Pasión Capítulo 68 Fuego en la Piel
El sol de Puerto Vallarta se ponía como un chamaco juguetón detrás de las olas, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en el mar Caribe. Ana caminaba por la playa del hotel, con la arena tibia besándole los pies descalzos. Llevaba un pareo ligero atado a la cadera, que dejaba ver sus curvas bronceadas por días de sol mexicano. Hacía calor, ese bochorno pegajoso que hacía que el aire oliera a sal y coco, y su piel brillaba con un leve sudor que la hacía sentir viva, deseable.
Desde el bar de la piscina, Diego la había visto llegar. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba travesuras. Era el tipo de wey que te hace mojar con solo una mirada. Habían platicado toda la tarde, coqueteando con shots de tequila reposado que sabían a humo y tierra fértil. "Órale, Ana, ¿vienes a armar desmadre o qué?", le había dicho él, guiñando el ojo. Ella se rió, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo al sur.
Ana se detuvo junto a las palmeras, el viento jugándole con el cabello negro y largo. ¿Qué chinga estoy haciendo?, pensó. Hacía meses que no se soltaba así, desde que dejó a ese pendejo de ex que no sabía ni dónde tocar. Pero Diego... ay, Diego. Su voz grave, como ronroneo de jaguar, le removía todo por dentro. Se giró y lo vio acercarse, con una cerveza en la mano y el pecho desnudo marcado por músculos que pedían ser lamidos.
Es ahora o nunca, neta. Quiero sentirlo, olerlo, probarlo. Que me haga olvidar el mundo.
Él llegó a su lado, oliendo a protector solar y hombre sudado. "Pasión capítulo 68", murmuró juguetón, como si leyera su mente. "¿Listos para el siguiente rollo?". Ana arqueó la ceja, riendo bajito. "Si me convences, carnal". Sus manos se rozaron al tomar la cerveza, y ese toque eléctrico la hizo jadear suave. La tensión crecía como marea alta, el corazón latiéndole en los oídos como tambores de cumbia.
La noche cayó rápida, como siempre en la costa. Caminaron hacia la suite de él, el pasillo del hotel iluminado por luces tenues que bailaban en las paredes blancas. Dentro, el aire acondicionado zumbaba fresco, contrastando con el calor de sus cuerpos. Diego cerró la puerta con un clic que sonó a promesa. Ana se apoyó en la pared, mirándolo fijo. "Ven aquí, pendejo", susurró, con voz ronca de deseo.
Él se acercó lento, como depredador saboreando la caza. Sus labios rozaron los de ella primero, suaves, probando. Sabían a tequila y menta, un combo que la mareó. Ana abrió la boca, invitándolo, y sus lenguas se enredaron en un baile húmedo, caliente. Qué rico sabe, carajo, pensó ella mientras sus manos subían por el pecho de él, sintiendo los pelitos duros bajo las yemas, el latido acelerado como el suyo propio.
Diego la levantó en brazos, fuerte y seguro, llevándola a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. La recostó despacio, desatando el pareo con dedos temblorosos de anticipación. Su cuerpo desnudo quedó expuesto a la luz de la luna que se colaba por el balcón: pechos firmes, cintura estrecha, caderas que gritaban pecado. Él se quitó el short, revelando su verga dura, gruesa, palpitante. Ana la miró, lamiéndose los labios. "Chingón", murmuró, extendiendo la mano para tocarla. La piel era suave como terciopelo sobre hierro, caliente, y un hilo de pre-semen brillaba en la punta.
Pero no era solo físico. Ana sentía un torbellino adentro. ¿Y si es solo una noche? ¿Y si quiero más?. Diego lo notó en sus ojos, se inclinó y le besó el cuello, chupando suave hasta dejar una marca rosada. "Tranquila, mija, esto es nuestro. Tú mandas". Esas palabras la empoderaron, disipando dudas. Sus manos exploraron mutuamente: ella arañando su espalda, oliendo el sudor salado que perlaba su piel; él masajeando sus senos, pellizcando pezones que se endurecieron como piedras preciosas.
El beso bajó por su cuerpo. Diego lamió su ombligo, saboreando la sal de su piel, luego más abajo. Ana abrió las piernas, exponiendo su coño húmedo, hinchado de necesidad. El aroma almizclado de su excitación llenó la habitación, mezclándose con el perfume de jazmín del balcón. Él sopló suave, haciendo que ella arqueara la espalda. "¡Ándale, no me tortures!", gimió. Su lengua tocó el clítoris primero, un roce eléctrico que la hizo gritar bajito. Lamía despacio, círculos expertos, chupando el néctar dulce y salado que brotaba de ella. Ana enredó los dedos en su cabello, empujándolo más profundo, sintiendo vibraciones cuando él gemía contra su carne.
El placer subía como ola gigante. Sus muslos temblaban, el sonido de lengüetazos húmedos y jadeos llenaba el aire. Me voy a venir, neta, ya no aguanto. Diego metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto G que la volvía loca. Bombeó rítmico, mientras su boca no paraba. Ana explotó, un orgasmo que la sacudió entera: luces detrás de los ojos, pulso retumbando en oídos, coño contrayéndose alrededor de sus dedos, chorros de jugo empapando las sábanas. Gritó su nombre, "¡Diego, cabrón!", arqueándose como gata en celo.
Él subió, besándola para que probara su propio sabor, mezclado con el suyo. Ana lo volteó, montándolo a horcajadas. "Ahora yo", dijo feroz. Tomó su verga, frotándola contra su entrada resbaladiza. Se hundió despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba, estirándola deliciosamente. Qué chingón se siente, tan grueso, tan mío. Empezó a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulso. Sus tetas rebotaban, él las atrapó, chupando pezones con hambre.
El ritmo aceleró. La cama crujía bajo ellos, piel contra piel chapoteando sudor. Diego embestía desde abajo, profundo, golpeando ese spot que la hacía ver estrellas. "¡Más fuerte, wey!", rogaba ella. El olor a sexo impregnaba todo: almizcle, sudor, placer puro. Sus gemidos se mezclaban con el rumor del mar afuera, como sinfonía erótica. Ana sentía el orgasmo segundo construyéndose, tensión en el vientre, coño apretando su polla como vicio.
Él la volteó, poniéndola a cuatro patas. Entró de nuevo, agarrando sus caderas, follando con fuerza animal pero consentida, apasionada. "¡Sí, así, rómpeme!", gritaba ella. Sus bolas chocaban contra su clítoris, enviando chispas. Diego gruñó, "Me vengo, Ana, ¿dónde?". "Adentro, cabrón, lléname". Él explotó primero, chorros calientes inundándola, triggering su clímax. Ana se deshizo, temblando, gritando, olas de placer interminable.
Colapsaron juntos, enredados, jadeando. El sudor los unía, piel pegajosa y tibia. Diego la besó suave, la frente, las mejillas. "Eres fuego, reina". Ana sonrió, exhausta pero plena. Sintió su semen goteando, cálido, recordatorio de su unión. Afuera, la noche susurraba paz, olas calmadas ahora.
Pasión capítulo 68: no solo un polvo, sino un pedazo de alma compartida. Quiero más capítulos con él.
Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, con el aroma de su amor flotando. Mañana sería otro día, pero esta noche, en Puerto Vallarta, eran invencibles.