Novela Abismo de Pasion Capitulos de Lujuria Prohibida
Me llamo Ana, y desde que llegué a este pueblo costero de Oaxaca, sentía que mi vida se había convertido en una novela abismo de pasion capitulos interminable. El sol quemaba la piel como un amante impaciente, el mar rugía con promesas de olas salvajes, y el aire cargado de sal y jazmín me hacía cosquillas en la nariz. Tenía treinta años, soltera por elección después de un matrimonio que me dejó seca como cactus en desierto. Pero aquí, en Puerto Escondido, algo ardía dentro de mí, un fuego que pedía ser avivado.
Era viernes por la noche cuando lo vi por primera vez. Diego estaba en la terraza del bar playero, con su camisa blanca abierta dejando ver el pecho moreno y tatuado, una cerveza en la mano y esa sonrisa pícara que gritaba trouble. Yo iba con un vestido rojo ceñido que abrazaba mis curvas como manos ansiosas, el escote profundo oliendo a mi perfume de vainilla y coco. Nuestras miradas chocaron como truenos. Él se acercó, oliendo a mar y a hombre sudado después de surfear todo el día.
¿Quién es este wey que me pone la piel de gallina?, pensé, mientras mi corazón latía como tambor en fiesta.
—Órale, güerita, ¿vienes a conquistar el mar o a mí? —dijo con voz ronca, sus ojos cafés devorándome despacio.
Reí, sintiendo el calor subir por mis muslos. —Neto, las dos cosas, pero tú pareces el premio gordo.
Charlamos horas, bebiendo mezcales que quemaban la garganta como besos fieros. Me contó de su vida como guía de surf, libre como el viento, sin ataduras. Yo le hablé de mi escape de la ciudad, buscando pasión real, no las mentiras de oficina. Sus manos rozaban las mías accidentalmente, enviando chispas que me mojaban entre las piernas. El sonido de las olas chocando contra la arena era como el pulso de mi deseo creciendo.
Al final de la noche, caminamos por la playa descalzos, la arena tibia lamiendo nuestros pies. La luna pintaba el agua de plata, y el viento traía olor a algas y a su sudor fresco. Se detuvo, me jaló por la cintura, y sus labios capturaron los míos. Fue un beso salado, hambriento, con lengua explorando como ola invadiendo la orilla. Gemí bajito, mis pezones endureciéndose contra su pecho duro.
—Ven conmigo, susurró en mi oído, su aliento caliente haciendo que se me erizaran los vellos.
Asentí, perdida en ese abismo de pasión que acababa de abrirse.
Su cabaña estaba a unos pasos, de madera rústica con hamaca en el porche y velas parpadeando adentro. Entramos, y el aire olía a sándalo y a sexo anticipado. Me quitó el vestido despacio, sus dedos ásperos de tanto remar rozando mi piel suave, dejando rastros de fuego. Quedé en tanga negra, mis tetas llenas temblando con cada respiración agitada.
¡Qué chingón se siente esto, como si cada caricia fuera un capítulo nuevo de mi novela personal!, pensé, mientras él me devoraba con los ojos.
—Eres una diosa, Ana, murmuró, arrodillándose para besar mi ombligo, bajando hasta el borde de la tanga. Su lengua trazó líneas húmedas en mis muslos internos, oliendo mi excitación que ya empapaba la tela. Lamí sus labios cuando se levantó, saboreando sal y mezcal en su boca.
Lo empujé a la cama king size cubierta de sábanas blancas crujientes. Le arranqué la camisa, mis uñas clavándose en su espalda musculosa. Su verga saltó libre de los shorts, gruesa y venosa, palpitando como corazón salvaje. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y la dureza, el prepucio suave deslizándose. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris.
Nos revolcamos lento al principio, explorando. Sus manos amasaron mis nalgas, separándolas para lamer mi ano con ternura juguetona. ¡Ay, wey, qué rico! Jadeé, arqueándome. Bajé a chupársela, tragando hasta la garganta, el sabor almizclado de su piel mezclándose con mi saliva. Él jadeaba, enredando dedos en mi pelo largo.
La tensión crecía como tormenta en el Pacífico. Me monté encima, frotando mi panocha mojada contra su verga, lubricándola con mis jugos. Nuestros ojos se clavaron, sudor perlando frentes, pechos subiendo y bajando en ritmo sincronizado. El olor a sexo llenaba la habitación, mezclado con el salitre del mar entrando por la ventana abierta.
—Métemela ya, Diego, no aguanto —rogué, voz ronca de necesidad.
Él sonrió pícaro. —Sí, mami, te voy a follar como nunca.
Se hundió en mí de un empujón suave pero profundo, estirándome deliciosamente. Gemí fuerte, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas. Cabalgamos como jinetes en rodeo, mis tetas botando con cada rebote, sus manos guiándome por las caderas. El slap-slap de piel contra piel era música erótica, punctuated por mis gritos y sus gruñidos.
Me volteó boca abajo, embistiéndome desde atrás, su vientre peludo chocando contra mi culo redondo. Alcancé el primer orgasmo así, olas de placer explotando desde mi clítoris hasta las yemas de los pies, contrayéndome alrededor de su verga como puño caliente. Él no paró, prolongando mi éxtasis con roces en mi espalda, besos en la nuca húmeda.
Esto es mi novela abismo de pasion capitulos, cada embestida un giro ardiente, pensé en el vértigo del placer.
Cambié de posición, él de rodillas, yo lamiendo sus bolas mientras me penetraba con dedos expertas. Sudábamos como en sauna, el colchón crujiendo bajo nuestro peso. Lo volteé, montándolo reversa para que viera mi culo rebotar, sus manos abofeteándolo suave, enviando ondas de placer punzante.
La intensidad escalaba. Sentía su verga hincharse más, lista para estallar. Me puse en misionero, piernas en sus hombros, abriéndome completamente. Nuestros cuerpos se fusionaban en frenesí, piel resbaladiza, alientos entrecortados. Él me miró a los ojos, profundo.
—Vente conmigo, Ana, lléname.
Explotamos juntos. Mi segundo clímax me sacudió como terremoto, chorros de placer mojando sus bolas, mientras él rugía y llenaba mi interior con chorros calientes, pulsando una y otra vez. Colapsamos, jadeantes, su peso reconfortante sobre mí, semen goteando entre mis muslos.
En el afterglow, yacimos enredados, el ventilador zumbando sobre nosotros, secando el sudor. Su dedo trazaba círculos en mi vientre, oliendo a sexo y a nosotros. Besé su hombro salado, sintiendo paz profunda.
—Esto fue solo el primer capítulo, murmuró con risa baja.
Sonreí, sabiendo que este abismo de pasión tenía muchos más. Mañana seguiría la novela, con él como protagonista eterno de mis deseos. El mar cantaba afuera, testigo de nuestra entrega total.