Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Demonio Pasión de Cristo Demonio Pasión de Cristo

Demonio Pasión de Cristo

7172 palabras

Demonio Pasión de Cristo

Las calles de mi pueblo en Jalisco olían a incienso y a copal quemado, con el eco de las matracas y los tambores retumbando en el pecho como un corazón acelerado. Era Viernes Santo, y la representación de la Pasión de Cristo atraía a todo el mundo. Yo, Laura, de veintiocho años, con mi falda floreada pegada a las piernas por el calor húmedo de la noche, me había colado entre la multitud para ver el drama otra vez. No por devoción, la neta, sino porque el año pasado había visto a él.

El demonio. No el diablo chueco de las estampitas, sino un carnal alto, moreno, con ojos que brillaban como brasas bajo la máscara roja. Lo llamaban el Demonio de la tentación, el que susurraba al oído de Jesús en el desierto. Su voz grave, ronca, se me había metido hasta los huesos. Esa noche, mientras el Cristo cargaba la cruz de madera astillosa, él apareció en el escenario improvisado de la plaza, con el cuerpo aceitado reluciendo bajo las luces de los reflectores. Olía a sudor masculino mezclado con tierra mojada, y cuando sus ojos negros me encontraron entre la gente, sentí un cosquilleo en la concha que me dejó las bragas empapadas.

¿Qué chingados me pasa? Esto es pecado, pero ¿y si Dios lo puso ahí para tentarme?

La procesión terminó con el clavo en la cruz y los lamentos de las marías, pero yo no me moví. Me quedé rezagada, fingiendo ajustar mi rebozo, hasta que lo vi bajar del escenario. Se quitó la máscara, revelando una mandíbula cuadrada, labios carnosos y una sonrisa de pendejo confiado. Se acercó, oliendo a hombre puro, a testosterona y a algo salvaje, como el mezcal que se fermenta en las bodegas.

Mi reina, ¿te gustó el show? —dijo, su voz tan profunda que vibró en mi clítoris.

Tragué saliva, sintiendo el pulso latiendo en mi cuello. —Simón, wey. Eres el demonio más chulo que he visto.

Rió, una carcajada que erizó mi piel. Se llamaba Diego, actor de Guadalajara que venía cada año a actuar. Hablamos de la obra, de cómo el demonio pasión de Cristo era el verdadero protagonista, el que daba el fuego a la historia. Sus manos rozaron mi brazo al pasarme una cerveza fría de las que vendían en la esquina, y el contacto fue eléctrico, como si su piel quemara la mía.

—Ven, camina conmigo —me dijo, y yo, como poseída, lo seguí hasta una callejuela apartada, lejos del bullicio. El aire estaba cargado de jazmín nocturno y del aroma de susaxilas sudadas. Nos sentamos en una banca de piedra, aún tibia del sol del día. Sus muslos rozaron los míos, duros como rocas bajo los pantalones ajustados.

Ahí empezó todo. Sus dedos juguetearon con un mechón de mi pelo negro, y yo sentí el calor subiendo por mi vientre. Esto es malo, Laura, pero se siente tan bien. Le conté de mi vida: soltera después de un novio mamón, trabajando en la tiendita de mi tía, soñando con algo más que misas y tortas. Él escuchaba, sus ojos devorándome, y de pronto su mano se posó en mi rodilla, subiendo despacio por el interior del muslo.

—Eres fuego, mamacita —murmuró, su aliento caliente en mi oreja, oliendo a tabaco y menta—. Quiero probarte.

Mi corazón galopaba, los pezones duros contra la blusa de algodón. Lo besé primero, mis labios chocando con los suyos suaves y exigentes. Su lengua invadió mi boca, saboreando a sal y deseo, mientras sus manos amasaban mis tetas por encima de la tela. Gemí bajito, el sonido perdido en la noche, y él me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome a su cuarto en la posada cercana.

La habitación olía a sábanas limpias y a vela de parafina. Me tiró en la cama con gentileza bruta, sus ojos ardiendo. Se quitó la camisa, revelando un torso esculpido, pectorales firmes con vello negro rizado, abdomen marcado que bajaba hasta el bulto en sus jeans. Yo me desabroché la blusa temblando, mis tetas grandes saltando libres, pezones morenos erectos pidiendo su boca.

Soy el demonio de tu pasión, Laura. Déjame follarte como Cristo no podría, pensé recordando sus palabras en la obra.

Se arrodilló entre mis piernas abiertas, besando mi ombligo, lamiendo el sudor salado de mi piel. Sus manos subieron la falda, arrancando las bragas con un tirón que me hizo jadear. Mi concha depilada brillaba húmeda, hinchada de ganas. Él sopló suave, el aire fresco contrastando con mi calor, y luego su lengua ancha la rozó, saboreando mis jugos dulces y cremosos.

¡Ay, cabrón! ¡Qué rico! —grité, mis caderas arqueándose. Lamía despacio, chupando el clítoris con succiones que me volvían loca, metiendo dos dedos gruesos que curvaba adentro, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Olía a mi excitación almizclada, a sexo puro, y el sonido de su boca chupando era obsceno, chapoteante.

Lo jalé del pelo, obligándolo a subir. Le desabroché los jeans, y su verga saltó libre: gruesa, venosa, de al menos veinte centímetros, la cabeza morada goteando precum. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, palpitando caliente. La masturbé despacio, sintiendo cada vena, mientras él gemía ronco.

Chúpamela, mi amor —suplicó, y yo obedecí, abriendo la boca para tragármela hasta la garganta. Sabía a hombre, salado y almizclado, el glande golpeando mi paladar. Lo mamé con hambre, saliva corriendo por mi barbilla, mis tetas rebotando al ritmo.

No aguantó más. Me volteó boca abajo, azotando mi culo redondo con palmadas que ardían delicioso, dejando marcas rojas. Me puso de rodillas, la verga rozando mi raja empapada. —Dime que la quieres.

¡Sí, métemela toda, demonio! —rogué, y él empujó, centímetro a centímetro, estirándome hasta el fondo. El dolor placer me hizo gritar, sus bolas peludas chocando contra mi clítoris. Embestía fuerte, el catre crujiendo, sudor goteando de su pecho a mi espalda. Cada embestida era un trueno, su verga frotando mis paredes, golpeando el cervix con precisión demoníaca.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis caderas, yo rebotando, tetas saltando, el sonido de carne contra carne llenando la habitación. Lo cabalgaba rápido, mi clítoris rozando su pubis piloso, el orgasmo construyéndose como tormenta. Él pellizcaba mis pezones, gruñendo: —¡Córrete, puta mía! ¡Sé mi pasión!

Exploté primero, un tsunami de placer que me dejó temblando, chorros calientes mojando su verga. Él se corrió segundos después, llenándome de leche espesa, caliente, que chorreaba por mis muslos. Colapsamos jadeando, pieles pegajosas de sudor, el cuarto oliendo a sexo crudo y satisfacción.

Después, en la penumbra, su cabeza en mi pecho, acariciando mi pelo. —El demonio pasión de Cristo no es malo, Laura. Es vida, es fuego que quema las cadenas.

Sonreí, besando su frente. Por primera vez, no sentía culpa, solo plenitud. Afuera, el alba teñía el cielo de rosa, y yo sabía que esta noche había renacido. No como santa, sino como mujer dueña de su deseo.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.