Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Cuando Se Lee La Pasión De Cristo En Tu Piel Cuando Se Lee La Pasión De Cristo En Tu Piel

Cuando Se Lee La Pasión De Cristo En Tu Piel

6649 palabras

Cuando Se Lee La Pasión De Cristo En Tu Piel

Era Viernes Santo en la Ciudad de México, y el aire de la noche traía ese olor a incienso quemado que se colaba por las ventanas entreabiertas. Tú y yo, solitos en mi depa de la Condesa, con las veladoras parpadeando sobre la mesita de noche. Órale, qué chido estar así, sin prisas, sin el desmadre de la calle, pensaste mientras te recargabas en mi pecho, tu cabeza apoyada en mi hombro desnudo. Yo traía el librito viejo de la Biblia que mi abuelita me dejó, abierto en la página de la Pasión de Cristo. "Vamos a leerla juntos, como en los viejos tiempos", te dije con voz ronca, y tú asentiste, tus ojos brillando con esa mezcla de devoción y picardía que me volvía loco.

La habitación estaba tibia, el ventilador zumbando bajito como un susurro. Tu piel olía a vainilla del baño que nos echamos juntos hace rato, y el calor de tu cuerpo contra el mío ya me tenía el corazón latiendo fuerte. Empecé a leer en voz alta: "Y cuando se lee la Pasión de Cristo, el aire se carga de algo sagrado, ¿verdad?". Mi voz grave resonaba suave, describiendo los clavos, la corona de espinas, el sudor y la sangre. Tú escuchabas atenta, tu mano trazando círculos perezosos en mi abdomen, bajando poquito a poco hacia la cintura de mi bóxer.

¿Por qué carajos esto me prende tanto? La agonía de él, y yo aquí sintiendo cómo mi wey se pone duro contra mi muslo
, pensabas, mordiéndote el labio.

Yo seguía leyendo, pero mi mente ya volaba. Sentía tu aliento caliente en mi cuello, tus tetas rozando mi brazo cada vez que te movías. "Pilato lo mandó azotar", recité, y de pronto tu uña se clavó juguetona en mi piel, como un eco de esos latigazos. Neta, este pendejo sabe cómo armar el ambiente, murmuraste en tu cabeza, y levantaste la cara para verme. Nuestras miradas se cruzaron, intensas, como si el sufrimiento del texto se transformara en un fuego que nos consumía a nosotros. Te besé despacio, saboreando el dulce de tu boca, con ese toque salado del sudor que ya perlaba tu frente.

El beso se profundizó, lenguas enredándose húmedas, mientras el libro caía olvidado al piso con un thud suave. Tus manos exploraban mi pecho, pellizcando mis pezones, y yo gemí bajito contra tu boca. "Sigue leyendo", susurraste traviesa, "quiero oírte cuando se lee la Pasión de Cristo y sientas mi mano aquí". Bajaste la palma hasta mi verga, que ya palpitaba dura bajo la tela. La apreté contra tu vientre, frotándola lento, sintiendo el calor que irradiaba de tu panocha a través de las panties de encaje.

Acto seguido, te volteé boca arriba en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio arrugándose bajo nosotros. El aroma a sexo empezaba a mezclarse con el incienso, espeso y embriagador. Te quité la blusa con calma, exponiendo tus chichis perfectas, los pezones erectos como botoncitos rosados implorando atención. Los chupé uno a uno, succionando fuerte, oyendo tus jadeos que se volvían gemidos roncos. ¡Ay, cabrón, no pares! gritaste en tu mente, arqueando la espalda. Mi lengua trazaba espirales húmedas, saboreando el salado de tu piel, mientras mi mano bajaba por tu panza suave hasta colarse entre tus piernas.

Allí estabas empapada, neta, tus labios hinchados y jugosos filtrando miel que olía a deseo puro. Metí un dedo despacio, sintiendo cómo tu coño me apretaba ansioso, y tú abriste las piernas más, invitándome. "Más", pediste con voz temblorosa, y yo obedecí, agregando otro dedo, moviéndolos en vaivén mientras mi pulgar rozaba tu clítoris hinchado. Tus caderas se mecían al ritmo, el colchón crujiendo, el sonido de tu humedad chorreando como música prohibida en esa noche santa.

Pero no quería que terminara tan rápido. Te senté a horcajadas sobre mí, tu culo redondo presionando mi polla dura. "Ahora tú lees", te ordené juguetón, pasándote el libro. Tus manos temblaban al hojearlo, y empezaste: "Cuando se lee la Pasión de Cristo, duele y excita a la vez". Tu voz se quebraba en las partes fuertes, los azotes, la cruz pesada. Yo te ayudaba, mis manos amasando tus nalgas, separándolas para rozar tu ano con la punta húmeda de mi verga. Este wey me va a volver loca, neta, pensabas, mientras leías de Jesús cargando la cruz, y yo te penetraba poquito a poco, centímetro a centímetro, estirándote delicioso.

Entré completo, sintiendo tus paredes calientes envolviéndome como terciopelo mojado. Empezamos a movernos lento, tú rebotando sobre mí, tus tetas saltando hipnóticas. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con tus ayes y mis gruñidos. Sudábamos a chorros, el olor almizclado de nuestros cuerpos invadiendo todo. Te agaché para mamar tus chichis mientras follábamos, mordisqueando suave, y tú aceleraste, cabalgándome como una diosa pagana en medio de la liturgia.

La tensión crecía, tu respiración entrecortada, mis bolas tensándose listas para explotar. Cambiamos de posición: te puse de perrito, admirando tu espalda arqueada, el sudor resbalando por tu espinazo hasta perderse en la curva de tu culo. Empujé profundo, agarrando tus caderas, sintiendo cómo tu coño me ordeñaba con cada embestida. "¡Chíngame más duro, pendejo!", gritaste, y yo obedecí, azotando suave tus nalgas rojas, el sonido ecoando como los latigazos del relato.

Tu orgasmo llegó primero, violento, tu cuerpo convulsionando, el coño contrayéndose en espasmos que me exprimían.

¡Virgen santísima, esto es el paraíso!
chillaste en tu cabeza, las uñas clavadas en las sábanas. Yo seguí pompiendo, prolongando tu placer, hasta que no aguanté más. Me corrí dentro de ti con un rugido gutural, chorros calientes llenándote, nuestras pelvis pegadas en un éxtasis compartido.

Nos desplomamos exhaustos, jadeantes, el libro olvidado en el suelo con las páginas abiertas en la resurrección. Te abracé por detrás, mi verga aún semidura dentro de ti, sintiendo las últimas contracciones. El incienso se apagaba, dejando un humo azulado que danzaba en la penumbra. "Qué chingón fue eso", murmuraste, volteando para besarme lento, saboreando el sudor salado en mis labios.

Nos quedamos así un rato, piel con piel, el pulso calmándose poco a poco. Afuera, las campanas de la iglesia repicaban lejanas, anunciando el fin de la Pasión. Pero la nuestra acababa de empezar, renovada, ardiente. Cuando se lee la Pasión de Cristo, a veces despierta la del cuerpo, pensaste sonriendo, y yo te apreté más fuerte, sabiendo que esta noche santa sería inolvidable.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.