Iztapalapa La Pasión de Cristo Carnal
El sol de la tarde caía a plomo sobre las calles de Iztapalapa, tiñendo de oro las fachadas coloridas y el bullicio de la gente que preparaba La Pasión de Cristo. Yo, Karla, había llegado hace un mes desde el centro para unirme al elenco como María Magdalena. No era devota ni nada por el estilo, pero la adrenalina de actuar en esa tradición tan cabrona me jalaba como imán. El aire olía a incienso mezclado con el sudor de los ensayos, y el eco de los tambores retumbaba en mi pecho como un corazón acelerado.
Ahí lo vi por primera vez: Diego, el carnal que interpretaba a Juan, el discípulo amado. Alto, moreno, con esos ojos negros que te tragan entero y una sonrisa pícara que prometía pecados. Durante el ensayo, cuando clavaban a Jesús en la cruz de madera, él me rozó el brazo al pasar.
"Cuidado, Magdalena, no vaya a ser que te tiente el diablo", me dijo bajito, con voz ronca que me erizó la piel. Sentí un cosquilleo traicionero entre las piernas, como si el calor de Iztapalapa se hubiera metido directo a mi chichi.
Los días siguientes fueron puro fuego lento. Ensayábamos bajo las carpas improvisadas, rodeados de familias enteras que aplaudían y gritaban "¡Viva Cristo Rey!". Diego y yo compartíamos miradas que duraban de más, roces accidentales que no lo eran. Una noche, después de un ensayo donde simulamos la unción en Betania, me quedé rezagada recogiendo las vestimentas. Él apareció de la nada, con la túnica pegada al cuerpo por el sudor, delineando cada músculo de su torso.
Neta, Karla, ¿qué chingados te pasa? Esto es La Pasión de Cristo, no un puto porno, me regañé en silencio mientras lo veía acercarse. Pero mi cuerpo no escuchaba. Olía a hombre puro: salado, terroso, con un toque de colonia barata que me volvía loca.
—Oye, morra, ¿me ayudas con esto? —preguntó, señalando una caja pesada, pero sus ojos decían otra cosa.
—Claro, carnal, ¿qué no soy tu Magdalena fiel? —respondí coqueta, mordiéndome el labio sin querer.
Juntos cargamos hasta una salita improvisada detrás del escenario principal. El ruido de la calle se filtraba: risas, música de banda, el zumbido de los vendedores de elotes. Adentro, el aire estaba cargado, íntimo. Nuestras manos se tocaron al dejar la caja, y no las soltamos. Su piel ardía contra la mía, áspera por el trabajo, pero suave en las palmas.
—Diego, esto... —empecé, pero él me calló con un dedo en los labios. Su aliento cálido rozó mi cara, oliendo a chicle de menta y deseo puro.
—Shh, Karla. En Iztapalapa La Pasión de Cristo no es solo teatro. Aquí la gente vive lo que siente adentro. ¿Y tú qué sientes?
Mi corazón latía como tambor de procesión. Lo jalé de la nuca y lo besé. Fue como prenderle fuego a la pólvora: sus labios gruesos devorándome, lengua invadiendo mi boca con sabor a cerveza tibia y urgencia. Gemí bajito cuando sus manos bajaron por mi espalda, apretando mi culo con fuerza posesiva pero tierna. Puta madre, qué bien besa el pendejo, pensé mientras mis tetas se aplastaban contra su pecho duro.
Nos fuimos desvistiendo entre besos hambrientos. Su túnica cayó primero, revelando un cuerpo esculpido por horas de cargar cruces y trepar cerros. Yo me quité el vestido ligero, quedando en brasier y tanga, piel erizada por el aire fresco de la noche que entraba por la ventana entreabierta. Él se arrodilló, como en la escena de la unción, pero esta vez sus labios trazaron un camino desde mi ombligo hasta mis muslos.
—Déjame adorarte, Magdalena —murmuró, voz grave vibrando contra mi piel. Sus manos separaron mis piernas, dedos juguetones rozando mi humedad a través de la tela. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con el jazmín del patio vecino.
Me recargué en la mesa, piernas temblando. Cuando su lengua me lamió por encima del tanga, arqueé la espalda con un grito ahogado. Suave al principio, como caricia de pluma, luego voraz, chupando mi clítoris hinchado. Metió los dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me hace ver estrellas. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis jadeos roncos, su respiración agitada. Sudábamos como en pleno Viernes Santo, pieles resbalosas uniéndose.
—Diego, no pares, cabrón, me vas a matar —supliqué, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto.
Él levantó la vista, ojos brillando de lujuria. —Aún no, mi reina. Quiero que ruegues más.
Me levantó en brazos como si no pesara nada y me tendió en el catre viejo que usaban para siestas. Su verga saltó libre cuando se quitó el calzón: gruesa, venosa, goteando precum que brillaba bajo la luz mortecina de la bombilla. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso furioso, caliente como hierro forjado. La masturbé lento, saboreando su gemido gutural, luego la llevé a mi boca. Sabía salado, masculino, embriagador. Lo chupé profundo, garganta relajada, mientras él me acariciaba las nalgas, metiendo un dedo juguetón en mi ano para volverme loca.
La tensión crecía como la multitud en el cerro del Tepeyac durante la obra. Nuestros cuerpos se retorcían en un baile pecaminoso: él lamiéndome las tetas, yo arañándole la espalda, pieles chocando con palmadas húmedas. El olor a sexo llenaba la salita, espeso, animal. Afuera, alguien gritaba "¡Penitencia!", pero nosotros penábamos en placer.
—Métemela ya, Diego, no aguanto —le rogué, abriendo las piernas en invitación total.
Se colocó entre mis muslos, frotando la punta contra mi entrada resbalosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué chingón se siente! Llenándome hasta el fondo, rozando cada nervio. Empezó a bombear, ritmo pausado al inicio, profundo, saliendo casi todo para clavarse de nuevo. Mis paredes lo apretaban, succionándolo, mientras sus bolas chocaban contra mi culo con un plaf plaf hipnótico.
Aceleró, follándome duro contra el catre que crujía en protesta. Sudor nos unía, resbalando por sus abdominales hasta mi vientre. Le mordí el hombro para no gritar fuerte, sabor a sal en mi lengua. Él me besó el cuello, susurrando guarradas al oído:
"Eres mi puta santa, Karla. Córrete para mí, moja mi verga entera."
El orgasmo me golpeó como rayo: olas de placer convulsionándome, uñas clavadas en su carne, un alarido mudo escapando de mi garganta. Él gruñó, embistiéndome salvaje unas veces más antes de correrse dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando sobre el mío.
Nos quedamos así, enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El aire olía a nosotros, a clímax compartido, con ecos lejanos de la banda tocando cumbia rebajada. Diego me besó la frente, tierno ahora, trazando círculos en mi espalda con dedos perezosos.
—Eso fue mejor que cualquier Pasión de Cristo —dijo riendo bajito.
—Neta, carnal. Pero que se quede entre nosotros, ¿eh? No vaya a ser que nos excomulguen —respondí, acurrucándome en su pecho, sintiendo su corazón latir en paz.
Salimos de la salita de madrugada, caminando de la mano por las calles aún vibrantes de Iztapalapa. La pasión no había terminado; solo había renacido, más carnal, más nuestra. En este barrio donde Iztapalapa La Pasión de Cristo une a la gente, nosotros habíamos encontrado nuestra propia resurrección.