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Pasiones Personales Desatadas

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Pasiones Personales Desatadas

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te estuviera acariciando. Yo, Ana, acababa de salir de una semana de puro estrés en la oficina, con jefes pendejos gritando órdenes y deadlines que no daban tregua. Neta, necesitaba soltar la presión, desquitarme de una vez. Entré al bar La Catarina, con su luz tenue y el olor a tequila reposado flotando como una promesa. Ahí lo vi: Diego, alto, moreno, con esa sonrisa chueca que te hace pensar en travesuras. Sus ojos negros me escanearon de arriba abajo, y sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas cabronas revoloteando.

Me acerqué a la barra, pedí un margarita con sal, y él se paró a mi lado. Órale, preciosa, ¿vienes a conquistar o nomás a emborracharte? dijo con voz grave, ronca, que me erizó la piel de los brazos. Reí, juguetona: Las dos cosas, guapo. ¿Y tú qué traes? Charlamos de todo y nada: de la pinche ciudad que no duerme, de tacos al pastor que extrañamos en la madrugada, de cómo la vida nos obliga a guardar pasiones personales que queman por dentro. Él era arquitecto, con manos grandes y callosas que imaginé recorriendo mi cuerpo. Yo, diseñadora gráfica, siempre reprimida, siempre correcta. Pero esa noche, algo se rompió.

Salimos del bar tomados de la mano, el viento nocturno trayendo el aroma de jazmines de algún jardín cercano. Caminamos hasta su auto, un Jeep negro reluciente, y en el camino, su mano rozó mi cintura. Carajo, qué electricidad. Me subí, el cuero del asiento cálido contra mis muslos desnudos bajo el vestido corto. Arrancó, y mientras manejaba por Insurgentes, su mano derecha se posó en mi rodilla, subiendo despacio, trazando círculos con el pulgar. Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome en la garganta. ¿A dónde vamos? pregunté, voz temblorosa. A desatar demonios, respondió, y aceleró.

Llegamos a su depa en Lomas, un penthouse con vista al skyline de la CDMX, luces parpadeando como estrellas caídas. El elevador subía lento, y no aguanté: lo besé. Sus labios eran firmes, con sabor a tequila y menta, su lengua invadiendo mi boca con urgencia. Gemí bajito, presionando mi cuerpo contra el suyo, sintiendo su dureza contra mi vientre. Las puertas se abrieron, y tropezando entramos. Cerró con un pie, sin soltarme.

Esto es lo que necesitaba, neta. Dejar salir mis pasiones personales, sin culpas, sin mañana.

En la sala, con música de fondo —un corrido tumbado suave, sensual—, me quitó el vestido de un tirón. Quedé en brasier negro de encaje y tanga diminuta. Él se desabrochó la camisa, revelando un pecho tatuado con un águila mexicana, músculos definidos por horas en el gym. Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Mis manos exploraron su piel caliente, oliendo a colonia masculina y sudor fresco. Besé su cuello, mordisqueando suave, saboreando la sal de su piel. Mamacita, me vas a volver loco, gruñó, manos apretando mis nalgas.

Me levantó como si no pesara nada, llevándome a la recámara. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Se arrodilló entre mis piernas, besando mi interior de muslo, subiendo lento. El roce de su barba incipiente me hizo arquear la espalda, un jadeo escapando de mis labios. Su aliento caliente ahí abajo, ay Dios. Lamio mi tanga, húmeda ya, y la apartó con los dientes. Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo con maestría, círculos perfectos. Gemí fuerte, ¡Sí, cabrón, así! Mis manos enredadas en su pelo negro, empujándolo más profundo. El sabor de mi propia excitación en su boca cuando me besó después, salado y dulce.

Pero quería más. Lo volteé, boca abajo, y desabroché su cinturón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, piel suave sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él jadeaba, Chíngame con la boca, reina. Chupé profundo, garganta relajada, sintiendo cómo latía contra mi lengua. Sus caderas se movían, follándome la boca con cuidado, pero intenso. El sonido húmedo, obsceno, llenaba la habitación, mezclado con nuestros gemidos.

No aguantamos más. Me puso de rodillas, frente al espejo de cuerpo entero en la pared. Mírate, Ana, qué rica estás. Entró en mí de un empujón, llenándome por completo. ¡Puta madre, qué grande! El estiramiento delicioso, dolor placer mezclado. Embestía fuerte, manos en mis caderas, piel chocando con piel en palmadas rítmicas. Veía nuestros reflejos: mis tetas rebotando, su culo contraído, sudor brillando. Olía a sexo crudo, almizcle y deseo. Aceleró, un brazo alrededor de mi cintura, dedos en mi clítoris frotando. Vente conmigo, mi amor, susurró al oído, aliento caliente.

La tensión creció, espiral infinita. Mis paredes lo apretaban, pulsando. Grité su nombre, el orgasmo explotando como fuegos artificiales en el Zócalo: olas de placer sacudiendo mi cuerpo, piernas temblando, visión borrosa. Él gruñó profundo, corriéndose dentro, caliente, inundándome. Colapsamos en la cama, jadeantes, pieles pegajosas de sudor.

Después, en la calma, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón desacelerarse. Acaricié su espalda, trazando los tatuajes. Eso fueron mis pasiones personales saliendo a flote, murmuré. Él rio bajito: Y las mías también, preciosa. Neta, fue chingón. Hablamos en susurros, de sueños, de no arrepentirnos. El amanecer pintaba el cielo de rosa sobre las montañas, y supe que esto era solo el principio. Me había liberado, empoderada en mi propio fuego interior.

Nos duchamos juntos, agua caliente cascando sobre nosotros, jabón perfumado a vainilla. Sus manos en mi cuerpo otra vez, pero tiernas, lavando con devoción. Salimos envueltos en toallas, desayunando chilaquiles que él preparó —rojos, con crema y queso fresco, olor a cebolla y chile que me abrió el apetito. Nos besamos lentos, prometiendo más noches así. Al despedirnos en la puerta, con el sol ya alto, sentí una paz profunda. Mis pasiones personales ya no eran secretas; eran mías, vivas, listas para más.

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