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Pasión Capítulo 65 El Abrazo del Deseo

6654 palabras

Pasión Capítulo 65 El Abrazo del Deseo

Ana sintió el calor del atardecer colándose por las cortinas de encaje en su departamento de Polanco, ese aroma a jazmín del jardín abajo mezclándose con el perfume de su piel recién salida de la regadera. Llevaba solo una bata de seda negra que rozaba sus muslos como una caricia prohibida, y su corazón latía con esa neta ansiedad que solo Marco despertaba en ella. Habían pasado semanas desde su último encuentro, pero cada mensaje, cada llamada, había sido como un fuego lento avivándose. Hoy era pasión capítulo 65, pensó con una sonrisa pícara, el capítulo donde se entregarían sin reservas en esta ciudad que los había visto nacer y enloquecer de amor.

La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba él, Marco, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar ese pecho moreno y fuerte que ella adoraba lamer en las noches de insomnio. Sus ojos cafés la devoraron de inmediato, oscuros como el chocolate amargo que compartían en las mañanas. Órale, mamacita, ¿ya estás lista pa' romperla? dijo con esa voz ronca, ese acento chilango que la ponía cachonda al instante. Ana se acercó, sintiendo el pulso acelerado en su cuello, el roce de sus pezones endureciéndose contra la seda.

Qué chingón se ve, wey, con esa barba de tres días que raspa tan rico, pensó ella mientras lo tomaba de la mano y lo jalaba adentro. Cerraron la puerta, y el mundo afuera desapareció: el bullicio de los coches en Reforma, el olor a tacos de la esquina, todo se evaporó. Solo quedaban ellos, el aire cargado de expectativa, el sabor salado de sus labios anticipando el beso.

Se besaron despacio al principio, como si probaran un tequila añejo, sus lenguas danzando con esa urgencia contenida. Las manos de Marco subieron por su espalda, desatando la bata con dedos temblorosos de deseo. La tela cayó al piso con un susurro, dejando su cuerpo desnudo expuesto al aire fresco de la habitación. Él jadeó, admirándola: sus senos firmes, la curva de su cintura, el triángulo oscuro de su monte de Venus que ya brillaba de humedad. Eres una diosa, Ana, la neta más rica que he probado, murmuró, su aliento caliente contra su oreja.

Ella lo empujó hacia la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Se subió a horcajadas sobre él, sintiendo la dureza de su verga presionando contra su panocha a través del pantalón. Ya quiero sentirla adentro, llenándome hasta el fondo, se dijo, mientras desabotonaba su camisa con dientes, mordisqueando su piel salada. El sabor de su sudor la enloqueció, un elixir masculino que la hacía gemir bajito.

Marco la volteó con facilidad, su fuerza juguetona pero firme, y la besó desde el cuello hasta los pechos, chupando un pezón con succiones lentas que enviaban chispas directas a su clítoris. Ana arqueó la espalda, sus uñas clavándose en sus hombros anchos. ¡Ay, cabrón, no pares! Eso se siente chido, wey, suplicó, su voz entrecortada por los jadeos. Él bajó más, lamiendo su ombligo, el vello suave de su pubis, hasta llegar a su centro palpitante. El olor almizclado de su excitación lo invadió, y hundió la lengua en ella, saboreando su jugo dulce y salado como el mejor mezcal.

Esto es puro fuego, Marco sabe exactamente cómo volverme loca, lamiéndome así, chupando mi botón como si fuera su postre favorito

Ana se retorcía, sus caderas moviéndose al ritmo de su boca experta, el sonido húmedo de sus lengüetazos llenando la habitación junto con sus gemidos ahogados. El calor subía por sus piernas, un nudo apretándose en su vientre, pero él se detuvo justo antes del clímax, sonriendo con picardía. Aún no, mi reina, quiero que vengas conmigo. La levantó, quitándose el pantalón de un tirón, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, con una gota perlada en la punta que ella lamió ansiosa, saboreando su esencia salada y varonil.

Lo montó de nuevo, guiándolo adentro con una lentitud tortuosa. Sentirlo estirándola, llenándola centímetro a centímetro, fue como volver a casa después de un viaje eterno. ¡Qué rica se siente su pinga, dura como piedra y caliente como brasas! Gimió alto cuando la tuvo toda, sus paredes internas contrayéndose alrededor de él. Empezaron a moverse, un vaivén hipnótico: ella arriba, rebotando con fuerza, sus senos saltando, él embistiéndola desde abajo con golpes profundos que resonaban en su pelvis.

El sudor perlaba sus cuerpos, mezclándose en un brillo resbaloso que olía a sexo puro, a deseo desatado. Marco la agarró de las nalgas, amasándolas, metiendo un dedo juguetón en su ano apretado, lo que la hizo gritar de placer inesperado. ¡Sí, pendejo, ahí, métemela más profundo! exigió, cabalgándolo más rápido, el slap-slap de sus cuerpos chocando como un tambor africano en la penumbra.

Cambiaron posiciones, él la puso a cuatro patas sobre la cama, admirando su culo redondo y firme. Entró de nuevo, esta vez con más fuerza, sus bolas golpeando su clítoris con cada estocada. Ana enterró la cara en la almohada, mordiéndola para no gritar demasiado, pero el placer era abrumador: el roce de su verga en su punto G, el calor de su vientre contra su espalda, sus manos pellizcando sus pezones. Me va a hacer explotar, este carnal sabe cómo hacerme suya.

La tensión crecía como una tormenta en el desierto sonorense, relámpagos de placer recorriendo sus nervios. Marco aceleró, gruñendo como un animal, ¡Me vengo, Ana, agárrate!. Ella sintió su verga hincharse, el chorro caliente inundándola, y eso la empujó al borde. Su orgasmo la sacudió en oleadas, contracciones violentas ordeñando cada gota de él, un grito gutural escapando de su garganta mientras estrellas explotaban detrás de sus párpados cerrados.

Colapsaron juntos, jadeantes, envueltos en el olor almizclado de su unión, el semen goteando entre sus muslos en un río tibio. Marco la abrazó por detrás, besando su nuca sudorosa, su mano acariciando su vientre suavemente. Eres lo mejor que me ha pasado, mi amor. Cada capítulo contigo es más intenso, susurró. Ana sonrió, girándose para mirarlo a los ojos, esos ojos que prometían más aventuras.

Pasión capítulo 65, el de la entrega total. ¿Qué vendrá en el 66? Solo el tiempo y este fuego nos lo dirá, pensó, mientras el sol se ponía afuera, tiñendo la habitación de rojos apasionados. Se durmieron así, entrelazados, con el corazón latiendo al unísono, sabiendo que su historia apenas comenzaba.

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