Cañaveral de Pasiones Capítulo 68
El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral, tiñendo las hojas verdes de un brillo casi sobrenatural. Ana caminaba entre las altas cañas, sintiendo cómo el aire caliente y húmedo se pegaba a su piel morena. Llevaba un vestido ligero de algodón floreado que se adhería a sus curvas con cada paso, y el roce de la tela contra sus muslos la hacía pensar en él. En Ricardo, ese wey alto y fuerte que trabajaba cortando caña desde que eran chavos. Habían crecido juntos en este pueblo de Veracruz, pero últimamente, cada mirada que se cruzaban era como una chispa lista para incendiar todo.
¿Por qué carajos me pongo así nomás de verlo? se preguntó Ana mientras se adentraba más en el campo. El olor a tierra fértil y savia dulce llenaba sus pulmones, mezclado con el sudor que ya perlaba su frente. Recordaba la noche anterior, cuando en la fiesta del pueblo, sus manos se rozaron accidentalmente bajo la mesa. Ese toque había sido eléctrico, prometiendo mucho más. Hoy, le había mandado un mensajito: "Ven al cañaveral al mediodía. No me hagas esperar, nena." Y aquí estaba, con el corazón latiéndole como tambor de banda.
De repente, oyó el crujido de las cañas partiéndose. Ricardo emergió de entre las sombras verdes, su camisa abierta dejando ver el pecho velludo y brillante de sudor. Sus ojos oscuros la devoraron de arriba abajo, y una sonrisa pícara se dibujó en su cara curtida por el sol.
—Órale, Ana, qué buena onda que viniste —dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel—. Pensé que me ibas a dejar plantado como pendejo.
Ella se rio, acercándose con pasos lentos, sintiendo el pulso acelerarse en su cuello.
—Ni madres, Ricardo. Sabes que no puedo resistirme a ti. Este cañaveral siempre ha sido nuestro lugar secreto.
Él la tomó de la cintura, atrayéndola contra su cuerpo duro. El calor de su piel traspasaba la tela delgada, y Ana inhaló su aroma: mezcla de sudor masculino, tierra y un toque de colonia barata que lo hacía irresistible. Sus labios se rozaron en un beso tentativo, probando el salado de su boca, el sabor a café y tabaco que tanto le gustaba.
Esto es puro fuego, Ana. Si no me controlo, te voy a devorar aquí mismo, pensó ella, mientras sus lenguas se enredaban con urgencia creciente.
Las cañas los rodeaban como un muro vivo, susurrando con la brisa que mecía las hojas anchas. Ricardo deslizó una mano por la espalda de Ana, bajando hasta apretar su nalga firme. Ella gimió bajito, un sonido que se perdió en el viento, y presionó sus pechos contra él, sintiendo los pezones endurecerse al instante.
—Te deseo tanto, chula —murmuró él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible—. Desde que te vi anoche con ese vestido, no he parado de imaginarte así, mojada y lista para mí.
Ana sintió un cosquilleo entre las piernas, un calor líquido que la hacía apretar los muslos. Lo empujó suavemente contra un tronco grueso de caña, besándolo con más hambre, sus uñas arañando su espalda a través de la camisa.
El mediodía avanzaba, pero el tiempo parecía detenerse en ese rincón oculto del cañaveral de pasiones. Ricardo levantó el vestido de Ana, exponiendo sus piernas torneadas y las bragas de encaje rojo que había elegido esa mañana pensando en él. Sus dedos ásperos, endurecidos por el machete, rozaron el interior de sus muslos, subiendo despacio, torturándola con la promesa.
—Estás empapada, mi reina —gruñó, mientras sus dedos se colaban bajo la tela, encontrando su centro palpitante.
Ella jadeó, arqueando la espalda. El roce era eléctrico: callos contra suavidad húmeda, un contraste que la volvía loca. Qué chingón se siente esto, pensó, mientras él introducía un dedo, luego dos, moviéndolos con ritmo experto. El sonido húmedo de su excitación se mezclaba con los susurros de las cañas y sus respiraciones entrecortadas.
Ana no se quedó atrás. Bajó la cremallera de sus jeans, liberando su verga dura y gruesa, que saltó ansiosa. La envolvió con su mano suave, masturbándolo despacio, sintiendo las venas pulsantes bajo su palma. El olor almizclado de su arousal la embriagaba, y se lamió los labios antes de arrodillarse en la tierra blanda.
—Dame eso, cabrón —susurró, mirándolo con ojos brillantes.
Su boca lo acogió caliente y húmeda, lengua girando alrededor de la cabeza sensible, saboreando el precum salado. Ricardo gruñó, enredando los dedos en su cabello negro, guiándola sin forzar. El sol filtrado por las hojas danzaba sobre su piel, y el viento traía el eco lejano de los pájaros.
Pero querían más. Él la levantó, quitándole el vestido con urgencia. Desnuda ahora, Ana era una diosa morena bajo la luz moteada: pechos llenos con pezones oscuros erectos, caderas anchas invitadoras. Ricardo se desvistió rápido, su cuerpo musculoso brillando de sudor. La recostó sobre una capa de hojas caídas, suaves como una cama improvisada.
Entró en ella de un solo empujón lento, llenándola por completo. Ana gritó de placer, el estiramiento delicioso, sus paredes internas apretándolo como un guante. Es tan grande, tan perfecto, pensó, mientras él empezaba a moverse, embistiendo con fuerza controlada.
El ritmo creció: piel contra piel chapoteando, gemidos ahogados, el crujir de las cañas testigos mudos. Ella clavó las uñas en su espalda, oliendo el sudor que goteaba de su frente al caer sobre sus pechos. Cada penetración era más profunda, rozando ese punto que la hacía ver estrellas. Ricardo chupaba sus tetas, mordiendo los pezones, enviando ondas de placer directo a su clítoris.
No aguanto más, voy a explotar, se dijo Ana, sintiendo el orgasmo construir como una tormenta en el horizonte.
Él aceleró, sus bolas golpeando contra ella, el sonido obsceno y excitante. Ana se corrió primero, un éxtasis que la sacudió entera: músculos contrayéndose, jugos inundando, un grito primal que asustó a las aves cercanas. Ricardo la siguió segundos después, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro, chorros calientes pintando sus entrañas.
Jadeantes, se quedaron unidos, cuerpos temblando en la afterglow. El sol bajaba un poco, tiñendo el cañaveral de tonos anaranjados. Ricardo besó su frente sudorosa, acariciando su cabello.
—Eres lo mejor que me ha pasado, Ana. Este cañaveral de pasiones capítulo 68 de nuestra vida no lo voy a olvidar nunca.
Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con el dedo.
—Ni yo, mi amor. Pero ya quiero el 69.
Se rieron bajito, abrazados en la calidez del atardecer. El viento susurraba promesas de más encuentros, y el aroma de su sexo se mezclaba con la savia dulce, sellando su conexión eterna en ese paraíso verde.