Cuales Son Las Pasiones Desordenadas Segun La Biblia En Mi Piel Ardiente
Estaba en la terraza de mi depa en Polanco, con el sol de la tarde bañándome la piel como una caricia pecaminosa. El calor de México en primavera me hacía sudar, y el olor a jacarandas flotaba en el aire, mezclado con el humo lejano de unos tacos al pastor. Yo, Ana, una morra de treinta tacos que se la pasa entre misa los domingos y noches de desvelo pensando en lo que no debería, hojeaba mi Biblia vieja, esa que me regaló mi abuelita. Leí en voz baja: cuales son las pasiones desordenadas segun la biblia. Lust, envidia, gula... todas esas chingaderas que te joden el alma pero te prenden el cuerpo.
Ahí fue cuando lo vi. Marco, mi vecino del piso de arriba, el tipo alto, moreno, con esa sonrisa de pendejo que te derrite las rodillas. Bajaba las escaleras con una playera ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban como pintados. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el Espíritu Santo me estuviera mandando un mensajito equivocado.
"¿Qué onda, Ana? ¿Leyendo las Escrituras en tanga?"bromeó él, con esa voz grave que vibra en el pecho.
Me reí, cerrando el libro de golpe. Neta, ¿por qué me pongo así con este cabrón? Llevábamos meses coqueteando: un hola en el elevador, un roce accidental en el gym del edificio. Él era divorciado, yo soltera por elección –o por miedo a caer en las tentaciones–. Pero hoy, con el sol poniéndose naranja detrás de las torres, algo se rompió dentro de mí. Invítalo, me dije. ¿Y si es una de esas pasiones desordenadas?
–Pásate un ratito, carnal. Tengo chelas frías y unas botanas que te van a volar la cabeza –le dije, sintiendo el pulso acelerado en las sienes.
Entró como si el lugar fuera suyo, oliendo a colonia fresca y sudor masculino, ese aroma que te hace agua la boca. Nos sentamos en el sofá de piel, con las luces de la ciudad parpadeando afuera. Sacó una chela del refri y brindamos. Sus dedos rozaron los míos al pasarme la botella, y fue como electricidad pura, bajando directo a mi entrepierna.
Empezamos platicando de todo: el tráfico culero de Reforma, las series de Netflix, hasta que la charla viró al heavy.
"¿Sabes? A veces pienso en la Biblia y me cago de risa. Habla de pasiones desordenadas, pero ¿quién no las tiene?"dijo él, mirándome fijo a los ojos. Yo tragué saliva, el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta de pueblo.
–Cuales son las pasiones desordenadas segun la biblia... Lujuria, sobre todo. Esa que te quema por dentro –murmuré, sintiendo mis pezones endurecerse bajo la blusa ligera. El aire se espesó, cargado de ese olor a deseo que sale de la piel cuando estás a punto de explotar.
Marco se acercó, su aliento cálido en mi cuello. Su mano grande posándose en mi muslo, subiendo despacito, como explorando un territorio prohibido. –Déjame mostrarte cuál es la mía –susurró, y me besó. Fue un beso suave al principio, labios carnosos probando los míos, sabor a chela y menta. Luego se volvió feroz, lenguas enredándose, mordidas leves que me arrancaron un gemido.
Acto uno del pecado: lo arrastré a mi cuarto, quitándome la blusa con prisa. Él me devoraba con la mirada, sus ojos oscuros como pozos de tentación. Caímos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nuestros cuerpos. Sus manos expertas desabrocharon mi brasier, liberando mis chichis llenas, y las tomó con avidez, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. ¡Ay, cabrón! El placer era un rayo, bajando por mi espina hasta mojarme las panties.
–Eres una diosa pagana, Ana –gruñó, bajando besos por mi panza, lamiendo el sudor salado. Yo arqueé la espalda, oliendo su pelo recién lavado, sintiendo la aspereza de su barba en mi piel sensible. Le quité la playera, revelando un torso marcado por horas en el gym, músculos duros como piedra volcánica. Mis uñas rasguñaron su espalda, dejando surcos rojos que lo hicieron jadear.
Pero no era solo carnalidad. En mi cabeza giraban versos bíblicos retorcidos. ¿Es esto la lujuria desordenada? ¿O es amor disfrazado de fuego? Le confesé mis dudas mientras él me bajaba las panties, exponiendo mi sexo depilado, húmedo y palpitante. –No pienses, mija. Solo siente –me dijo, y hundió la cara entre mis piernas.
Acto dos, la escalada al infierno delicioso: su lengua mágica lamió mi clítoris hinchado, círculos lentos que me hicieron retorcer. El sonido de su chupeteo obsceno, mezclado con mis quejidos, llenaba la habitación. Olía a mi propia excitación, almizcle dulce y salado. Metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. –¡Más, pendejo, no pares! –grité, jalándole el pelo. Él aceleró, mamándome el botón mientras sus dedos me follaban sin piedad. El orgasmo me golpeó como ola en Acapulco, temblores en todo el cuerpo, jugos chorreando por sus manos.
Recuperé el aliento, jadeando, y lo volteé boca arriba. Era mi turno de dominar. Le bajé los jeans, liberando su verga dura, venosa, palpitante como un corazón salvaje. ¡Madre santa, qué pieza! Gruesa, con la cabeza morada de necesidad. La tomé en la mano, sintiendo el calor y la dureza aterciopelada, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él gimió fuerte, caderas alzándose para follarme la boca. La chupé profundo, garganta relajada, saliva resbalando, hasta que suplicó:
"Para, Ana, o me vengo ya. Quiero estar dentro de ti."
Me monté encima, guiando su polla a mi entrada resbaladiza. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, me llenaba hasta el fondo. ¡Qué delicia, esa fricción perfecta, su grosor rozando mis paredes internas! Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sudor perlando nuestros cuerpos. Él me agarraba las nalgas, amasándolas, dándome nalgadas suaves que resonaban como aplausos pecadores.
La tensión crecía, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Cambiamos posiciones: él encima, misionero intenso, embistiéndome profundo mientras nos mirábamos a los ojos. Sus bolas chocando contra mi culo, el slap-slap húmedo, su olor a macho sudado invadiendo mis sentidos. –¡Córrete conmigo, Marco! –le rogué, clavándole las uñas. Él aceleró, gruñendo como bestia, y explotamos juntos. Su semen caliente inundándome, mi coño ordeñándolo en espasmos interminables. Grité su nombre, el mundo disolviéndose en blanco puro.
Acto tres, el paraíso postrero: nos quedamos tirados, enredados en sábanas empapadas, el aire pesado con olor a sexo y paz. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. ¿Eran estas las pasiones desordenadas segun la biblia? Si lo son, que Dios me perdone, pero no me arrepiento. Marco levantó la vista, sonriendo perezoso. –Neta, Ana, eso fue bíblico. Como el Jardín del Edén, pero con condón –rió.
Nos duchamos juntos después, agua caliente cayendo sobre pieles sensibles, jabón resbalando entre curvas y músculos. Sus manos me lavaron con ternura, besos suaves bajo el chorro. Salimos envueltos en toallas, pidiendo unos tacos por app, riéndonos de lo culero que es resistir la tentación en esta ciudad de demonios disfrazados de ángeles.
Ahora, mirando las luces de Polanco desde la cama, con él dormido a mi lado, pienso que las pasiones no son tan desordenadas si te llevan a sentirte viva. La Biblia puede esperar hasta el domingo. Por esta noche, soy mía, suya, nuestra. Y qué chingón se siente.