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Pasión de Gavilanes Hijo de Norma y Juan

6416 palabras

Pasión de Gavilanes Hijo de Norma y Juan

El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda Pasión de Gavilanes, tiñendo de oro las colinas verdes y el aire cargado de jazmín y tierra húmeda. Yo, Miguel, hijo de Norma y Juan, acababa de regresar de la ciudad después de años estudiando agronomía. Mis viejos me esperaban con los brazos abiertos, pero lo que no esperaba era toparme con ella: Isabella, la sobrina de los capataces, que había crecido convertida en una mujer de curvas que quitaban el aliento. Su piel morena brillaba bajo el sombrero de ala ancha, y esos ojos negros como el café de olla me clavaron en el sitio desde el primer vistazo.

¿Qué chingados me pasa? pensé mientras la veía cargar un canasto de mangos maduros, el sudor perlándole el escote de la blusa ajustada. —¡Ey, Miguel! ¡Bienvenido, wey! —gritó ella con esa voz ronca que parecía acariciar el aire—. ¿Ya te olvidaste de cómo se vive en el rancho?

Me acerqué, oliendo su aroma a vainilla y sol, y le di un abrazo que duró un segundo de más. Sus tetas se apretaron contra mi pecho, firmes y calientes, y sentí un cosquilleo en la verga que me hizo tragar saliva. —No, Isabella, cómo me voy a olvidar. Solo necesitaba un respiro de la pasión de Gavilanes que corre por mis venas, hijo de Norma y Juan como soy.

La tarde se estiró con charlas en el porche, bebiendo pulque fresco que bajaba dulce y fresco por la garganta. Norma, mi jefa, nos observaba con una sonrisa pícara, recordándome las historias de cómo conoció a mi padre: pasión pura, sin frenos. —Hijo, la sangre Reyes no se queda quieta —me dijo guiñando el ojo. Isabella reía, cruzando las piernas enfundadas en jeans rotos que marcaban su culo redondo. Cada roce accidental de su mano en mi muslo enviaba chispas por mi espina.

Esta chava me va a volver loco. Su risa suena como música ranchera, y huele a todo lo que quiero probar.

Al caer la noche, la fiesta del rancho prendió con mariachis y tequila reposado. El fuego de la fogata crepitaba, lanzando sombras danzantes sobre los cuerpos sudorosos. Isabella me jaló a bailar un corrido pegadito, su cadera ondulando contra la mía al ritmo de las guitarras. Sentí su aliento caliente en mi cuello, mezclado con el humo de la leña y el perfume de su piel. —Estás más guapo que nunca, Miguel —susurró, mordiéndose el labio—. ¿Sigues siendo el mismo pendejo que se escapaba a besuquearse con las vecinas?

La agarré de la cintura, mis dedos hundiéndose en su carne suave, y la pegué más. Mi verga ya estaba dura como palo, presionando contra su vientre plano. —Ese pendejo creció, Isabella. Ahora sabe lo que quiere. Y te quiere a ti, entera.

El deseo crecía como tormenta en el horizonte, pero nos frenamos cuando Juan, mi padre, gritó por más tragos. Nos escabullimos detrás del granero, donde el aire olía a heno seco y tierra mojada por el rocío. Ella se recargó en la pared de madera áspera, jadeando. —Miguel, no seas mamón. Si nos cachan...

La besé entonces, un beso hambriento que sabía a tequila y mango. Sus labios carnosos se abrieron, su lengua danzando con la mía, húmeda y audaz. Gemí contra su boca, mis manos subiendo por sus muslos, sintiendo el calor que irradiaba de su panocha a través de la tela. Ella arañó mi espalda, clavándome las uñas, y mordió mi labio inferior hasta sacar un hilillo de sangre que lamió con deleite.

No aguanto más. Quiero sentirla temblar debajo de mí.

La llevé a mi cuarto en la casa principal, sorteando las risas lejanas de la fiesta. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo se redujo a nosotros. La desvestí despacio, saboreando cada centímetro: la blusa cayó revelando pechos perfectos, pezones oscuros endurecidos como chiles secos. Los chupé con hambre, succionando hasta que arqueó la espalda y gimió "¡Ay, cabrón, sí!". Su piel sabía a sal y deseo, y el olor de su excitación llenaba la habitación, almizclado y embriagador.

Isabella me quitó la camisa con urgencia, lamiendo mi pecho velludo, bajando hasta desabrochar mis jeans. Mi verga saltó libre, gruesa y palpitante, y ella la tomó en su mano suave, masturbándome lento mientras me miraba con ojos de fuego. —Mira lo que me provocas, wey. Está chingona y lista para mí.

La tumbé en la cama de sábanas frescas, besando su ombligo, su monte de Venus cubierto de vello negro rizado. Separé sus piernas, oliendo su esencia íntima, y lamí su clítoris hinchado. Ella se convulsionó, enredando sus dedos en mi pelo, gritando mi nombre mientras su jugo dulce me inundaba la boca. —¡Más, Miguel! ¡Cómetela toda, hijo de la chingada!

El ritmo subió cuando me posicioné entre sus muslos. Entré en ella de un solo empujón, su coño apretado y húmedo envolviéndome como terciopelo caliente. Gemimos juntos, el sonido de carne contra carne mezclándose con sus jadeos y mis gruñidos. La embestí profundo, sintiendo cada contracción de sus paredes internas ordeñándome. Sudor nos unía, resbaloso y salado, mientras sus tetas rebotaban al compás.

Es como si el rancho entero vibrara con nosotros. La pasión de Gavilanes corre por mis venas, y ella es mi llama.

Cambié posiciones, ella encima ahora, cabalgándome como jinete experta. Sus caderas giraban, frotando su clítoris contra mi pubis, y yo apreté su culo, azotándolo suave hasta dejar marcas rojas. —¡Sí, pendejo, así! ¡Dame todo! —rugió, sus uñas rasguñando mi pecho. El clímax nos alcanzó como relámpago: ella se tensó, su coño convulsionando en oleadas, gritando mientras mojabas las sábanas. Yo exploté dentro, chorros calientes llenándola, mi cuerpo temblando en éxtasis puro.

Quedamos jadeantes, enredados, el aire pesado con olor a sexo y piel saciada. Isabella trazó círculos en mi pecho con su dedo, sonriendo perezosa. —Eso fue la pasión de Gavilanes de verdad, hijo de Norma y Juan. No como las novelitas que cuenta tu jefa.

La besé suave, probando el afterglow en su lengua. Afuera, los mariachis seguían, pero en nuestro mundo, todo era paz. Mañana el rancho seguiría girando, pero ahora sabía que Isabella y yo éramos el nuevo fuego de esta tierra. La sangre Reyes no miente: pasión eterna, consensual y ardiente como el sol de mediodía.

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