Pasiones Segun la Biblia
El sol de mediodía caía a plomo sobre las calles empedradas de Coyoacán, pero adentro de la tiendita de antigüedades, el aire estaba fresco, cargado de ese olor a madera vieja y papel envejecido que me hacía sentir como si estuviera husmeando en los secretos de abuelas olvidadas. Yo, Ana, treintañera neta, con mi falda floreada pegada a las piernas por el calor, revolvía entre los libros polvorientos buscando algo que me sacara del tedio de mis clases de literatura en la uni. Fue ahí donde lo vi: un librito delgado, encuadernado en cuero gastado, con letras doradas deslavadas que decían Pasiones Según la Biblia. Órale, pensé, ¿qué pedo con esto? Lo abrí y las páginas crujieron como piel seca, revelando versos del Cantar de los Cantares reinterpretados con un toque picante, como si Salomón hubiera escrito porno sacro.
Me lo llevé a casa esa misma tarde, con el corazón latiéndome un poco más rápido de lo normal. Mi departamentito en la Roma era chido, con plantas colgando del balcón y una cama king size que parecía gritarme úsame cada noche. Esa noche, sola con una copa de vino tinto –de esos Oaxaqueños que saben a tierra fértil–, me tumbé en la cama y empecé a leer. "Tus pechos son como racimos de vid, como frutos maduros que gotean miel", decía un pasaje. Sentí un cosquilleo en el estómago, bajando hasta mis muslos.
¿Por qué carajos la Biblia me está poniendo cachonda? Esto no es normal, Ana, pero qué chingón se siente.Mis dedos rozaron mi blusa, el algodón suave contra mis pezones que se endurecían solos. Olía a mi perfume de jazmín mezclado con el sudor ligero del día, y el vino en mi lengua era dulce, como promesa de algo prohibido.
Al día siguiente, en el cafecito de la esquina, me topé con Diego. Wey, qué hombre: alto, moreno, con esa barba recortada que te imaginas raspando tu piel y esos ojos cafés que te desnudan sin pedir permiso. Nos conocíamos de vista, vecinos casuales que se saludaban con un "qué onda". Pero esa vez, con el libro asomando de mi mochila, me clavó la mirada. "¿Qué traes ahí, carnala? ¿Lectura heavy?", preguntó con esa voz ronca que vibra en el pecho. Le conté del librito, medio coqueta, y él se rio, ese laugh gutural que me erizó la nuca. "Neta, las pasiones según la Biblia son lo más cabrón. El Cantar de Salomón es puro fuego erótico. ¿Me lo prestas?". Le dije que mejor lo leyéramos juntos, y así, sin planearlo, terminamos en su depa esa misma noche, con tacos de suadero de la taquería de Don Chacho como preámbulo.
Acto primero: la cena. Su cocina olía a cebolla caramelizada y cilantro fresco, y mientras picábamos limones, nuestras manos se rozaban accidentalmente –o no tan accidental. "Mira esto", dije abriendo el libro en la mesa. Le leí en voz alta: "Que tu boca sea como el mejor vino, que corre suave hacia mi amado". Diego se acercó, su aliento cálido en mi oreja, oliendo a tequila reposado. Su piel huele a jabón de lavanda y hombre sudado, qué rico. Nuestras rodillas se tocaron bajo la mesa, un roce eléctrico que me hizo apretar los muslos. Él puso su mano en mi rodilla, subiendo despacio, preguntando con los ojos. Asentí, mordiéndome el labio. "Sigue leyendo, Ana. Quiero oír cómo suena tu voz cuando te excitas". El corazón me latía como tamborazo en tianguis, el pulso acelerado en mi cuello.
Pasamos a su sala, luces tenues de velas que parpadeaban sombras en las paredes blancas. Se sentó en el sofá de cuero negro, suave como caricia, y me jaló a su regazo. Yo me acomodé a horcajadas, sintiendo su dureza presionando contra mí a través de los jeans. "Las pasiones según la Biblia hablan de cuerpos que se buscan como imanes", murmuró, sus labios rozando mi clavícula. Desabotonó mi blusa lento, botón por botón, dejando que el aire fresco besara mi piel expuesta. Mis tetas, libres del brasier, se alzaron ante él, pezones duros como piedras preciosas. Él las tomó con manos callosas de artista –pintaba murales, wey–, masajeándolas suave al principio, luego apretando hasta que gemí.
¡Chingado, Diego, me estás volviendo loca! Cada toque es como fuego bíblico, puro pecado consentido.Olía a su sudor salado, mezclado con mi aroma de excitación, ese musk dulce que llena el aire.
La tensión subía como olla exprés. Le quité la playera, lamiendo su pecho ancho, saboreando la sal de su piel, el vello rizado que raspaba mi lengua. Bajé la cremallera de sus pantalones, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. "Qué hermosa eres, mi paloma", recité del libro, mientras la tomaba en mi mano, sintiendo el calor vivo, el pulso acelerado como mi propio corazón. Él jadeaba, "Ana, neta, eres mi Salomón en falda". Me levantó la falda, dedos hundiéndose en mi calzón húmedo, rozando mi clítoris hinchado. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mis caderas moviéndose solas contra su mano. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. "Estás chorreando, mi reina", dijo, voz ronca. Lamí su verga desde la base hasta la punta, saboreando la gota perlada, salada y amarga como ofrenda.
El medio acto se volvía tormenta. Me tumbó en el sofá, besando mi cuello, mordisqueando suave, dejando marcas rojas como sellos divinos. Bajó por mi vientre, lengua trazando círculos en mi ombligo, hasta llegar a mi concha depilada, labios hinchados y listos. "Déjame beber de ti", susurró, y su boca se hundió ahí, chupando mi clítoris con hambre santa. Sentí lengüetazos largos, succiones que me arqueaban la espalda, el sofá crujiendo bajo nosotros. Mis manos en su pelo, jalando, gritando "¡Sí, Diego, así, cabrón!". El olor a sexo nos envolvía, sudor, jugos, todo mezclado en éxtasis. Él se incorporó, verga lista, y yo la guié adentro, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome delicioso. Empezamos lento, embestidas profundas que chocaban piel con piel, slap slap slap, eco rítmico como salmos.
Aceleramos, yo encima ahora, cabalgándolo como yegua salvaje, tetas botando, uñas clavadas en su pecho. "¡Más fuerte!", exigí, y él obedeció, caderas subiendo para clavarse hondo. El clímax se acercaba, tensión en espiral: mis músculos contrayéndose alrededor de él, su verga hinchándose más.
Esto son las pasiones según la Biblia, puras, crudas, hechas carne. No hay culpa, solo placer bendito.Grité primero, orgasmo rompiéndome en olas, jugos chorreando por sus bolas, cuerpo temblando. Él me siguió segundos después, gruñendo mi nombre, llenándome caliente, pulsos interminables.
El final fue afterglow puro. Nos quedamos pegados, sudorosos, respiraciones entrecortadas calmándose juntas. Su mano acariciaba mi espalda, trazando versos imaginarios. "Qué pedo, Ana, eso fue épico", murmuró, besando mi frente. Yo sonreí, oliendo nuestro amor en las sábanas revueltas –nos habíamos mudado a la cama sin darnos cuenta. Las pasiones según la Biblia no mienten: el cuerpo es templo, y hoy lo profanamos con gozo. Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando pecados inventados, risas y besos suaves. Salimos a la terraza, noche estrellada sobre la ciudad, tacos fríos como sobras, pero el calor entre nosotros ardía eterno. Diego me abrazó por atrás, susurro en mi oreja: "Volvemos a leer mañana?". Asentí, sabiendo que esto era solo el principio de nuestras escrituras privadas.