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Desnuda con el Libro Pasion por Emprender

6985 palabras

Desnuda con el Libro Pasion por Emprender

Estaba sentada en el coworking de Polanco, con el sol de la tarde colándose por las ventanas enormes, iluminando las páginas del libro Pasion por Emprender. Lo había comprado en una librería chida de la Roma, atraída por su portada roja vibrante y el título que prometía fuego interior. "La pasión es el motor de todo emprendimiento", decía el primer capítulo, y mientras leía, sentía un cosquilleo en el estómago, como si esas palabras me encendieran no solo para montar mi propio negocio de joyería artesanal, sino algo más profundo, más carnal. Mi piel erizada bajo la blusa ligera, el aroma del café recién molido flotando en el aire, mezclado con mi perfume de vainilla que empezaba a calentarse con el calor de mi cuerpo.

Yo, Ana, de veintiocho pirulos, morra independiente que había dejado un jale de oficina para perseguir mis sueños. Pero neta, llevaba meses sin acción, sin ese emprender salvaje en la cama que tanto extrañaba. El libro me hacía fantasear: emprender era arriesgarse, lanzarse al vacío, como follar sin condón por primera vez, pero con cuidado.

¿Y si este libro no solo me motiva a abrir mi taller, sino a abrirme yo misma?
pensé, cruzando las piernas para calmar el pulso que latía entre mis muslos.

Entonces lo vi. Diego, un vato alto, moreno, con barba recortada y ojos cafés que brillaban como el tequila añejo. Vestía camisa ajustada que marcaba sus pectorales, y jeans que dejaban poco a la imaginación. Se acercó a mi mesa, señalando el libro con una sonrisa pícara. Órale, carnala, ¿leyendo Pasión por Emprender? Ese libro cambió mi vida, dijo con voz grave, ronca, como si hubiera fumado un buen puro esa mañana. Su colonia invadió mi espacio, un olor amaderado y masculino que me hizo tragar saliva.

Charlamos. Él era emprendedor de apps, había montado su startup en la Condesa. Hablaba con pasión, gesticulando, y cada vez que se inclinaba, su aliento cálido rozaba mi oreja. "Emprender es como un buen polvo: hay que meterle todo el corazón, arriesgar el pellejo", soltó riendo, y sus ojos se clavaron en mis labios. Sentí mis pezones endurecerse contra el encaje del bra, el roce sutil de la tela enviando chispas directo a mi centro.

Este pendejo me está emprendediendo el alma
, me dije, mordiéndome el labio.

La tensión creció como la espuma de un cappuccino. Invitó un café, y terminamos en la terraza, con el bullicio de la avenida Reforma de fondo: cláxones, risas, vendedores ambulantes gritando. Nuestras rodillas se tocaron bajo la mesa, un contacto eléctrico que no retiramos. Hablaba de fracasos pasados, de cómo el libro le enseñó a levantarse, y yo le conté mis miedos, mi taller soñado con plata de Taxco. Sus dedos rozaron mi mano al pasar el azúcar, piel contra piel, áspera la suya por el trabajo manual que mencionaba. Olía a él, a sudor limpio y deseo contenido. Mi coño empezó a humedecerse, un calor líquido que empapaba mis panties de algodón.

¿Quieres ver mi oficina? Ahí tengo más libros como ese, propuso, y su mirada era pura invitación. Claro, carnal, vamos a emprender algo juntos, respondí juguetona, sintiendo el pulso acelerado en mi cuello. Subimos a su depa en un edificio moderno, ascensor con espejos donde vi mi cara sonrojada, labios hinchados de anticipación. Apenas cerramos la puerta, sus manos en mi cintura, boca devorando la mía. Sabía a menta y café, lengua explorando con la misma pasión del libro. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su espalda musculosa.

Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. El aire fresco del AC erizó mi vientre, contrastando con su aliento caliente en mis tetas. Qué chingonas estás, jefa, murmuró, chupando un pezón rosado, duro como piedra. Su lengua giraba, succionaba, enviando ondas de placer que me hacían arquear la espalda. Olía a mi excitación ahora, almizcle dulce mezclándose con su colonia. Bajó mis jeans, dedos rozando mis muslos internos, temblorosos.

Neta, este vato sabe emprender
, pensé mientras lo jalaba al sofá de cuero negro, suave y fresco contra mi nalga desnuda.

Nos desvestimos mutuamente, piel con piel, sudor perlando nuestros cuerpos. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo contra mi palma. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi clítoris hinchado. Me abrió las piernas, inhalando mi aroma: Hueles a pura pasión, morra. Su lengua lamió mi raja empapada, saboreando mis jugos salados y dulces. Lamía lento, círculos en el clítoris, dedos curvándose dentro de mí, tocando ese punto que me hacía jadear. El sonido de succión húmeda, mis gemidos roncos, el slap de su boca contra mi carne... todo se intensificaba.

Lo empujé al sofá, montándolo como una emprendedora cabalgando su sueño. Su verga entró despacio, estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón, qué rica! grité, sintiendo cada vena rozar mis paredes. Reboté, tetas saltando, manos en su pecho peludo. Él me agarraba las nalgas, amasándolas, dedos hundiéndose. El ritmo aceleró, piel chocando con piel, sudor goteando, mezclándose. Olía a sexo puro, a testosterona y estrógeno en ebullición.

Esto es emprender de verdad, lanzarse sin red
, rugí en mi mente mientras el orgasmo subía, un tsunami en mi vientre.

Cambié de posición, él encima, misionero profundo. Sus embestidas potentes, pelvis golpeando mi clítoris, bolas azotando mi culo. Me besaba el cuello, mordisqueando, dejando marcas rojas. Córrete conmigo, Ana, déjame sentir tu pasión, jadeó. Y exploté: coño contrayéndose en espasmos, jugos chorreando, visión borrosa de placer. Él siguió, gruñendo, hasta que su verga palpitó, llenándome de leche caliente, espesa, que se derramó al salir.

Quedamos jadeantes, cuerpos entrelazados en el sofá, piel pegajosa de sudor y fluidos. El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja. Su mano acariciaba mi pelo húmedo, besos suaves en mi frente. Gracias por este emprendimiento, jefa. El libro tenía razón: la pasión lo cambia todo, susurró. Yo sonreí, sintiendo un calor nuevo en el pecho, no solo saciado, sino inspirado. Mañana abriría mi taller, pero esta noche, con su cuerpo aún latiendo contra el mío, sabía que había emprendido algo eterno: la pasión compartida.

Nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos. Sus manos en mi espalda, mi boca en su hombro. Salimos envueltos en toallas, pidiendo tacos por app, riendo de pendejadas. El libro yacía en la mesa, testigo silencioso de cómo una página había prendido un fuego real.

Y así, desnuda con el libro Pasion por Emprender, encontré mi verdadero motor
.

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