Pasión y Poder Capítulo 90 El Fuego del Dominio
La noche en Polanco caía como un velo de terciopelo negro, con las luces de los rascacielos titilando como estrellas caídas. Entré a mi penthouse en la cima del edificio más alto, el aroma a jazmín y cuero nuevo impregnando el aire. Llevaba el traje sastre negro que me hacía sentir invencible, mis tacones resonando contra el mármol pulido como un desafío. Pasión y poder, pensé, mientras recordaba el título de esa novela erótica que leía en secreto, ahora convertida en mi propia realidad. Capítulo 90 de mi vida con él.
Diego ya estaba ahí, recargado en la barra de la cocina, con una camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro en su pecho. Ese vato, con su mirada de depredador y sonrisa de pendejo encantador, era mi rival en los negocios, mi socio en la cama. "Buenas noches, jefa", dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel, sirviéndome un tequila reposado en un cristal tallado. El líquido ámbar brillaba bajo la luz tenue, y su olor fuerte, ahumado, me invadió las fosas nasales.
Me acerqué, sintiendo el roce de la seda de mi blusa contra mis pezones endurecidos por la anticipación. "¿Ganamos el contrato?", pregunté, tomando el vaso. Nuestros dedos se rozaron, una chispa eléctrica que me hizo apretar los muslos. Él asintió, sus ojos oscuros devorándome. "Sí, pero solo porque negocié como el diablo. Tú me diste el poder, Ana". Su aliento cálido rozó mi oreja cuando se inclinó, y el calor de su cuerpo me envolvió como una promesa.
Bebí un sorbo, el tequila quemándome la garganta, dulce y ardiente como el deseo que bullía en mi vientre. Lo empujé contra la barra, mis uñas clavándose en su camisa. "Muéstrame ese poder tuyo, carnal". Él rio bajito, un sonido gutural que vibró en mi pecho, y me atrapó la cintura con manos firmes, girándome hasta que mi espalda chocó contra el granito frío. El contraste me arrancó un jadeo.
Esto es pasión y poder, capítulo 90 de nuestra guerra privada, pensé, mientras sus labios rozaban mi cuello, su barba incipiente raspando mi piel sensible.
Acto primero de la noche: la provocación. Sus besos eran lentos, deliberados, mordisqueando el lóbulo de mi oreja mientras sus dedos desabotonaban mi blusa con maestría. El aire acondicionado zumbaba suave, pero mi piel ardía. Olía a su colonia, madera y especias, mezclada con el sudor incipiente que perlaba su frente. "Estás cañón esta noche", murmuró, deslizando la tela por mis hombros. Mis senos se liberaron, pesados y ansiosos, y él los acunó, su pulgar rozando los pezones hasta que dolieron de placer.
Le quité la camisa de un tirón, mis uñas arañando su espalda ancha. Sus músculos se tensaron bajo mi toque, duros como el mármol que nos rodeaba. Bajé la mano, sintiendo la erección presionando contra sus pantalones. "Qué chingón estás", le dije, apretando lo justo para oírlo gruñir. Ese sonido, animal y crudo, me mojó entre las piernas, el calor líquido empapando mis bragas de encaje.
Nos movimos al sofá de piel italiana, suave y tibio contra mi trasero desnudo cuando me quitó la falda. Él se arrodilló entre mis piernas abiertas, sus ojos fijos en mi sexo expuesto. El aroma de mi excitación flotaba pesado, almizclado, y él inhaló profundo, como si fuera su droga. "Déjame probarte, mi reina", susurró, su lengua plana lamiendo desde mi entrada hasta el clítoris hinchado. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes de cristal con vista al skyline.
Su boca era un tormento delicioso: chupaba, succionaba, metía la lengua adentro mientras sus dedos me abrían más. Sentía cada roce, cada vibración de su ronroneo contra mi carne sensible. Mis caderas se alzaban solas, buscando más, el placer construyéndose como una tormenta en mi bajo vientre. No pares, pendejo, dame todo, rogaba en silencio, mis manos enredadas en su cabello negro, tirando fuerte.
Pero él era maestro del control. Se apartó justo cuando el orgasmo asomaba, lamiéndose los labios brillantes con mis jugos. "Aún no, Ana. Quiero que ruegues". Me levantó como si no pesara nada, cargándome al dormitorio. La cama king size nos esperaba, sábanas de satén negro crujiendo bajo nosotros. El olor a lavanda de las velas flotaba, mezclado con nuestro sudor.
En el medio del acto, la escalada. Me tendió boca abajo, atándome las muñecas con su corbata de seda roja. No era atadura forzada; era mi elección, mi entrega voluntaria al poder que compartíamos. "Dime qué quieres", exigió, su voz un látigo de terciopelo. "Tú, Diego. Tu verga dentro de mí, chingándome hasta que grite". Rio, satisfecho, y sentí el colchón hundirse cuando se posicionó atrás.
El glande grueso rozó mi entrada, untándose en mi humedad. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome hasta el delicioso límite. Grité su nombre, el sonido ahogado en la almohada. Cada embestida era profunda, rítmica, su pelvis chocando contra mis nalgas con palmadas húmedas. El slap-slap-slap llenaba la habitación, sincronizado con mi corazón galopante. Sudor goteaba de su pecho a mi espalda, salado en mi lengua cuando volteé a lamerlo.
Sus manos everywhere: una en mi cadera, guiando; la otra en mi clítoris, frotando círculos rápidos. "Estás tan apretada, tan mojada por mí", gruñó, acelerando. Yo empujaba hacia atrás, encontrando su ritmo, el poder invirtiéndose en cada vaivén. Soy tu jefa, pero aquí eres tú quien manda, y me encanta, pensé, mientras el orgasmo crecía, una ola imparable.
Me volteó sin salir, ahora frente a frente. Nuestros ojos se clavaron, almas desnudas en ese instante. "Mírame cuando te corras", ordenó, y obedecí. Sus embestidas se volvieron brutales, el sonido de piel contra piel obsceno y adictivo. Mi concha palpitaba alrededor de su verga, ordeñándolo, y él hinchó más, golpeando ese punto dentro que me volvía loca.
El clímax me golpeó como un rayo: luces explotando tras mis párpados, un grito desgarrado saliendo de mi garganta. Ondas de placer me sacudían, jugos chorreando por mis muslos. Él siguió, prolongándolo, hasta que su propio rugido llenó el aire. Se corrió dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando sobre el mío.
En el final, el afterglow. Desató mis manos, besando las marcas rojas con ternura. Nos quedamos enredados, piel pegajosa contra piel, respiraciones jadeantes calmándose. El tequila olvidado en la barra, el skyline ahora un borrón de luces. "Eres mi todo, Ana. Pasión y poder, para siempre", murmuró, su dedo trazando mi espina dorsal.
Yo sonreí, saboreando el salado de su cuello.
Capítulo 90 completado. ¿Listo para el 91, mi rey?El aroma a sexo y satisfacción nos envolvía, prometiendo más noches de dominio compartido. En ese penthouse flotante, éramos invencibles, dos fuerzas fusionadas en éxtasis puro.