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Relato de la Pasion de Cristo

7041 palabras

Relato de la Pasion de Cristo

Era una noche de esas que te prenden el alma en Polanco, con el skyline de la Ciudad de México brillando como diamantes falsos bajo las luces neón. Yo, Valeria, acababa de entrar al bar del hotel, con un vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa urbana. El aire olía a tequila reposado y perfume caro, mezclado con el humo sutil de cigarros electrónicos. Ahí lo vi: Cristo, un morro alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo su camisa blanca entreabierta, y un tatuaje en el pecho que asomaba como una corona de espinas estilizada. Neta, su nombre era Cristo, y desde el primer vistazo supe que este iba a ser mi relato de la pasión de Cristo, pero en versión carnal, prohibida y deliciosa.

Me acerqué a la barra, pidiendo un margarita con sal gruesa. Él estaba a dos pasos, platicando con unos cuates, pero sus ojos oscuros se clavaron en mí como si ya supiera todos mis secretos. "¿Qué onda, preciosa? ¿Vienes a salvarme de esta aburrida noche?" me dijo con esa voz grave, ronca, que vibraba directo en mi entrepierna. Reí, sintiendo el calor subir por mis mejillas. ¿Qué carajos, Valeria? Este wey te va a comer viva, pensé mientras le contestaba: "Neta que no, pendejo, vengo a pecar un rato. Soy Valeria."

Charlamos de todo y nada: de la pinche tráfico de Reforma, de tacos al pastor en la Condesa, de cómo la vida en la CDMX te obliga a buscar placer en cada esquina. Su mano rozó la mía al pasarme el shot de tequila, y juro que sentí electricidad, un cosquilleo que me erizó la piel de los brazos. Olía a sándalo y sudor fresco, ese aroma macho que te hace mojar sin permiso. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental.

Quiero lamer ese tatuaje, trazar cada línea con mi lengua hasta que gima mi nombre.
Al final de la plática, me invitó a su penthouse arriba. "Vamos a mi depa, te enseño unas vistas que te van a dejar sin aliento." No lo pensé dos veces. Subimos en el elevador privado, solos, y el aire se cargó de promesas.

El penthouse era un sueño: ventanales del piso al techo con la ciudad a nuestros pies, luces tenues, una cama king size en el centro como un altar pagano. Puso música, algo de Natalia Lafourcade mezclado con beats electrónicos, suave pero pulsátil. Me sirvió un vino tinto, y nos sentamos en el sofá de piel, tan cerca que sus muslos rozaban los míos. "Cuéntame de ti, Valeria. ¿Qué te apasiona?" preguntó, su aliento cálido en mi cuello. Le conté de mis días como diseñadora gráfica, de cómo el estrés me hacía anhelar escapes como este. Él sonrió, esa sonrisa lobuna, y su mano subió por mi pierna, lento, explorando el borde del vestido.

El primer beso fue fuego puro. Sus labios carnosos se aplastaron contra los míos, con sabor a tequila y menta, lengua invadiendo mi boca con hambre contenida. Gemí bajito, mis manos enredándose en su cabello negro, ondulado. Lo empujé contra el sofá, montándome a horcajadas, sintiendo su verga dura presionando contra mi coño a través de la tela. Puta madre, qué grande se siente este cabrón, pensé mientras frotaba mis caderas contra él, el roce enviando chispas por mi espina. Desabotoné su camisa, revelando ese torso esculpido, el tatuaje de la corona extendiéndose como venas vivas. Lo besé ahí, lamiendo la sal de su piel, inhalando su olor almizclado que me volvía loca.

Me quitó el vestido con maestría, sus dedos ásperos pero tiernos deslizándose por mi espalda, desabrochando el bra. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras, y él los devoró con la boca, chupando fuerte, mordisqueando lo justo para que doliera rico. "Eres una pinche delicia, Valeria. Quiero comerte entera." Sus palabras me empaparon más, el calor entre mis piernas era un río. Lo bajé al suelo, alfombra persa suave bajo mis rodillas, y le desabroché los pantalones. Su pija salió como un resorte, gruesa, venosa, con una gota de precum brillando en la punta. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, y la lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando su esencia salada, musgosa.

Cristo gruñó, un sonido animal que retumbó en mi clítoris. "Sí, mami, así, trágatela toda." La chupé profundo, garganta relajada, saliva escurriendo por mis labios, sus caderas empujando suave. El sonido era obsceno: slurps húmedos, sus jadeos roncos, mi propia respiración agitada. Me levantó como si no pesara nada, me llevó a la cama y me abrió de piernas. Su lengua en mi coño fue éxtasis: lamió mis labios hinchados, succionó el clítoris con maestría, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. Olía a mi propia excitación, dulce y agria, mezclada con su sudor.

No aguanto, wey, me vas a hacer venir ya.
Grité cuando el orgasmo me golpeó, olas de placer convulsionando mi cuerpo, jugos empapando su barbilla.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, nalgas en alto, y sentí la punta de su verga rozando mi entrada, resbalosa de deseo. "Dime que la quieres, Valeria. Dime que eres mía esta noche." "Sí, Cristo, chingame duro, hazme tuya." Entró lento al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. El tacto era perfecto: fricción ardiente, su pubis chocando contra mi culo con palmadas rítmicas. Sudábamos juntos, pieles resbalosas uniéndose, el slap-slap de carne contra carne sincronizado con nuestros gemidos. Aceleró, una mano en mi cadera, la otra jalándome el pelo, arqueándome como una yegua en celo.

Cambié de posición, queriendo verlo. Me monté encima, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando con cada bajada. Sus ojos fijos en los míos, manos amasando mis nalgas, pulgares rozando mi ano para más placer. Este es el verdadero relato de la pasión de Cristo, no el de la iglesia, sino este sudor, este fuego que nos consume. El clímax se acercaba, mis paredes contrayéndose alrededor de su pija, ordeñándolo. "Me vengo, Cristo, no pares!" Él rugió, embistiéndome más fuerte, y explotamos juntos: yo convulsionando, chorros calientes de su leche llenándome, goteando por mis muslos.

Colapsamos en la cama, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El aire olía a sexo crudo, a semen y fluidos mezclados, con la ciudad zumbando afuera como testigo indiferente. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante ralentizarse, su piel pegajosa contra la mía. "Neta que fuiste increíble, Valeria. Esto no termina aquí." Sonreí, trazando su tatuaje con el dedo.

Mi relato de la pasión de Cristo termina así: no con clavos ni cruz, sino con éxtasis compartido, con la promesa de más noches como esta.
Afuera, el amanecer teñía el cielo de rosa, y yo supe que había encontrado mi propia salvación en sus brazos.

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