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Pasión Chiapas Desatada

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Pasión Chiapas Desatada

El aire de San Cristóbal de las Casas me envolvía como un abrazo húmedo y cálido, cargado del aroma a tierra mojada y flores silvestres que solo Chiapas sabe regalar. Acababa de bajar del camión, con mi mochila al hombro y el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. Venía buscando aventura, pero no imaginaba que la pasión Chiapas me iba a golpear tan de frente.

En la plaza principal, bajo el sol que filtraba entre las nubes grises del mediodía, lo vi. Marco, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que hacía que sus ojos negros brillaran como obsidiana. Era el guía que había contratado para un tour a las cascadas de Agua Azul. Qué chido, güey, pensé, mientras él se acercaba con paso seguro, oliendo a jabón fresco y a algo más, como madera quemada.

—Órale, ¿lista para mojarte hasta los huesos? —me dijo con esa voz ronca, guiñando un ojo.

Reí, sintiendo un cosquilleo en la piel. —Neta, no me voy a quejar si es por las cascadas.

Subimos a su camioneta vieja pero fiel, y mientras serpenteábamos por las carreteras empedradas, platicamos de todo. Él de las leyendas tzotziles, yo de mi vida en la CDMX, harta del ruido y el concreto. El camino olía a pino y a lluvia reciente, y cada bache nos acercaba más, nuestros brazos rozándose accidentalmente. Sentía su calor a través de la camisa, y mi mente ya volaba imaginando qué pasaría si...

¿Y si este pendejo me besa? ¿Y si dejo que sus manos exploren lo que llevo meses guardando?

Llegamos a las cascadas al atardecer. El rugido del agua era ensordecedor, un torrente turquesa que caía en pozas cristalinas rodeadas de selva espesa. El vapor subía, empapando mi blusa ligera hasta que se pegaba a mi piel como una segunda capa. Marco me tendió la mano para bajar por el sendero resbaloso.

—Cuidado, carnala, que aquí la pasión Chiapas te puede arrastrar —murmuró, su aliento caliente en mi oreja.

Su toque era eléctrico, firme pero gentil. Nos sentamos en una roca plana junto a una poza apartada, lejos de los turistas. Sacó una cerveza fría de su mochila y un elote asado que compartimos, el maíz dulce y ahumado explotando en mi boca mientras el sol se hundía, tiñendo todo de naranja y púrpura.

La conversación se volvió íntima. Habló de su vida en la sierra, de cómo la tierra le corría por las venas, de amores fugaces que se iban con el viento. Yo confesé mi soledad, cómo necesitaba sentirme viva de nuevo. Nuestras rodillas se tocaban, y el silencio entre palabras se llenaba de miradas que quemaban.

Entonces, su mano rozó mi muslo. No la quité. Al contrario, la cubrí con la mía, sintiendo las callosidades de sus palmas, testigos de trabajo duro. El corazón me martilleaba en el pecho, el pulso acelerado sincronizándose con el golpeteo del agua.

—Ana... —susurró, su rostro a centímetros del mío—. Eres como estas cascadas, hermosa y peligrosa.

Lo besé. Sus labios eran suaves pero exigentes, sabían a cerveza y a sal, a deseo puro. Sus manos subieron por mi espalda, desatando la blusa empapada. El aire fresco de la selva contrastaba con el fuego que nos consumía.

Nos quitamos la ropa con urgencia juguetona, riendo cuando las botas se atascaban en el lodo. Desnudos bajo la luz crepuscular, su cuerpo era una escultura morena, músculos tensos por el esfuerzo de contenerse. Yo, con curvas que él devoraba con los ojos, sentí un empoderamiento salvaje. Esto era mío, nuestro, consensual y ardiente.

Me tendió en la roca tibia, aún caliente del sol. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la clavícula, lamiendo el sudor salado de mis pechos. Gemí cuando su boca encontró mis pezones, duros como piedras preciosas chiapanecas. El sonido de la cascada se mezclaba con mis jadeos, el olor a musgo y a nuestra excitación flotando pesado.

La tensión crecía como una tormenta. Sus dedos exploraron mi vientre, bajando lento, torturándome. Sentí su calor entre mis piernas, húmeda y lista. —Estás chingona, Ana —gruñó, su voz vibrando contra mi piel.

Lo empujé hacia atrás, queriendo tomar control. Montada sobre él, froté mi sexo contra su erección dura como roble. El roce era exquisito, piel contra piel resbaladiza por el sudor y la niebla. Él me agarró las caderas, guiándome, pero yo marcaba el ritmo, lento al principio, saboreando cada centímetro cuando lo dejé entrar.

¡Dios! Llenándome por completo, estirándome con placer doloroso. Me moví arriba y abajo, el agua salpicando nuestros cuerpos, el slap-slap de carne contra carne uniéndose al coro de la selva. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo juguetón rozando mi entrada trasera, enviando chispas por mi espina.

—Más rápido, mi reina —jadeó, sus ojos clavados en los míos, pupilas dilatadas de lujuria.

Aceleré, mis pechos rebotando, el clímax construyéndose como una ola. Sentí sus bolas tensas contra mí, su polla palpitando dentro. Grité su nombre cuando exploté, contracciones milkingándolo, el mundo disolviéndose en blanco puro. Él me siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes que se derramaban por mis muslos.

Colapsamos juntos, exhaustos, el vapor de la poza envolviéndonos como niebla amorosa. Su pecho subía y bajaba bajo mi mejilla, el latido de su corazón un tambor selvático. Olía a sexo y a tierra, a nosotros.

—Eso fue la pasión Chiapas pura, ¿no? —dijo riendo bajito, besándome la frente.

Me acurruqué contra él, el afterglow envolviéndome como una manta suave. Reflexioné en silencio: había venido por paisajes, pero encontré algo más profundo, una conexión que me hacía sentir viva, empoderada. No era solo sexo; era liberación.

Regresamos a la camioneta al anochecer, las estrellas salpicando el cielo como diamantes. En San Cristóbal, nos despedimos con un beso largo, prometiendo más. Chiapas no solo me había marcado la piel con su humedad; había encendido un fuego en mi alma que ardía eterno.

Desde esa noche, cada vez que huelo lluvia en el trópico, recuerdo su toque, su risa, esa pasión Chiapas desatada que me cambió para siempre.

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