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Escenas Sensuales de la Pasion de Cristo

7057 palabras

Escenas Sensuales de la Pasion de Cristo

Era una noche calurosa en el corazón de la Ciudad de México, de esas que te pegan el vestido al cuerpo con el sudor y te hacen antojar de algo fresco, pero sobre todo, de algo caliente. Yo, Ana, una morra de treinta tacos bien puestos, devota de la Virgen pero con un fuego adentro que ni las misas de medianoche apagaban, acababa de llegar a la casa de mi carnal, mi Jesús. No, no es coña, se llama así, y neta que parece sacado de un cuadro renacentista con esos ojos cafés profundos y esa sonrisa que te derrite las bragas.

Nos conocimos en una procesión de Semana Santa, él cargando una cruz de madera pesada, yo viéndolo sudar bajo el sol del Zócalo. Ahí nomás, entre rezos y incienso, sentí un cosquilleo en la panocha que no era de piedad. "Órale, carnal, ¿me das una mano con esto?", me dijo después, y desde entonces, hemos estado jugando a ser santos pecadores.

Esta noche, con velas parpadeando como en una iglesia clandestina y el aroma a copal flotando en el aire, le propuse algo loco. "

¿Y si recreamos las escenas de la pasión de Cristo, pero a nuestra manera? Sensuales, con todo el deseo que guardamos
", le susurré mientras le pasaba las uñas por el pecho desnudo. Él me miró con esa mirada de lobo disfrazado de cordero. "Neta, Ana? ¿Quieres que sea tu Cristo y tú mi María Magdalena arrepentida?" Su voz ronca me erizó la piel, y asentí, mordiéndome el labio.

Empezamos en el huerto de Getsemaní. Yo lo vendé los ojos con una tira de mi rebozo rojo, el mismo que usé en la última feria. "Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz", recitó él de rodillas, pero en vez de angustia, su mano subió por mi muslo, rozando la humedad que ya se filtraba por mis calzones. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano de la Reforma. Toqué su cara, áspera por la barba de tres días, y probé el salado de su sudor con la lengua. "No lo apartes, Jesús mío, bébelo todo de mí", le contesté, guiando su boca a mi cuello.

Su beso fue un incendio lento. Labios carnosos devorando mi piel, dientes rozando lo justo para que el placer doliera rico. Olía a hombre puro, a jabón de lavanda y ese musk natural que me volvía loca. Me recargué en la pared, las manos enredadas en su pelo negro, mientras él bajaba, besando el valle entre mis chichis, que ya se asomaban hinchadas por el brasier.

Esto no es pecado, es santificación del cuerpo
, pensé, mientras gemía bajito, "Ay, cabrón, no pares".

La traición de Judas llegó después. Yo fingí ser el traidor, acercándome con una moneda de chocolate que mordí y le pasé con la lengua. "Te entrego con un beso", le dije, y lo besé como si fuera el último, profundo, con lenguas enredadas y saliva dulce. Él gruñó, me levantó en brazos y me llevó a la cama, donde empezó la flagelación. No con látigo de verdad, qué pendejada, sino con caricias firmes, nalgadas suaves que resonaban en la habitación como aplausos prohibidos. Cada ¡zas! mandaba ondas de calor a mi centro, y yo arqueaba la espalda, oliendo mi propia excitación mezclada con la suya.

"Sufre por mí, Cristo mío", le pedí, y él se dejó atar las manos a la cabecera con mis medias de seda. Su verga ya estaba dura como piedra, apuntando al techo, venosa y palpitante. La toqué con la yema del dedo, sintiendo el pulso acelerado, y él jadeó, "Ana, neta me vas a matar de gusto". Bajé la cabeza, inhalando ese olor almizclado de pre-semen, y lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal picante. Su gemido fue música, grave y animal, vibrando en mi garganta mientras lo chupaba despacio, girando la lengua alrededor del glande.

El ascenso al Calvario fue puro tormento delicioso. Yo lo "azoté" con plumas y uñas, trazando surcos rojos en su pecho moreno. Él cargó una cruz improvisada –un madero del patio– hasta la cama, sudando ríos que yo lamía como ofrenda. El cuarto olía a sexo inminente, a piel caliente y velas derretidas. Me tendí abierta para él, piernas temblando, panocha hinchada y mojada, rogando en silencio

Ven, clávate en mí como en la cruz
.

Pero no fue rápido. Ahí vino la coronación de espinas: él me puso una diadema de rosas rojas, espinas suaves que picaban lo justo, y me besó la frente mientras sus dedos exploraban mi interior. Uno, dos, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. "¡Chingado, Jesús!", grité, el sonido de mis jugos chorreando audible en el silencio. Él sonrió, malvado santo, y lamió sus dedos, saboreándome. "Eres mi redención, morra".

La intensidad subía como la Procesión del Silencio. Sus dedos salían y entraban, el pulgar en mi clítoris frotando círculos perfectos. Yo me retorcía, uñas clavadas en sus hombros, oliendo el sudor fresco de su axila cuando lo jalé cerca. "Más", suplicaba, y él obedecía, metiendo la lengua ahora, lamiendo mis labios mayores como si fueran hostias consagradas. El sabor de mí en su boca después, cuando me besó, fue eucarístico, pecaminoso, perfecto.

En la crucifixión, lo desaté y me até yo a la cruz de almohadas. "Perdónalos, porque no saben lo que hacen", recitó él mientras se posicionaba entre mis piernas. Su verga rozó mi entrada, caliente, resbalosa, y empujó despacio, centímetro a centímetro. Sentí cada vena estirándome, llenándome hasta el fondo. El ardor inicial se volvió éxtasis puro, y grité su nombre –o el de Él– mientras embestía, piel contra piel chapoteando, pechos rebotando con cada ¡pum!.

Sus manos en mis caderas, marcándome con los pulgares, el ritmo acelerando como tambores de concheros. Olía a nosotros, a sexo crudo y devoción retorcida. "

Esto son las escenas de pasión de Cristo que nadie cuenta, las de carne y fuego
", pensé en medio del vértigo. Él se inclinó, mamando mi pezón izquierdo, dientes tirando suave, mientras su pelvis grindaba contra mi botón. "¡Ven conmigo, Ana, resucita en mí!", rugió, y el orgasmo me partió en dos.

Fue un maremoto: contracciones apretando su verga, jugos salpicando, visión borrosa de lágrimas de placer. Él se corrió segundos después, caliente chorros pintando mi interior, gruñendo como poseído. Nos quedamos así, clavados, pulsos latiendo al unísono, sudor enfriándose en la piel.

Después, en el afterglow, desaté todo. Nos acurrucamos entre sábanas revueltas, oliendo a nosotros, bebiendo agua fresca con limón que sabía a paraíso. "Neta, carnal, eso fue la resurrección", le dije riendo, trazando cruces en su pecho con el dedo. Él me besó la sien. "Y tú mi virgen eterna".

Las escenas de pasión de Cristo nunca volvieron a ser las mismas en mi cabeza. Ahora, cada Viernes Santo, en la quietud de la catedral, siento su mirada en la mía, y el fuego se enciende de nuevo. Porque la verdadera pasión no duele sola; quema, consume y salva.

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