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Pasiones Desatadas en el Centro de Espiritualidad Passionista

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Pasiones Desatadas en el Centro de Espiritualidad Passionista

Llegué al Centro de Espiritualidad Passionista con el alma hecha trizas, después de esa ruptura que me dejó como pendeja total. El lugar estaba enclavado en las colinas de Morelos, rodeado de nopales y buganvilias que olían a tierra mojada después de la lluvia. El aire traía ese aroma fresco de pino y humo de copal quemándose en los altares. Neta, necesitaba un respiro espiritual, algo que me reconectara con mi esencia, o al menos eso me dije cuando reservé el retiro de una semana.

El primer día, durante la bienvenida, vi a Rodrigo. Era el facilitador principal, un morro alto, de piel morena bronceada por el sol mexicano, con ojos negros que parecían pozos sin fondo. Llevaba una guayabera blanca que se le pegaba un poco al pecho musculoso por el sudor del mediodía.

"Bienvenidos, carnales, aquí en el Centro de Espiritualidad Passionista vamos a despertar la pasión por la vida divina", dijo con voz grave, como un ronroneo que me erizó la piel.
Sentí un cosquilleo en el estómago, pero lo achaqué al viaje en camión destartalado.

Las sesiones empezaban al amanecer. Nos sentábamos en círculo sobre esteras de palma, el sol filtrándose entre las hojas de los mangos, tiñendo todo de dorado. Rodrigo guiaba las meditaciones, su aliento cálido rozando mi oreja cuando pasaba cerca. ¿Por qué carajos me late tanto este wey? me preguntaba en silencio, mientras inhalaba el olor a jazmín de su loción mezclada con sudor fresco. Tocaba mi hombro para corregir mi postura, y su mano era áspera, callosa de tanto trabajar la tierra del centro, pero suave al mismo tiempo. Cada roce era como una chispa que subía por mi espina.

Por las tardes, caminábamos por los senderos empedrados. Un día, nos quedamos rezagados los dos. "Oye, Ana, ¿qué te trae por acá?", me preguntó, su sonrisa chueca mostrando dientes perfectos. Le conté de mi ex, el cabrón que me dejó por otra. Él asintió, serio. "Aquí aprendemos a soltar, a abrazar la pasión verdadera, no la falsa que duele". Sus palabras eran como miel caliente, y cuando su mano rozó la mía accidentalmente al apartar una rama, el pulso se me aceleró. Olía a tierra fértil y a hombre, un aroma que me hacía mojarme sin remedio.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Esa noche, en la capilla iluminada por velas, durante una meditación guiada sobre el cuerpo como templo sagrado, Rodrigo se sentó a mi lado. El incienso llenaba el aire, denso y embriagador, y su rodilla presionaba la mía. Neta, esto es pecado o bendición? pensé, mientras sentía el calor de su muslo traspasando la tela ligera de mi huipil. Al final, cuando todos se fueron, me quedé rezando. Él se acercó. "Ana, ¿estás bien? Tus ojos brillan como estrellas". Su aliento olía a té de hierbas y deseo contenido.

"Sí, carnal, solo... procesando", balbuceé. Nuestras miradas se engancharon, y de pronto sus labios estaban sobre los míos. Fue un beso suave al principio, explorador, saboreando el salado de mi piel y el dulce de su boca. Sus manos subieron por mi espalda, firmes pero tiernas, y yo respondí arqueándome contra él. "Esto es lo que el centro enseña, ¿no? Pasión pura", murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. El olor de las velas de cera de abeja se mezclaba con el almizcle de nuestra excitación naciente.

Nos escabullimos al jardín trasero, donde las buganvilias formaban un velo púrpura bajo la luna llena. El suelo estaba cubierto de pétalos suaves, y el viento susurraba entre las hojas como un secreto compartido. Rodrigo me recargó contra un muro de adobe cálido aún por el sol del día. Sus dedos desabrocharon mi blusa con urgencia contenida, exponiendo mis pechos al aire fresco de la noche. "Qué chingones son", gruñó, tomándolos en sus palmas ásperas, pellizcando los pezones hasta que gemí bajito. El sonido de mi propia voz me sorprendió, ronca y hambrienta.

Yo no me quedé atrás. Le quité la guayabera de un jalón, revelando un torso esculpido por el trabajo manual, con vello oscuro que bajaba en una línea tentadora hasta su pantalón. Olía a sudor limpio, a esfuerzo varonil. Mis uñas arañaron su pecho, sintiendo los músculos contraerse bajo mi toque. "Te quiero adentro, wey", le susurré al oído, mordiendo su lóbulo. Él rio bajito, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. Desabrochó mi falda, y sus dedos encontraron mi panocha empapada. "Estás chorreando, mi reina", dijo, metiendo dos dedos despacio, curvándolos para rozar ese punto que me hace ver estrellas.

El ritmo se aceleró. Me levantó contra el muro, mis piernas envolviéndolo como enredaderas. Su verga, dura como piedra sagrada, presionaba mi entrada. "Dime que sí, Ana", jadeó, su frente sudada contra la mía. "¡Sí, carajo, fóllame!", grité, y él se hundió en mí de un solo empujón. El estiramiento fue exquisito, llenándome hasta el fondo. El slap-slap de piel contra piel se mezclaba con nuestros gemidos y el crujir de las hojas secas bajo sus pies. Sentía cada vena de su polla pulsando dentro, el calor líquido acumulándose en mi vientre.

Me folló con devoción, como si fuera un ritual. Sus caderas giraban, rozando mi clítoris con cada embestida. Sudor goteaba de su pecho al mío, salado en mi lengua cuando lo lamí. Esto es el cielo en la tierra, pensé, mientras mis uñas se clavaban en su espalda. Él aceleró, gruñendo "Me vengo, mi amor", y yo exploté primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto, contrayendo mis paredes alrededor de él. Su leche caliente me inundó, mezclándose con mis jugos, chorreando por mis muslos.

Nos quedamos jadeando, abrazados bajo la luna. El aroma de sexo y jazmín impregnaba el aire, y el viento secaba nuestro sudor pegajoso. Rodrigo me besó la sien. "En el Centro de Espiritualidad Passionista, la pasión es el camino a lo divino". Reí suave, sintiendo su verga aún semi-dura dentro de mí. "Neta, wey, esto fue lo más chido que me ha pasado en años".

Los días siguientes fueron un torbellino de sesiones diurnas y encuentros nocturnos. Cada meditación cobraba nuevo sentido, cada roce inocente era preludio. Una tarde, en el temazcal, el vapor espeso y el olor a hierbas medicinales nos envolvieron. Sudamos juntos, cuerpos desnudos rozándose "accidentalmente". Sus manos enjabonadas recorrieron mi piel, masajeando nalgas y pechos hasta que no aguantamos. Me sentó en su regazo, y cabalgó mi coño con embestidas lentas, el agua caliente chapoteando alrededor. Gemí su nombre, el eco rebotando en las piedras calientes.

Pero no todo era puro instinto. Hablábamos después, en las hamacas del patio, bebiendo agua de jamaica fresca. "Tú me haces sentir viva, carnal", le confesé una vez, su cabeza en mi regazo. Él trazaba círculos en mi vientre. "Y tú despiertas mi fuego interior". Esa vulnerabilidad profundizaba el lazo, haciendo el sexo no solo físico, sino un puente de almas.

El último día, durante la ceremonia de cierre, nos miramos desde lados opuestos del círculo. El copal ardía, purificando el aire cargado de promesas. Sabía que volvería a la ciudad, pero con un pedazo de este paraíso en mí. Esa noche, en su cabaña sencilla, nos dimos uno al otro por última vez. Fue lento, reverente: besos que saboreaban cada centímetro, lenguas explorando pliegues húmedos, dedos entrelazados mientras él me penetraba profundo. El clímax llegó simultáneo, un estallido de luz detrás de mis párpados, su semilla marcándome como suya.

Al amanecer, me despedí con un beso salado por lágrimas contenidas. El Centro de Espiritualidad Passionista no solo sanó mi alma, sino que encendió una pasión eterna. Ahora, en la rutina citadina, recuerdo su olor, su tacto, y sonrío. La verdadera espiritualidad es entregarse sin miedos, pienso, lista para lo que venga.

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