Abismo de Pasión Capítulo 126
La noche en Guadalajara caía como un manto de terciopelo negro, cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, ansiosa. Yo, Rosa, había llegado a la fiesta en la hacienda de mi amiga Lupe con el corazón latiéndome a mil por hora. Hacía años que no veía a Alejandro, ese wey que me había marcado el alma y el cuerpo con su forma de mirarme, como si quisiera devorarme entera. Llevaba un vestido rojo ceñido que se pegaba a mis curvas como una segunda piel, y el aroma de mi perfume de jazmín flotaba alrededor, mezclándose con el humo de los cigarros y el olor dulce del tequila reposado.
La música de banda retumbaba en el patio, con trompetas que vibraban en el pecho y guitarras que invitaban a mover las caderas. Estaba platicando con unas morras cuando lo vi entrar. Alto, moreno, con esa camisa blanca abierta un poco en el pecho, mostrando el vello oscuro que tanto me gustaba acariciar. Sus ojos negros me encontraron al instante, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo recordara cada roce de sus manos ásperas de tanto trabajar en su taller de motos.
¿Qué chingados hace él aquí? Neta, mi panocha ya se está mojando solo de verlo. No puede ser, Rosa, contrólate, pero órale, qué rico se ve.
Me acerqué con una cerveza en la mano, fingiendo casualidad. "¡Ey, wey! ¿Qué onda, Alejandro? ¿Cuánto tiempo?" Le di un abrazo rápido, pero su cuerpo duro contra el mío me traicionó. Olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, ese olor macho que me volvía loca. "Rosa, mi reina, estás de poca madre", murmuró cerca de mi oído, su aliento cálido rozándome la oreja. Bailamos un corrido, sus manos en mi cintura, apretándome justo lo suficiente para que sintiera su calor a través de la tela. Cada giro, su muslo rozaba el mío, y el roce de su verga semi-dura contra mi nalga me hizo jadear bajito.
La tensión crecía como una tormenta. Nos separamos un rato, pero sus miradas me seguían, quemándome la piel. Me serví un shot de tequila, el líquido ardiente bajando por mi garganta, avivando el fuego en mis entrañas. Esto es como el Abismo de Pasión capítulo 126 que vi en la tele de chava, puro drama y deseo que te jala al fondo, pensé, recordando esas novelas donde el amor te arrastra sin remedio.
Al rato, me jaló a un lado del jardín, donde las luces tenues de las guirnaldas pintaban sombras suaves en su rostro. "No aguanto verte así, Rosa. Me tienes loco desde que entraste." Su voz ronca era como terciopelo raspado. Lo empujé contra la pared de adobe, aún tibia del sol del día. "Tú eres el pendejo que me dejó, carnal. Pero neta, te extrañé." Nuestros labios chocaron en un beso salvaje, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y menta. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su espalda mientras sus manos bajaban a mi culo, amasándolo con fuerza.
Acto de escalada: Nos escabullimos a una habitación de huéspedes en la hacienda, la puerta cerrándose con un clic que sonó como promesa. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas crujiendo bajo nuestro peso. Me quitó el vestido de un tirón, exponiendo mis tetas llenas y mi tanga empapada. "Mírate, toda mojada por mí", gruñó, lamiendo mi cuello, bajando hasta mis pezones duros como piedras. El sonido de su chupeteo húmedo llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos. Olía a nuestra excitación, ese almizcle salado que enloquece.
Le desabroché los pantalones, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y el pulso acelerado. "Qué chingona está, Alejandro. Siempre me llenas perfecto." Me arrodillé, mi lengua trazando la vena desde la base hasta la cabeza, saboreando el pre-semen salado. Él gemía, enredando sus dedos en mi cabello. "Simón, chúpamela rico, mi amor." Lo hice despacio al principio, succionando, luego más rápido, el sonido obsceno de mi boca llena resonando.
Su sabor, su grosor en mi garganta... esto es el abismo, puro vicio. No quiero salir nunca.
Me levantó como si no pesara nada, tirándome a la cama. Sus dedos expertas separaron mis labios, frotando mi clítoris hinchado. "Estás chorreando, mija." Metió dos dedos, curvándolos justo en mi punto G, mientras su pulgar giraba en círculos. Grité, arqueándome, el placer eléctrico subiendo por mi espina. Olía a mi propia humedad, dulce y pecaminosa. Lamí su cuello, mordisqueando, mientras él me comía el pucho con hambre, su lengua plana lamiendo de abajo arriba, chupando mi clítoris como si fuera un dulce.
La intensidad subía. "Chíngame ya, pendejo, no aguanto." Se puso un condón –siempre responsable, mi wey– y se hundió en mí de un solo empujón. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, mis tetas rebotando. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo, mis caderas girando, sintiendo su verga golpear profundo. Sudor nos cubría, goteando, el aire cargado de nuestros gemidos y el crujir de la cama.
Él debajo, embistiéndome fuerte, sus manos en mis caderas guiándome. "Te amo, Rosa, siempre." Sus palabras me derritieron, el lazo emocional apretándose con cada estocada. Mi orgasmo llegó como avalancha, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre mientras ondas de placer me sacudían, mi concha pulsando, jugos chorreando. Él se vino segundos después, rugiendo, su verga hinchándose dentro de mí.
Nos quedamos jadeando, enredados, su pecho subiendo y bajando contra mis tetas. El olor a sexo impregnaba todo, mezclado con nuestro sudor salado. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Esto fue el abismo de pasión capítulo 126 de nuestra historia, carnal", susurré, riendo bajito. Él me apretó contra él. "Y hay más capítulos, mi reina."
La luna entraba por la ventana, bañándonos en plata. Me sentía plena, empoderada, dueña de mi deseo. Mañana sería otro día, pero esta noche, en sus brazos, todo era perfecto. El pulso se calmaba, pero el fuego latente prometía más.