpo convulsionando, jugos calientes empapando sus muslos.
Él la siguió segundos después, gruñendo como animal, su semilla caliente llenándola en pulsos potentes. Colapsaron juntos, jadeantes, sobre la mesa, el corazón de ella latiendo desbocado contra el pecho de él. El aire estaba cargado de su aroma compartido, sudor, semen y madera, un perfume embriagador de satisfacción.
Se besaron perezosamente, risas burbujeando entre jadeos. Diego la abrazó, su mano acariciando su cadera con ternura.
—Eres increíble, Artemisa. La pasión de Artemisa no era broma —dijo, besando su frente.
Ella sonrió, sintiendo una paz profunda, como si hubiera cazado su propia presa interior. Afuera, la noche jaliciense los envolvía con su manto estrellado, y en ese momento, supo que esto era solo el principio. Su pasión, desatada por fin, ardía con promesas de más noches salvajes.
Regresaron a la ciudad en el vochito, con las ventanas abajo y el viento despeinando su cabello. Artemisa apoyó la cabeza en su hombro, oliendo su esencia pegada a su piel, y pensó: Neta, la vida acaba de ponerse interesante. El futuro brillaba con la misma intensidad que el orgasmo que aún palpitaba en su memoria, un fuego que no se apagaría fácilmente.