El Color de la Pasion Capitulo 63
La noche en Polanco se sentía como un susurro caliente contra mi piel. Yo, Ana, acababa de salir de la regadera, con el cuerpo aún húmedo y perfumado a lavanda mexicana. El espejo del baño me devolvía la imagen de mis curvas, mis pechos firmes y esa mirada que gritaba ven y tómame. Hacía meses que no veía a Javier, mi carnal de toda la vida, ese pendejo que me volvía loca con solo una sonrisa. Pero esta noche, el color de la pasion captiulo 63 de nuestra historia estaba por escribirse. Lo invité a cenar, pretextando una plática de negocios, pero neta, lo que quería era sentirlo dentro de mí otra vez.
El timbre sonó como un latido acelerado. Abrí la puerta y ahí estaba él, con su camisa blanca ajustada que marcaba esos músculos de gym, el olor a su colonia terrosa mezclándose con el viento nocturno. Órale, qué chido verte, Ana, dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Lo abracé fuerte, sintiendo su calor filtrarse por mi bata de seda. Sus manos bajaron a mi cintura, y ya de entrada, supe que la tensión iba a explotar. Pasamos a la sala, con luces tenues y una botella de tequila reposado esperándonos. Brindamos por los viejos tiempos, pero mis ojos no dejaban de recorrer su cuello, imaginando mi lengua ahí.
—Neta, te extrañé, wey —le confesé, mientras servía otro trago. Él se acercó, su rodilla rozando la mía bajo la mesa de cristal. El aire se cargó de electricidad, como antes de una tormenta en el DF. Hablamos de todo y nada: su última expo de pinturas en la Roma, mi ascenso en la agencia de modas. Pero cada risa, cada mirada, era un preludio. Sentí mi entrepierna humedecerse solo con su proximidad, ese aroma masculino que me hacía morderme el labio.
¿Por qué carajos lo dejé ir? Este hombre es mi adicción, mi fuego personal. Hoy no hay vuelta atrás.
La cena fue ligera, tacos de arrachera con guacamole fresco que preparé yo misma, pero el verdadero banquete estaba por venir. Terminamos los platos y él me jaló de la mano hacia el sofá. Nuestros cuerpos se pegaron, su boca rozando mi oreja. Te deseo tanto, Ana, murmuró, y su aliento cálido me hizo temblar. Lo besé primero, suave, probando sus labios salados por el tequila. Luego, la lengua se enredó con la suya, un beso hambriento que sabía a pasión contenida. Sus manos subieron por mis muslos, abriendo la bata, exponiendo mi piel desnuda al aire fresco.
Acto dos de nuestra noche: la escalada. Me recargó contra los cojines, besando mi cuello mientras sus dedos trazaban círculos en mi ombligo. Qué rico hueles, como a mujer en celo, gruñó juguetón. Reí bajito, arañando su espalda. Pendejo, no pares. Bajó más, lamiendo mis pezones que se endurecieron al instante, como botones de fuego. El sonido de su succión era obsceno, húmedo, y yo gemía bajito, arqueando la espalda. Mi mano se coló en su pantalón, sintiendo su verga dura, palpitante, lista para mí. La apreté, y él jadeó contra mi piel, Chíngame con la mano, mi reina.
El cuarto olía a sexo inminente, a sudor ligero y a nuestro deseo mezclado. Lo desvestí despacio, saboreando cada centímetro de su torso moreno, esos abdominales que lamí con devoción. Él me volteó boca abajo, besando mi espinazo hasta llegar a mis nalgas. Sus dedos separaron mis labios, encontrando mi clítoris hinchado.
Internamente, luchaba con el recuerdo de nuestra ruptura: él con su ex, yo con mis miedos. Pero esta noche, el conflicto se disolvía en éxtasis. Esto es nuestro, solo nuestro, pensé mientras lo montaba. Me senté en su regazo, guiando su verga gruesa hacia mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Ay, wey, qué grande estás! Empecé a moverme, cabalgándolo como una diosa azteca, mis tetas rebotando con cada embestida. Él agarraba mis caderas, gruñendo, Te sientes como el paraíso, neta.
El ritmo aceleró, piel contra piel chapoteando, nuestros jadeos llenando la habitación. Sudor perlando su frente, yo lamiéndolo, salado y adictivo. Cambiamos posiciones: él encima, penetrándome profundo, sus bolas golpeando mi culo. Mírame a los ojos, Ana, ordenó, y lo hice, viendo el color de la pasión en sus pupilas dilatadas, ese rojo fuego que ardía entre nosotros. Mi orgasmo se acercaba, un nudo apretándose en mi vientre. Voy a venirme, pendejo, no pares. Él aceleró, sus embestidas brutales pero tiernas, y exploté. Grité su nombre, mi coño contrayéndose alrededor de él, olas de placer que me cegaron, el mundo reduciéndose a su cuerpo sobre el mío.
No tardó en seguirme. Me vengo, mi amor, rugió, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar dentro. Colapsamos juntos, exhaustos, sus brazos envolviéndome como un escudo. El afterglow fue puro: besos suaves, caricias perezosas en mi cabello húmedo. El olor a sexo impregnaba todo, mezclado con el jazmín del jardín. Nos quedamos así, respirando al unísono, mientras la ciudad zumbaba afuera.
Este capítulo 63 de el color de la pasion no termina aquí. Hay más noches, más fuegos por quemar.
Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, Javier me miró y dijo: ¿Sabes? Eres el color que le da vida a mi mundo. Sonreí, sabiendo que nuestra historia apenas comenzaba. El deseo inicial se había transformado en algo profundo, un lazo que nos unía más allá de la carne. Me acurruqué contra su pecho, escuchando su corazón latir tranquilo, y por primera vez en meses, me sentí completa. Polanco despertaba, pero nosotros, en nuestra burbuja de pasión, éramos eternos.