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Diario de una Pasion Parte 1

6501 palabras

Diario de una Pasion Parte 1

Querido diario, hoy neta que no sé por dónde empezar. Este cuaderno nuevo huele a papel fresco, a promesas de confidencias que nadie más va a leer. Me siento en mi balconcito del depa en la Condesa, con el ruido de los coches allá abajo y el aroma del café de la esquina colándose por la ventana. El sol de la tarde pinta todo de dorado, y mi piel todavía hormiguea del recuerdo. ¿Sabes? Llevo semanas sintiendo este vacío, como si mi cuerpo gritara por algo más que el trajín del día a día en la chamba. Y de repente, él. Alejandro. Un wey que conocí en esa fiesta del sábado pasado, en la casa de mi carnala Lupe.

Todo empezó inocente, ¿eh? Lupe me jala pa'l antro disfrazado de fiesta temática, con luces neón y reggaetón retumbando en los parlantes. Yo con mi vestido negro ajustadito, que me hace sentir como diosa, y unos tacones que me elevan el trasero de una forma chida. Sudor en el aire, mezclado con perfume caro y chelas frías. Bailando, moviendo las caderas, y de pronto lo veo: alto, moreno, con esa sonrisa pícara que dice "ven pa'cá, mamacita". Ojos cafés intensos, como chocolate derretido, y una camiseta que se le pega al pecho por el calor. Órale, pienso, este pendejo tiene algo que me acelera el pulso.

¿Por qué me mira así? Como si ya supiera lo que quiero sin que yo diga nada. Mi corazón late fuerte, siento el calor subiendo por el cuello.

Nos hablamos. "Qué onda, ¿vienes seguido por acá?", me suelta con voz grave, ronca por el ruido. Yo, juguetona: "Neta que no, pero hoy parece que valió la pena". Risas, roces casuales al bailar. Su mano en mi cintura, firme pero suave, enviando chispas por mi espina. Olía a colonia fresca, a limón y madera, y su aliento a menta cuando se acerca. La tensión crece con cada canción, cuerpos pegándose, sudor mezclándose. Al final de la noche, números de teléfono y un "te escribo mañana, guapa". Me voy a casa con las bragas húmedas y el cuerpo encendido.

Acto siguiente: el mensaje llega al mediodía del domingo. "Café en la Roma? Quiero verte sin tanto ruido". ¡Ay, wey! Mi estómago da volteretas. Me arreglo rápido: jeans que me abrazan las curvas, blusa escotada que deja ver justo lo suficiente, labios rojos como chile piquín. Llego al cafecito, con mesas de madera y olor a pan recién horneado. Él ya está ahí, con una sonrisa que ilumina todo. Nos sentamos cerca, rodillas rozándose bajo la mesa. Hablamos de todo: su curro en una agencia de diseño, mis locuras en marketing, sueños de viajar a la playa en Oaxaca. Pero entre líneas, la química explota. Sus dedos rozan los míos al pasarme el azúcar, y juro que siento electricidad.

"Tienes unos ojos que matan", me dice bajito, inclinándose. Yo me muerdo el labio, sintiendo el calor entre las piernas. "Tú no te quedas atrás, carnal". La plática vira sensual: "¿Qué te prende?", pregunta con picardía. Le confieso que me gustan los besos lentos, las manos explorando sin prisa. Él asiente, ojos brillando. "Yo quiero descubrir cada centímetro tuyo". Neta, mi cuerpo responde solo, pezones endureciéndose bajo la blusa, un pulso traicionero en mi centro.

Quiero que me toque ya. Siento mi piel ardiendo, el aire espeso con nuestro deseo. ¿Me atrevo a invitarlo?

La decisión sale sola: "Ven a mi depa, está cerca". Caminamos, su brazo alrededor de mi cintura, risas nerviosas. El elevador sube lento, y ahí, solos, nos devoramos. Sus labios en los míos, suaves al principio, luego urgentes, lengua danzando con sabor a café y promesas. Manos en mi pelo, en mi espalda baja, apretándome contra él. Siento su dureza presionando mi vientre, gruesa y lista. "Eres fuego", murmura contra mi boca. Mi aroma a vainilla se mezcla con el suyo, el aire cargado de feromonas.

Entramos al depa, puerta cierra con clic, y ya no hay vuelta atrás. Lo jalo al sofá, besos hambrientos mientras le quito la camisa. Piel morena, músculos firmes bajo mis palmas, salado al lamer su cuello. Gime bajito, "Sí, así, chula". Mis uñas rasgan suave su pecho, bajando a su cinturón. Él no se queda atrás: manos en mis senos, masajeando sobre la blusa, pulgares en pezones que duelen de placer. La quita de un tirón, brasier al piso. Boca en mi piel, chupando, mordisqueando. ¡Qué rico! Arqueo la espalda, jadeos llenando la habitación.

Caemos al piso, alfombra suave bajo nosotros. Jeans fuera, bragas rasgadas con impaciencia. Sus dedos encuentran mi humedad, deslizándose adentro, curvándose justo ahí. "Estás empapada, mija", ronronea. Yo gimo, caderas moviéndose al ritmo. "Más, pendejo, no pares". Le bajo el bóxer, su verga salta libre, venosa, palpitante. La acaricio, siento su calor, el pre-semen en mi lengua cuando la pruebo. Salado, adictivo. Él gruñe, empujándome suave a cuatro patas.

Esto es lo que necesitaba. Su cuerpo cubriéndome, posesión total pero con ternura. Mi clítoris late, rogando.

Entra despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno, perfecto. Empieza el vaivén, lento al inicio, piel chocando con palmadas húmedas. Sudor perla su frente, gotea en mi espalda. Huele a sexo puro, a nosotros. Acelera, una mano en mi cadera, la otra en mi clítoris, frotando círculos. Gritos míos, "¡Sí, cabrón, así! ¡Más fuerte!". Él responde con embestidas profundas, sacudiendo mi mundo. El orgasmo sube como ola, tensando todo, explotando en temblores. Muslos temblando, visión borrosa, grito ahogado. Él sigue, prolongando mi éxtasis, hasta que se tensa, gruñe mi nombre y se derrama dentro, caliente, pulsando.

Colapsamos, cuerpos enredados, respiraciones jadeantes. Su peso sobre mí reconfortante, besos suaves en mi hombro. "Eres increíble", susurra. Yo sonrío, acariciando su pelo húmedo. El cuarto huele a nosotros, a pasión consumada. Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, manos explorando perezosas. Jabón espumoso en curvas, risas compartidas.

Aquí estoy ahora, diario, con una sonrisa tonta y el cuerpo satisfecho pero ya ansiando más. Alejandro se fue hace rato, prometiendo volver. Este es solo el principio. Diario de una pasion parte 1, y ya quiero escribir la siguiente. Mi piel aún vibra, el eco de sus caricias. ¿Qué vendrá? Solo sé que por fin me siento viva, deseada, chida de verdad.

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