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Pasión de Gavilanes Capítulo 127 Fuego en las Venas

7355 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 127 Fuego en las Venas

La noche caía suave sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara, con el aroma a jazmín flotando en el aire cálido y el canto lejano de los grillos marcando el ritmo de la tranquilidad. Tú, Ana, te recuestas en el sofá de la sala amplia, con las luces tenues iluminando la pantalla del televisor. Es tu ritual nocturno: Pasión de Gavilanes, esa telenovela que te atrapa con sus dramas intensos y pasiones desbordadas. Hoy llega el capítulo 127, y sientes un cosquilleo en la piel solo de pensarlo. La historia de los hermanos Reyes y sus amores prohibidos te ha acompañado semanas, avivando fantasías que guardas en secreto.

En la pantalla, la tensión estalla. Los amantes se miran con ojos ardientes, sus cuerpos acercándose como imanes. El roce de sus manos, el jadeo ahogado, el beso que promete tormentas. Tú aprietas las piernas instintivamente, notando cómo el calor sube por tu vientre. Neta, qué chido sería vivir eso, piensas, mordiéndote el labio. El sudor perla en tu escote bajo la blusa ligera de algodón, y el aire acondicionado no alcanza a refrescar el fuego que enciende esa escena.

De pronto, la puerta principal se abre con un chirrido suave. Es Miguel, tu carnal desde hace dos años, regresando de su turno en el rancho. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te deshace. Lleva la camisa remangada, oliendo a tierra fresca y a su loción de sándalo que tanto te gusta. Te ve allí, absorta en la tele, y arquea una ceja.

—Órale, Ana, ¿otra vez con tu novela? —dice con voz grave, dejando las llaves en la mesa. Se acerca, sus botas resonando en el piso de loseta.

Tú giras la cabeza, sonrojada, pero no apagas la tele. El capítulo 127 sigue, con los protagonistas entregándose a un abrazo feroz.

—Es Pasión de Gavilanes, capítulo 127. Mira, wey, está cañón esta parte —respondes, señalando la pantalla. Tu voz sale ronca, traicionándote.

Él se sienta a tu lado, su muslo rozando el tuyo. El contacto envía una descarga eléctrica por tu piel. Miguel observa un momento, riendo bajito.

—Pos sí que hay pasión ahí. Pero neta, tú estás más prendida que ellos. ¿Qué traes, mi reina?

Su mano grande se posa en tu rodilla, subiendo despacio por el interior de tu muslo. El tacto áspero de sus dedos callosos, curtidos por el trabajo, te hace suspirar. Hueles su aroma masculino mezclado con el jazmín del jardín, y tu pulso se acelera.

¡Ay, Dios! Si sigue así, no respondo. Esa escena me tiene al borde, y él lo sabe.

Acto primero: la chispa. Te giras hacia él, capturando sus labios en un beso impulsivo. Miguel responde al instante, su lengua explorando tu boca con hambre contenida. Sabe a menta del chicle que masticaba en el camino, fresco y adictivo. Sus manos te alzan con facilidad, sentándote a horcajadas sobre él. Sientes su dureza presionando contra ti a través de la tela del pantalón, y un gemido escapa de tu garganta.

—Miguel... me traes loca —murmuras contra su cuello, lamiendo la sal de su piel sudorosa.

—Tú a mí, siempre, chula. Desde que te vi así, viéndote esa pasión de gavilanes... —Sus dedos desabotonan tu blusa, exponiendo tus pechos al aire fresco. Los acaricia con pulgares circulares, endureciendo tus pezones al toque.

El televisor sigue de fondo, los diálogos apasionados del capítulo 127 mezclándose con vuestros jadeos. Apagas el aparato con el control remoto, pero el fuego ya arde en vosotros.

Lo arrastras al dormitorio, la cama king size con sábanas de hilo egipcio esperándoos. La luna filtra rayos plateados por la ventana, iluminando su torso desnudo cuando se quita la camisa. Sus músculos se contraen bajo la piel bronceada, y tú trazas con las uñas el camino de vellos oscuros que bajan a su abdomen. Él te desnuda con reverencia, besando cada centímetro revelado: el hueco de tu clavícula, el valle entre tus senos, el ombligo.

Acto segundo: la escalada. Caéis en la cama, cuerpos entrelazados. Miguel te besa el vientre, bajando lento, torturándote con la barba incipiente rozando tu piel sensible. El olor de tu excitación llena el aire, almizclado y dulce. Su lengua encuentra tu centro, lamiendo con maestría, succionando el clítoris hinchado. Tú arqueas la espalda, clavando las uñas en su cabello.

¡Qué rico, cabrón! No pares... —suplicas, las caderas moviéndose al ritmo de su boca.

Siento cada roce como fuego líquido. Es mejor que cualquier novela, neta. Su lengua me lleva al cielo.

Él gruñe de placer, el sonido vibrando contra ti. Introduce dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que te hace ver estrellas. El sonido húmedo de tus jugos, el slap suave de su boca, el latido de tu corazón retumbando en oídos. Sudas, el calor de vuestros cuerpos mezclándose, piel resbaladiza.

Lo empujas hacia arriba, queriendo corresponder. Te arrodillas, tomando su verga en la mano. Dura como hierro, venosa, palpitante. La lames desde la base, saboreando la gota salada de precum. Miguel gime, echando la cabeza atrás.

—Ana, mi vida... qué chingona eres —jadea, su voz quebrada.

La chupas profundo, garganta relajada, manos masajeando sus bolas pesadas. Él tiembla, conteniéndose. Pero no lo dejas acabar aún. Te subes encima, frotando tu humedad contra su longitud. El roce es exquisito, lubricante natural facilitando el glide.

—Te quiero dentro, ya —exiges, empalándote despacio. Inch by inch, lo sientes estirarte, llenarte por completo. Ambos gritáis de placer, el ajuste perfecto.

El ritmo inicia lento, sensual. Sus manos en tus caderas guían, pero tú controlas, cabalgándolo con fuerza creciente. Pechos rebotando, sudor goteando entre vuestros cuerpos. El slap de carne contra carne, gemidos sincronizados, olor a sexo puro impregnando la habitación.

Es puro fuego, como en esa pasión de gavilanes. Pero esto es nuestro, real, ardiente.

Él se incorpora, chupando tus pezones mientras embistes abajo. Cambia posiciones: te pone de rodillas, penetrándote por detrás. Profundo, golpeando tu próstata interna. Una mano en tu clítoris, frotando circles rápidos. La tensión crece, espiral ascendente.

—Ven conmigo, mi amor —ruge en tu oído, mordisqueando el lóbulo.

El orgasmo te golpea como ola: contracciones violentas, chorros de placer, grito ahogado en la almohada. Él sigue, prolongando tu éxtasis, hasta que explota dentro, caliente y abundante, colapsando sobre ti.

Acto tercero: el resplandor. Quedáis tendidos, jadeantes, cuerpos pegajosos. Miguel te abraza por detrás, besando tu hombro. El aire se enfría, pero el calor persiste en vuestras pieles. Hueles a él, a vosotros, a satisfacción profunda.

—Eso fue mejor que cualquier capítulo —murmuras, riendo suave.

—Pos claro, porque es nuestra pasión, Ana. Como gavilanes, libres y fieros.

Te giras, besándolo lento. Reflexionas en silencio: la telenovela fue el detonante, pero esto es lo real. El capítulo 127 de Pasión de Gavilanes queda atrás, pero vuestra historia apenas comienza. Duermes en sus brazos, el corazón pleno, sabiendo que mañana habrá más fuego.

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