El Diario de Una Pasión por Ver
Querido diario, hoy empecé a escribirte con el corazón latiéndome como tambor en las fiestas de pueblo. Me llamo Ana, tengo veintiocho años y vivo en este DF caótico pero tan vivo, donde el smog se mezcla con el olor a tacos al pastor y el ruido de los cláxones que parece que nunca para. El diario de una pasión por ver, así te voy a llamar, porque desde hace meses no puedo sacarme de la cabeza esa urgencia de mirar, de devorar con los ojos lo prohibido, lo que se esconde detrás de las cortinas entreabiertas de los vecinos.
Todo empezó una noche de esas calurosas de verano, cuando el ventilador zumbaba como mosca pendeja y yo, sudando en mi depa de la Condesa, me asomé a la ventana por puro aburrimiento. Ahí estaba él, mi vecino del edificio de enfrente, un moreno alto con músculos que se marcaban bajo la luz amarilla de su lampara. Se quitaba la playera despacio, como si supiera que alguien lo veía. Su piel brillaba con sudor, oliendo a jabón y hombre, aunque yo solo lo imaginaba. Sentí un cosquilleo entre las piernas, neta, un calor que subía como chile en nogada picante. Me mordí el labio y me quedé ahí, viendo cómo se desabrochaba el cinturón, el sonido metálico del cierre retumbando en mi cabeza.
Desde esa noche, no pude parar. Cada atardecer, me posicionaba en mi sillón viejo, con una chela fría en la mano, el vidrio empañado por mi aliento ansioso. Lo veía moverse, ducharse a veces con la ventana entreabierta, el vapor subiendo como niebla en Xochimilco. Su cuerpo era un mapa que quería explorar con la mirada: el vello oscuro bajando hasta su entrepierna, el contorno de su verga endureciéndose cuando se tocaba pensativo. ¿Me ve él también? me preguntaba, y esa idea me ponía más caliente que un comal en matutina.
Entrada del 15 de julio: Hoy lo pillé mirándome fijo. Nuestros ojos se cruzaron por un segundo eterno. Sonreí, pendeja de mí, y él levantó la ceja, como diciendo "ven pa'cá". Mi chucha se mojó al instante, el olor a mi propia excitación llenando la habitación. Quiero más, diario, quiero ver de cerca.
Acto uno de mi obsesión: el deseo inicial, puro fuego lento. Pero el destino, ese cabrón juguetón, decidió acelerarlo todo. Una semana después, en el elevador del edificio –nuestros edificios están conectados por un pasillo compartido–, nos topamos de frente. Olía a colonia barata y a algo más salvaje, como tierra mojada después de lluvia. "Hola, vecina", dijo con voz grave, ronca como mariachi ebrio. "Ana", respondí, sintiendo mis pezones endurecerse contra la blusa delgada. "¿Te gusta lo que ves?", soltó de repente, con una sonrisa chueca que me derritió. Neta, casi me tropiezo con mis propios pies.
Subimos juntos, el aire cargado de tensión, su brazo rozando el mío, piel contra piel, cálida y áspera. En el pasillo, se detuvo frente a mi puerta. "Si quieres ver de verdad, ven a la mía esta noche. Te dejo mirar todo lo que quieras". Su aliento olía a menta y cerveza, y yo, con el pulso acelerado como trote en el Bosque, asentí. "Chido", murmuré, la voz temblorosa.
La noche cayó como manta pesada. Me puse un vestido negro ceñido, sin nada debajo, el roce de la tela contra mi piel sensible volviéndome loca. Toqué su puerta, el corazón en la garganta. Abrió en pants sueltos, torso desnudo, músculos flexionándose al moverse. "Pasa, Ana. Siéntete en casa". Su depa era un desmadre chido: posters de lucha libre, olor a enchiladas recalentadas y algo más, aroma masculino puro.
Me llevó a su cuarto, iluminado solo por una lampara roja que teñía todo de pasión. "Siéntate ahí", señaló una silla frente a la cama. Se paró delante de mí, despacio quitándose los pants. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, ya medio parada. La miré hipnotizada, el olor almizclado de su excitación golpeándome como ola en Acapulco. "Tócate mientras miras", ordenó suave, no como orden, sino invitación. Asentí, abrí las piernas, mis dedos encontrando mi clítoris hinchado, resbaloso de jugos.
Entrada del 20 de julio: Su pija es enorme, venosa, late como mi corazón. La acaricia despacio, la cabeza brillando con pre-semen. Yo me corro ya solo de verla, mis gemidos ahogados en la almohada que apreté contra la cara.
El escalamiento fue brutal, diario. Me tocaba viendo cómo él se pajeaba, lento al principio, el sonido húmedo de su mano subiendo y bajando, slap-slap contra su piel. Sudor perlando su pecho, goteando hasta su ombligo. "Ven aquí", gruñó al fin, y yo obedecí como perra en celo. Me arrodillé frente a él, el piso duro contra mis rodillas, pero no importaba. Lamí la punta, salada y dulce, como tamarindo con chile. Él jadeó, enredando dedos en mi pelo. "Chúpamela, Ana, ver cómo te la tragas". La metí en mi boca, profunda, sintiendo cómo me llenaba, el pulso en mi lengua.
Pero no era solo ver, era sentir. Me levantó como pluma, me tiró a la cama, sábanas frescas oliendo a él. Sus manos expertas en mis tetas, pellizcando pezones hasta doler rico. Bajó la boca, chupando fuerte, mordisqueando, mientras sus dedos abrían mi coño empapado. "Estás chorreando, pinche ninfómana", rio, y yo gemí "Sí, por ti, cabrón". Dos dedos adentro, curvados tocando ese punto que me hace ver estrellas, el squish-squish de mis jugos resonando.
La tensión crecía como tormenta en el Popo. Me volteó a cuatro patas, su verga rozando mi entrada, caliente como hierro. "Mírate en el espejo", dijo, y ahí estaba: yo, despeinada, ojos vidriosos de lujuria, él detrás, listo para embestirme. Entró de un empujón, llenándome hasta el fondo, el estirón delicioso. "¡Ay, wey!", grité, pero empujé contra él. Ritmo salvaje, piel chocando piel, slap-slap-slap, sudor volando. Olía a sexo puro, a coño mojado y pija sudada. Sus bolas golpeando mi clítoris, manos en mis caderas magullando.
Inner monologue: Neta, esto es lo que necesitaba. Ver y ser vista, follar sin frenos. Su verga me parte en dos, pero lo quiero más profundo, más fuerte.
Entrada del 22 de julio: Me cogí al vecino tres veces esa noche. Primera en la cama, segunda contra la pared –el yeso frío en mi espalda, sus gruñidos en mi oreja–, tercera en la ducha, agua caliente lavando nuestros pecados mientras me penetraba de pie.
El clímax llegó como volcán. Él aceleró, "Me vengo, Ana", y yo "Dentro, lléname". Su leche caliente inundándome, chorros y chorros, mientras mi orgasmo me sacudía, piernas temblando, visión borrosa. Gritamos juntos, eco en el cuarto. Colapsamos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. Su beso post-sexo fue tierno, lengua explorando mi boca con sabor a nosotros.
Despertamos enredados, sol filtrándose por las cortinas. "Esto no fue solo ver, ¿verdad?", murmuró, acariciando mi pelo. "No, fue sentir todo", respondí, besando su pecho salado. Caminamos a la cocina, él en bóxers, yo con su camisa oversized. Preparamos huevos con chorizo, olor a especias llenando el aire, riendo de tonterías. "Vuelve cuando quieras ver más", guiñó.
Ahora, diario, miro por la ventana y él me saluda, prometiendo más noches. Esta pasión por ver se volvió por tocar, por unirnos. Me siento empoderada, mujer libre en esta jungla urbana. El deseo no se apaga, solo muta, crece. ¿Qué sigue? Solo el tiempo y mis ojos lo dirán.
Fin de entrada. Pero no de la historia.