Pasión Cap 66
La villa en la Riviera Maya brillaba bajo la luna llena, con el mar Caribe susurrando promesas saladas contra la arena blanca. Yo, Ana, me miré en el espejo del baño, ajustando el bikini negro que apenas contenía mis curvas. Hacía calor, un bochorno pegajoso que hacía que mi piel se perlase de sudor, y el aroma a coco de mi loción se mezclaba con el jazmín del jardín. Habían pasado semanas desde nuestra última escapada, y esta noche era especial: Pasión Cap 66. Así lo llamábamos Luis y yo, numerando cada encuentro como capítulos de nuestra novela privada, llena de fuego y secretos compartidos.
Salí al balcón, descalza sobre las baldosas frías que contrastaban con el calor de mi cuerpo. Luis estaba ahí, recargado en la barandilla, con una camisa blanca abierta que dejaba ver su pecho moreno y musculoso, forjado en gimnasios y playas mexicanas. Su mirada me recorrió como una caricia, deteniéndose en mis pechos, en mis caderas. "Órale, nena, estás cañón esta noche", dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel, mientras se acercaba con una sonrisa pícara. Lo abracé, sintiendo su dureza contra mi vientre, el olor de su colonia cítrica invadiendo mis sentidos. Nuestros labios se rozaron apenas, un beso juguetón que prometía más.
Nos sentamos a la mesa del jardín, iluminada por velas que parpadeaban como estrellas caídas. El tequila reposado en vasos de cristal helado bajaba suave por mi garganta, quemando dulce y despertando un cosquilleo en mi bajo vientre. Hablamos de todo y nada: de la neta locura del tráfico en Cancún, de cómo el sol nos había bronceado la piel, de planes para surfear mañana. Pero bajo las palabras, la tensión crecía. Su pie rozaba el mío bajo la mesa, subiendo lento por mi pantorrilla, enviando chispas eléctricas por mi espina. "Esta es nuestra Pasión Cap 66, ¿sabes? La que no olvidaremos", murmuró, sus ojos oscuros clavados en los míos, llenos de hambre contenida.
Mi mente divagaba en recuerdos. La primera vez, Cap 1, en un motel de Guadalajara, torpes y urgentes. Ahora, después de sesenta y cinco noches de explorarnos, sabíamos cada rincón del otro. Pero cada capítulo era nuevo, como si fuéramos amantes eternos. Me levanté, fingiendo casualidad, y me acerqué a él por detrás, mis manos deslizándose por su pecho, sintiendo los latidos acelerados de su corazón bajo mis palmas. Él giró, me jaló a su regazo, y el mundo se redujo a su boca devorando la mía. El beso fue profundo, lenguas danzando con sabor a tequila y deseo, sus manos apretando mis nalgas con fuerza posesiva pero tierna.
Qué chido es esto, pienso, mientras su barba raspa mi cuello. No hay nada como Luis, este cabrón que me hace sentir viva, deseada, poderosa.
La noche avanzaba hacia el clímax del capítulo. Me llevó adentro, a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. La habitación estaba a oscuras salvo por la luz plateada de la luna filtrándose por las cortinas. Se quitó la camisa con lentitud deliberada, revelando abdominales que lamí con la mirada, imaginando su sabor salado. Yo desaté mi bikini, dejando que cayera al piso como una ofrenda. Desnuda ante él, sentí el aire acondicionado erizar mis pezones, endureciéndolos como piedritas rosadas.
Luis se arrodilló frente a mí, sus manos grandes subiendo por mis muslos, abriéndolos con gentileza. "Mírate, tan mojada ya, mi reina", gruñó, su aliento caliente contra mi sexo. Su lengua tocó mi clítoris, un roce eléctrico que me hizo arquear la espalda. Gemí, un sonido gutural que llenó la habitación, mientras él lamía con maestría, saboreando mis jugos dulces y salados. Mis dedos se enredaron en su cabello negro, tirando suave, guiándolo. El placer subía en olas, mi pulso retumbando en oídos, el olor almizclado de mi arousal mezclándose con su sudor masculino. Cada chupada era una promesa, cada mordida ligera un fuego que me consumía por dentro.
No aguanté más. Lo empujé a la cama, montándolo como una amazona. Su verga estaba dura como piedra, gruesa y venosa, palpitando en mi mano mientras la acariciaba, sintiendo la piel aterciopelada sobre acero. La guié a mi entrada, bajando despacio, centímetro a centímetro, hasta llenarme por completo. "¡Ay, wey, qué rico te sientes!", jadeé, mis paredes internas apretándolo, moldeándose a él. Comencé a moverme, caderas girando en círculos lentos, sintiendo cada roce contra mi punto G. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones, enviando descargas directas a mi núcleo.
El ritmo aceleró. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, sudor resbalando por mi espalda, goteando entre mis pechos. Él se incorporó, chupando mi cuello, dejando marcas rojas que mañana dolerían deliciosamente. "Eres una chingona en la cama, Ana, neta me vuelves loco", susurró al oído, su voz entrecortada por gemidos. Yo cabalgaba más fuerte, mis uñas clavándose en sus hombros, el placer acumulándose como una tormenta. El sonido de nuestra piel, los jadeos, el crujir de la cama, todo se fundía en una sinfonía erótica. Olía a sexo puro, a mar y a nosotros.
Esto es Pasión Cap 66, pienso en medio del éxtasis, el capítulo donde nos perdemos del todo, donde el mundo desaparece.
Cambié de posición, él encima ahora, embistiéndome con fuerza controlada, sus caderas pistoneando como un motor bien aceitado. Cada penetración era profunda, tocando mi alma, haciendo que mis piernas temblaran alrededor de su cintura. Mis gemidos se volvieron gritos: "¡Más, cabrón, dame más!". Sentía su verga hincharse dentro de mí, anunciando lo inevitable. El orgasmo me golpeó como una ola gigante, contracciones pulsantes que ordeñaban su miembro, mi visión nublándose de estrellas. Él rugió, llenándome con chorros calientes, su cuerpo convulsionando sobre el mío.
Colapsamos, enredados en sábanas revueltas, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su peso sobre mí era reconfortante, su semen goteando entre mis muslos, un recordatorio pegajoso y satisfactorio. Besos suaves ahora, lenguas perezosas explorando bocas hinchadas. "La mejor Cap hasta ahora, ¿no?", murmuró él, trazando círculos en mi vientre con un dedo. Reí bajito, mi cuerpo aún zumbando de placer residual. El mar seguía cantando afuera, un arrullo para nuestro afterglow.
Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor y los fluides, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos. Sus manos me masajearon la espalda, aliviando tensiones, mientras yo lavaba su pecho, saboreando una última vez su piel con besos. Secos y envueltos en albornoces suaves, nos tumbamos en la hamaca del balcón, mirando las estrellas. Hablamos del futuro, de más capítulos por venir, de cómo esta pasión nos unía más que cualquier juramento.
En mi mente, este Pasión Cap 66 era un hito: la noche donde el deseo se volvió eternidad. Su cabeza en mi regazo, mi mano en su cabello, el aroma salino del mar mezclándose con nuestro olor compartido. Mañana surfearíamos, bailaríamos salsa en un antro chido, pero esta noche era nuestra, grabada en piel y alma. Cerré los ojos, sonriendo, lista para lo que Cap 67 trajera.