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Deseo Amor y Pasion en Llamas

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Deseo Amor y Pasion en Llamas

La noche en Polanco estaba viva con el bullicio de la ciudad que nunca duerme. Las luces de neón parpadeaban sobre las banquetas llenas de parejas elegantes y risas que se mezclaban con el aroma a tacos al pastor de los puestos callejeros. Yo, Ana, acababa de salir de una larga jornada en la oficina, con el cuerpo cansado pero el alma inquieta. Llevaba un vestido rojo ceñido que acentuaba mis curvas, y mis tacones resonaban contra el pavimento mientras caminaba hacia el bar de la esquina. No sabía que esa noche deseo amor y pasion me iba a envolver como un incendio.

Entré al lugar, un antro chido con música de cumbia rebajada sonando bajito y meseros guapos sirviendo tequilas premium. Me senté en la barra, pedí un margarita con sal, y sentí el frío del vidrio contra mi palma sudorosa. Entonces lo vi. Javier, mi ex de la uni, con esa sonrisa pícara que siempre me derretía. Estaba más guapo que nunca, con camisa blanca desabotonada mostrando un pecho moreno y fuerte, y jeans que marcaban lo que yo recordaba tan bien.

¿Qué chingados hace él aquí? Mi corazón late como tambor en fiesta patronal. No puedo dejar que me vea así de nerviosa, pero neta, solo con mirarlo ya siento cosquilleo entre las piernas.

—Órale, Ana, ¿tú por acá? —dijo acercándose, su voz grave como un ronroneo que me erizó la piel.

Nos abrazamos, y su olor a colonia cara mezclada con sudor fresco me invadió las fosas nasales. Hablamos de todo y nada: el pinche tráfico de la CDMX, los carnales que se casaron, el trabajo que nos chinga. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía. Sus ojos cafés me recorrían el cuerpo sin disimulo, y yo no podía evitar morder mi labio inferior cada vez que sus dedos rozaban mi brazo al gesticular.

Bebimos más, el tequila calentándome la sangre, soltando mi lengua. Le conté cómo extrañaba esa chispa que solo él encendía en mí. Él confesó lo mismo, su mano ahora descansando en mi muslo bajo la barra, un toque inocente que prometía tanto. Deseo amor y pasion, pensé, ya ardía en mis venas como chile en nogada.

Salimos del bar tomados de la mano, el aire nocturno fresco contrastando con el calor que nos salía por los poros. Caminamos hasta su depa en una torre reluciente de la colonia, el viento jugando con mi pelo y trayendo ecos de mariachis lejanos. En el elevador, no aguantamos más. Sus labios se estrellaron contra los míos, urgentes, saboreando a tequila y menta. Mi espalda contra la pared metálica fría, sus manos en mi cintura apretándome con fuerza posesiva pero tierna.

La puerta del departamento se abrió con un clic, y entramos enredados, tropezando con muebles que no importaban. Su sala era minimalista, con ventanales que mostraban las luces de Reforma como estrellas caídas. Me quitó el vestido de un tirón suave, dejando mi piel expuesta al aire acondicionado que me puso los pezones duros como piedras. Él se desnudó rápido, su verga ya erecta, gruesa y venosa, palpitando por mí.

¡Madre santa, qué prieta está! La quiero en mi boca ya, sentir su sabor salado, su pulso contra mi lengua. Pero no, déjalo rogar un poquito más.

Lo empujé al sofá de piel negra, suave y fresco bajo mis rodillas mientras me arrodillaba. Lo miré a los ojos, esos pozos de lujuria, y lamí la punta de su miembro, saboreando la gota perlada que brotaba. Gimió, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. Lo chupé despacio al principio, mi lengua trazando venas, mis labios estirándose alrededor de su grosor. Él enredó sus dedos en mi cabello, no jalando, sino guiando con cariño. Pendejito, pensé riendo por dentro, siempre tan caliente.

—Ana, mi reina, neta me vas a matar —jadeó, su pecho subiendo y bajando rápido.

Me levantó como si no pesara nada, sus brazos musculosos envolviéndome. Me llevó a la cama king size, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros. Me tendió boca arriba, besando cada centímetro de mi piel: cuello, pechos, ombligo. Sus dientes rozaron mis pezones, enviando descargas eléctricas directo a mi entrepierna húmeda. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su sudor varonil.

Separó mis piernas con delicadeza, sus dedos explorando mis pliegues resbalosos. Gemí cuando encontró mi clítoris, frotándolo en círculos lentos que me arquearon la espalda. Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas. El sonido húmedo de mi coño chupando sus dedos era obsceno, delicioso, como música prohibida.

¡Ay, Javier, no pares! Siento el orgasmo construyéndose, como ola en Acapulco a punto de romper. Pero quiero más, te quiero dentro, llenándome.

—Dime qué quieres, preciosa —susurró contra mi oído, su aliento caliente.

—Fóllame, cabrón, hazme tuya —rogué, mi voz ronca de necesidad.

Se posicionó, la cabeza de su verga presionando mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El placer era abrumador: su calor llenándome, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Empezó a moverse, embestidas profundas y rítmicas, el choque de piel contra piel resonando en la habitación. Sudábamos, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. Lo monté después, cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas.

La tensión crecía, mis uñas clavándose en su pecho, su boca en mi cuello mordisqueando. Olía a sexo puro, a deseo amor y pasion desatado. El clímax llegó como terremoto: yo primero, gritando su nombre mientras mi coño se contraía en espasmos, jugos empapando las sábanas. Él me siguió segundos después, gruñendo, su semen caliente inundándome, pulso tras pulso.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y fluidos. Su corazón latía contra mi oreja, un tambor de victoria. Besos suaves ahora, lenguas perezosas explorando bocas hinchadas. El aire olía a nosotros, a victoria compartida.

Esto es más que un revolcón. Siento su amor en cada caricia post-sexo, esa pasion que no se apaga. ¿Será para siempre? Neta, no importa, por esta noche soy feliz.

Nos duchamos juntos después, agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón perfumado deslizándose por curvas y músculos. Reímos como pendejos, recordando anécdotas de juventud. Salimos envueltos en toallas, pedimos room service: chilaquiles con huevo y café de olla humeante. Comimos en la cama, hablando de sueños futuros, de viajes a la Riviera Maya, de un nosotros posible.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa sobre la ciudad, nos amamos de nuevo, más lento, más profundo. Sus manos trazando mapas en mi espalda, mis labios adorando su piel salada. No hubo prisas, solo conexión pura, deseo amor y pasion que se convertía en algo eterno.

Me fui de su depa con piernas temblorosas y sonrisa boba, el sabor de él aún en mi boca, su esencia dentro de mí. La CDMX despertaba a mi alrededor, pero yo llevaba un fuego interno que nadie apagaría. Javier y yo, renacidos en llamas.

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