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Pasión Capítulo 58 Llamas del Alma

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Pasión Capítulo 58 Llamas del Alma

Ana sintió el corazón latiéndole como tambor en el pecho mientras subía las escaleras del edificio en Polanco. El aire de la noche mexicana traía ese olor a jazmín y tacos de la esquina, mezclado con el perfume de su propia excitación. Hacía semanas que no veía a Marco, su pendejo favorito, ese wey que la volvía loca con solo una mirada. Esta noche era especial, como si fuera el capítulo 58 de su pasión infinita, donde todo se desataba sin frenos.

Él abrió la puerta con esa sonrisa pícara, camisa entreabierta dejando ver el vello oscuro en su pecho moreno. Órale, qué chido verte, mi reina, murmuró con voz ronca, jalándola adentro. Sus labios chocaron al instante, un beso hambriento que sabía a tequila reposado y promesas calientes. Ana jadeó cuando las manos grandes de Marco se colaron bajo su blusa ajustada, rozando la piel suave de su espalda. El departamento olía a incienso de copal y a él, ese aroma masculino que la hacía mojarse sin remedio.

Pinche Marco, siempre sabes cómo prenderme el fuego. Esta noche no te escapas, te voy a comer entero, pensó ella, mientras sus lenguas bailaban en un tango salvaje.

Se separaron solo para respirar, riendo como chavos traviesos. Ven, siéntate, dijo él, guiándola al sofá de piel negra. Sirvió dos shots de tequila con limón y sal, lamiéndole la mano para poner la sal, chupando despacio su piel salada. Ana sintió un escalofrío subirle por el brazo directo al centro de su panocha, que ya palpitaba ansiosa. Hablaron de todo y nada: del tráfico infernal de Reforma, de esa novela que veían juntos, de cómo extrañaban follar como animales.

La tensión crecía como tormenta en el DF. Sus rodillas se rozaban, dedos jugaban en los muslos. Marco la miró fijo, ojos negros brillando. Neta, Ana, no aguanto más. Quiero sentirte mía, toda tuya. Ella asintió, mordiéndose el labio, el pulso acelerado latiéndole en las sienes. Se levantaron pegados, cuerpos enredándose camino al cuarto. La luz tenue de las velas parpadeaba, proyectando sombras danzantes en las paredes blancas.

En el umbral, Marco la arrinconó contra la puerta, besándola el cuello, mordisqueando suave esa piel sensible que la hacía gemir bajito. Ay, wey, sí, ahí... Sus manos expertas desabrocharon el brasier, liberando sus chichis firmes, pezones duros como piedras. Él los lamió con devoción, succionando uno mientras pellizcaba el otro, enviando ondas de placer directo a su clítoris hinchado. Ana arqueó la espalda, oliendo su propio aroma de mujer excitada mezclándose con el sudor salado de él.

Caída en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia, Ana lo jaló encima. Le quitó la camisa de un tirón, besando cada centímetro de torso definido, saboreando el salado de su piel. Estás cañón, cabrón, susurró, bajando la cremallera de sus jeans. La verga de Marco saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con venas marcadas. Ella la tomó en mano, sintiendo el calor pulsante, el terciopelo sobre acero. La masturbó lento, viendo cómo él cerraba los ojos y gruñía como fiera.

Esto es puro vicio, mi amor. Tu verga es mi adicción, neta que me muero por tenerla adentro.

Marco no se quedó atrás. Le bajó el short de mezclilla, exponiendo sus nalgas redondas y la tanga empapada. Mira nada más cómo estás de mojada por mí, mi chula, dijo con voz juguetona, metiendo dos dedos bajo la tela. Ana soltó un grito ahogado cuando los hundió en su coño resbaloso, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca. El sonido chido de jugos siendo removidos llenó la habitación, junto con sus jadeos sincronizados. Él lamía su oreja, susurrando guarradas: Te voy a follar hasta que grites mi nombre, hasta que no puedas caminar.

La tensión escalaba, cuerpos sudados pegándose y despegándose. Ana lo empujó boca arriba, montándolo como amazona. Se quitó la tanga de un movimiento, frotando su panocha húmeda contra la punta de su pija. El roce era eléctrico, clítoris rozando glande, lubricante natural mezclándose. Entra ya, pendejo, no me hagas rogar, rogó ella, bajando despacio. Sentir esa invasión gruesa la estiró delicioso, paredes internas abrazándolo como guante. Marco gruñó profundo, manos en sus caderas guiándola.

Cabalgó con ritmo creciente, chichis rebotando, pelo suelto azotando su espalda. El slap slap de carne contra carne era música erótica, mezclada con gemidos y el crujir de la cama. Él se incorporó, mamando sus tetas mientras embestía de abajo, polla golpeando profundo. Ana sentía cada vena frotando sus paredes, el orgasmo construyéndose como volcán. ¡Más duro, cabrón! ¡Sí, así! Sudor corría por sus cuerpos, olor a sexo puro invadiendo todo.

Cambiaron posiciones, Marco la puso a cuatro, admirando su culo perfecto. Entró de nuevo, esta vez salvaje, pellizcando nalgas, jalando pelo suave. Ana empujaba hacia atrás, coño apretando su verga como no querer soltarla. Estás tan rica, Ana, tan apretadita... me vas a sacar la leche, jadeó él. Ella giró la cabeza, besándolo torpe, lenguas chocando. El placer subía en espiral, vientre contrayéndose, piernas temblando.

¡Ya viene, pinche éxtasis! Este capítulo de nuestra pasión es el mejor, wey.

El clímax la golpeó como rayo. Ana gritó, coño convulsionando alrededor de su pija, chorros de jugo empapando sábanas. Marco la siguió segundos después, rugiendo mientras llenaba su interior de semen caliente, pulso tras pulso. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones agitadas calmándose lento. Él la besó la frente, suave ahora, terno. Te amo, mi vida. Esto es lo que necesitaba.

Ana sonrió, acurrucada en su pecho, escuchando el latido fuerte de su corazón. El aire olía a sexo satisfecho, a ellos dos fundidos. Fuera, la ciudad bullía con luces y sirenas lejanas, pero aquí dentro era paz pura. Capítulo 58 completado, amor. ¿Listo para el 59?, bromeó ella, trazando círculos en su piel. Marco rio bajito, apretándola más. En ese afterglow, sabían que su fuego nunca se apagaría, pasión eterna como las noches mexicanas.

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