Sintonizando Pasión FM 94.1 Puebla
La noche en Puebla caía como un manto suave de jacarandas, con ese aroma dulzón flotando en el aire que se colaba por la ventana entreabierta de mi depa en el centro. Yo, Ana, acababa de llegar del trabajo, con el cuerpo cansado pero el alma inquieta. Me quité los zapatos de tacón que me habían estado matando todo el día y me tiré en el sillón de piel sintética que crujió bajo mi peso. Encendí la radio vieja que tengo en la mesita, girando el dial hasta sintonizar Pasión FM 94.1 Puebla. Esa estación siempre me ponía de buenas, con su música romántica y las voces roncas de los locutores que parecen susurrarte al oído.
—Bienvenidos a Pasión FM 94.1 Puebla, donde la noche se enciende —dijo el DJ con esa entonación grave que me erizaba la piel—. Hoy tenemos para ustedes "Bésame" de Ricardo Arjona, perfecta para esos momentos en que el deseo te quema por dentro.
La guitarra suave llenó la habitación, y yo cerré los ojos, sintiendo cómo el ritmo se me metía en las venas. Mi piel olía a perfume de gardenias mezclado con el sudor del día, y de repente, una ola de calor me subió desde el estómago hasta el pecho. Neta, qué chido era eso. Me imaginé unas manos fuertes recorriéndome la espalda, y sin pensarlo dos veces, saqué el celular y le mandé un mensaje a Marcos, mi amor intermitente, ese pendejo guapo que siempre me volvía loca.
Ven pa'cá wey, estoy sola y Pasión FM 94.1 Puebla me tiene caliente. Trae chelas.
Él respondió en segundos: Ya voy, mamacita. Llego en 10. Sonreí, mordiéndome el labio. Me levanté a darme una regada rápida en el baño, el agua tibia cayendo sobre mis tetas me hizo jadear un poquito. Me puse un vestido suelto de algodón blanco que se pegaba justo donde debía, sin bra ni calzones. El espejo me devolvió una mirada pícara, con el pelo revuelto y las mejillas sonrojadas.
La primera parte de la noche fue como un preludio lento. Marcos llegó con una six de Coronas heladas, su sonrisa de lado y esos ojos cafés que me derriten. Traía una camisa ajustada que marcaba sus pectorales, y olía a colonia barata pero rica, como a madera y limón. Nos sentamos en el sillón, abrimos las chelas con un psssht que rompió el silencio, y la radio seguía sonando bajito de fondo.
—Pasión FM 94.1 Puebla siempre sabe lo que uno necesita —dijo él, acercándose para darme un beso en la mejilla que se deslizó hasta mi cuello.
Su aliento cálido me hizo arquear la espalda. Hablamos pendejadas del día, de cómo el tráfico en la 5 de Mayo estaba del nabo, pero mis manos ya no aguantaban. Le pasé los dedos por el pelo, tirando suave, y él me miró con esa hambre que conozco tan bien.
—Ven, baila conmigo —le pedí, poniéndome de pie y jalándolo.
La canción cambió a algo de Luis Miguel, "La Incondicional", y nos mecimos despacio en la penumbra de la sala. Sus caderas contra las mías, el roce de su verga ya dura presionando mi vientre. Olía a su sudor fresco, mezclado con el humo lejano de los antojitos de la esquina. Mis pezones se endurecieron contra la tela delgada, y cada roce era como electricidad. Qué rico se siente esto, pensé, mientras su boca bajaba a mi clavícula, lamiendo suave.
El beso empezó tímido, labios rozándose como en un saludo, pero pronto se volvió feroz. Lenguas enredadas, sabor a cerveza y a él, ese gusto salado que me volvía loca. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas, y yo gemí bajito contra su boca. La radio anunciaba otra rola:
—Sigan sintonizados en Pasión FM 94.1 Puebla, porque la pasión no para.
Nos reímos, pero el momento se intensificó. Lo empujé al sillón y me senté a horcajadas sobre él, sintiendo su dureza justo en mi centro. Me moví despacio, frotándome contra él, el vestido subiéndose por mis muslos. Marcos gruñó, sus manos subiendo por mis piernas, explorando la piel suave y caliente.
—Estás mojada ya, ¿verdad, rica? —murmuró, metiendo un dedo entre mis pliegues.
—Neta que sí, wey. Tócame más —jadeé, mi voz ronca como la del locutor.
Ahí empezó lo bueno, la escalada que me tenía temblando. Me quitó el vestido de un jalón, exponiendo mis tetas al aire fresco de la noche. Las chupó con hambre, la lengua girando alrededor de los pezones, mordisqueando suave hasta que arqueé la espalda y clavé las uñas en su nuca. El sonido de succión era obsceno, mezclado con mis gemidos y la música de fondo. Bajé la mano a su pantalón, desabrochándolo con dedos torpes, liberando su verga gruesa y venosa que saltó ansiosa. La apreté, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel caliente, y él maldijo bajito.
—Chíngame con la boca primero, pidió, y yo no me hice de rogar.
Me deslicé al piso, entre sus piernas abiertas, y lo tomé en la boca despacio. El sabor salado de su pre-semen me inundó la lengua, mientras lo chupaba profundo, la cabeza rozando mi garganta. Él enredó los dedos en mi pelo, guiándome sin fuerza, solo con deseo. Los gemidos suyos eran música, graves y urgentes, compitiendo con la radio que ahora ponía una balada ardiente. Mi concha palpitaba, mojada hasta los muslos, y me toqué a mí misma, frotando el clítoris hinchado mientras lo mamaba.
Pero no quería acabar así. Lo jalé de la mano hacia la cama, el colchón hundiéndose bajo nosotros con un quejido familiar. Nos desnudamos del todo, piel contra piel, sudor mezclándose. Él se puso encima, besándome el cuello, las tetas, el ombligo, bajando hasta mi entrepierna. Su lengua en mi panocha fue el cielo: lamiendo despacio los labios, succionando el clítoris con maestría, metiendo dos dedos que curvaba justo en mi punto G. Grité su nombre, las caderas levantándose solas, el olor a sexo llenando la habitación, almizclado y dulce.
—Ya no aguanto, métemela —supliqué, jalándolo arriba.
Se colocó entre mis piernas, la punta de su verga rozando mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, hasta que estuvo todo adentro, llenándome por completo. Nos quedamos quietos un segundo, jadeando, mirándonos a los ojos. Luego empezó el vaivén, lento al principio, saliendo casi todo y embistiendo profundo. El sonido de piel contra piel, chapoteante por mis jugos, era hipnótico. Aceleró, mis piernas alrededor de su cintura, uñas arañando su espalda.
La tensión crecía como una tormenta, mi vientre apretándose, el orgasmo acechando. Él sudaba encima de mí, gotas cayendo en mi pecho, y yo las lamí, saladas y calientes. Cambiamos de posición: yo encima, cabalgándolo como loca, mis tetas rebotando, sus manos apretando mis caderas. La radio seguía de fondo, una voz susurrando promesas de pasión eterna.
—Vente conmigo, Ana —gruñó él, y eso me lanzó al borde.
El clímax me golpeó como un rayo: olas de placer desde el clítoris hasta la nuca, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de jugos empapando las sábanas. Él se corrió segundos después, caliente y espeso dentro de mí, un rugido gutural escapando de su garganta. Colapsamos juntos, cuerpos temblando, respiraciones entrecortadas.
En el afterglow, nos quedamos abrazados, la piel pegajosa y satisfecha. La radio anunciaba el fin de la noche en Pasión FM 94.1 Puebla, pero para nosotros, la pasión apenas empezaba. Marcos me besó la frente, y yo sonreí, sintiendo esa paz profunda, el aroma de nosotros impregnado en las sábanas. Puebla afuera seguía su ritmo, pero en mi mundo, todo era perfecto.