La Pasión de Cristo 2020 Carnal
Era el año 2020, y el mundo se había parado por esa maldita pandemia. En mi casa en las afueras de Guadalajara, con el sol tapatío colándose por las cortinas, yo, Ana, de treinta y dos años, me sentía como una leona enjaulada. Mi carnal, no, mi chulo Javier, el mismo que me volvía loca con solo una mirada, había tenido la idea loca de revivir La Pasión de Cristo 2020 a nuestra manera. Nada de procesiones multitudinarias en la Catedral, ni de ayunos eternos. Solo nosotros dos, en cuarentena, transformando la Semana Santa en algo prohibido y ardiente.
—Órale, Ana, ¿y si hacemos nuestra propia pasión? Como en la película, pero con final feliz —me dijo él esa tarde, con esa sonrisa pícara que me hacía derretir.
Yo lo miré desde el sofá, con el ventilador zumbando como un susurro caliente. Olía a café de olla recién hecho, mezclado con su colonia varonil que siempre me ponía la piel chinita. Javier era alto, moreno, con músculos forjados en el gimnasio y tatuajes que contaban historias de ranchos y noches locas. Yo, con mi cuerpo curvilíneo, tetas firmes y culo que él adoraba apretar, me levanté despacio, sintiendo ya el cosquilleo entre las piernas.
¿Por qué no? Pensé. Si el mundo está jodido, al menos nuestra pasión será épica.
Empezamos preparando el escenario en el patio trasero. Colgamos sábanas blancas de las vigas, pusimos velas aromáticas de vainilla y canela que perfumaban el aire como un incienso pecaminoso. Javier se vistió de Cristo: una túnica improvisada de sábana, corona de espinas falsas hechas con alambre y rosas secas. Yo era María Magdalena, con un vestido rojo ceñido que apenas tapaba mis muslos, el escote dejando ver el valle de mis pechos jadeantes.
El sol se ponía, tiñendo todo de naranja y rojo, como sangre divina. El sonido de los grillos empezaba a subir, y el viento cálido me rozaba la piel, erizándola. Javier se arrodilló frente a mí, con las manos atadas simbólicamente con una cuerda suave.
—Perdóname, Magdalena, por mis pecados —recitó él, con voz grave que vibraba en mi vientre.
Yo me acerqué, mis pies descalzos pisando la hierba fresca y húmeda. Mi corazón latía fuerte, como tambores de una conga callejera. Toqué su rostro barbado, áspero bajo mis dedos, y sentí su aliento caliente en mi palma.
—No hay pecado en el deseo, mi señor. Déjame ungirte con mi pasión.
Acto uno de nuestra obra privada. La tensión crecía lenta, como el calor que subía desde mi sexo. Le desaté las manos, y él me jaló hacia su regazo. Nuestros labios se rozaron primero, suaves, probando el sabor salado del sudor en su piel. Olía a hombre, a tierra mojada después de la lluvia, a promesas carnales.
Nos besamos con hambre contenida. Su lengua invadió mi boca, danzando con la mía, mientras sus manos grandes subían por mi espalda, desatando el vestido. El tela roja cayó como una cascada, dejando mis tetas al aire fresco de la noche. Mis pezones se endurecieron al instante, rosados y ansiosos por su toque.
¡Ay, wey! Cómo me encanta cuando me mira así, como si fuera su diosa pagana.
Él se incorporó, quitándose la túnica. Su verga ya estaba dura, palpitante, grueso tronco moreno que conocía tan bien. La toqué con timidez fingida, sintiendo el calor veinoso bajo mi palma, el pulso acelerado como mi propio corazón. Javier gimió, un sonido gutural que me mojó entera.
—Chíngame con los ojos primero, Ana. Hazme sufrir como en La Pasión de Cristo 2020.
Nos movimos al centro del patio, sobre un colchón mullido cubierto de pétalos de rosa. Yo lo empujé suave, él se dejó caer de espaldas, brazos abiertos en cruz. Me subí encima, mis rodillas hincadas a sus lados, mi coño rozando su polla sin penetrar aún. El roce era eléctrico, jugos míos lubricando su piel. Olía a sexo inminente, a almizcle femenino mezclado con su esencia masculina.
Acto dos, la ascensión del deseo. Empecé a moverme despacio, frotándome contra él, sintiendo cada vena, cada latido. Mis tetas rebotaban con el ritmo, y él las atrapó con sus manos, amasándolas, pellizcando pezones hasta que grité de placer. ¡Pendejo delicioso! Su boca se cerró en uno, succionando fuerte, lengua girando como un torbellino. Saboreé su cabello entre mis dedos, salado y revuelto.
—Más, Javier, dame más. Que esta pasión sea eterna.
Él volteó el juego, poniéndome debajo. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando suave, dejando huellas rojas como estigmas. Lamió mi ombligo, inhalando profundo mi aroma íntimo. Cuando llegó a mi monte de Venus, separó mis piernas con ternura. Su aliento caliente me hizo arquear la espalda. La lengua de Javier era un milagro: lamió mi clítoris hinchado, chupándolo como miel fresca. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes del patio, mezclado con el zumbido de las luciérnagas que empezaban a encenderse.
Esto es el cielo, no el calvario. Mi cuerpo arde, cada nervio en llamas.
Introdujo dos dedos gruesos en mi interior empapado, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca. Follando lento al principio, luego rápido, mientras su boca no paraba. Sentí la presión crecer, olas de placer subiendo desde mi vientre. Él aceleró, sabiendo leer mi cuerpo como un libro sagrado.
—Vente para mí, mi Magdalena. Libérate.
Explosión. Mi orgasmo llegó como un terremoto, jugos salpicando su rostro, piernas temblando incontrolables. Grité su nombre, ¡Javier, cabrón mío! Él lamió todo, bebiendo mi esencia con devoción.
Pero no paró. Me volteó boca abajo, levantando mi culo redondo. Su verga presionó mi entrada, resbaladiza y lista. Entró de un solo empujón suave, llenándome hasta el fondo. ¡Madre santa! El estiramiento era perfecto, dolor placentero que se volvía éxtasis. Empezó a bombear, lento primero, cada embestida rozando mis paredes sensibles. El sonido de piel contra piel era obsceno, chapoteos húmedos acompañados de nuestros jadeos.
Sus manos en mis caderas, tirando de mí hacia él. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más profundidad. Sudor corría por nuestras espaldas, goteando caliente. Olía a sexo puro, a pasión desbocada. Él se inclinó, besando mi nuca, mordiendo el lóbulo de mi oreja.
—Eres mi redención, Ana. Mi puta santa.
Aceleramos. Sus bolas golpeaban mi clítoris con cada estocada, enviando chispas. Sentí su polla hincharse más, lista para estallar. Yo estaba cerca otra vez, el placer acumulándose como tormenta.
Acto tres, la resurrección. Javier gruñó profundo, embistiendo salvaje. Yo me vine primero, contrayendo alrededor de él, ordeñándolo. Él se corrió segundos después, chorros calientes inundando mi interior, marca de su pasión. Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados, pulsos latiendo al unísono.
Nos quedamos así, bajo las estrellas que salpicaban el cielo negro. El aire fresco secaba nuestro sudor, dejando un brillo perlado en la piel. Javier me abrazó por detrás, su verga aún semi-dura dentro de mí, cálida y reconfortante. Besó mi hombro, suave ahora.
—La mejor Pasión de Cristo 2020 que pude imaginar, mi amor.
Yo sonreí, girando para mirarlo. Sus ojos brillaban con ternura post-coital. Olía a nosotros, a mezcla perfecta de amor y lujuria. El viento traía aroma de jazmines del jardín vecino, y los grillos cantaban himno de nuestra noche.
En este mundo loco, nuestra pasión es el verdadero milagro. Que siga la cuarentena si así nos une más.
Nos levantamos despacio, recogiendo pétalos pegados a la piel. Adentro, bajo la ducha caliente, nos lavamos mutuamente, risas y besos juguetones. Agua resbalando por curvas y músculos, jabón espumoso entre dedos curiosos. Esa noche dormimos pegados, soñando con más representaciones privadas.
La Pasión de Cristo 2020 no fue de sufrimiento, sino de gozo puro. Y nosotros, sus apóstoles del placer, la reviviremos cada vez que el deseo nos llame.